El futuro institucional de Cuba


Hace más de 20 años, Andrés Oppenheimer escribió un libro sobre el final de la dictadura de Fidel Castro. El libro estaba escrito en pasado, pues el autor presuponía que, para el momento de su publicación, probablemente ya se habría producido un cambio de gobierno, en consonancia con lo ocurrido a principios de los 90’ en Europa del Este[1].

El régimen sobrevivió dos décadas más desde aquel momento. Sin embargo, si no es por obra de la política o de la economía, al menos por designio de la biología, el final de este ciclo no podrá posponerse por mucho tiempo. Por eso resulta esencial la discusión actual de cómo y hacia dónde debería producirse la evolución institucional de la Isla.

Entre las distintas alternativas posibles para la transición hacia una institucionalización basada en el respeto a los derechos y libertades, se han decantado fundamentalmente las siguientes:

  1. a) Mantener durante un tiempo no muy prolongado la vigencia de la Constitución actual de 1976 y sus modificaciones, como una manera de lograr una continuidad institucional y jurídica, y a partir de allí iniciar el proceso hacia una nueva Constitución.
  2. b) Derogar expresamente la Constitución de 1976 y la legislación que le da operatividad, permitiendo que recobre vigencia la última Constitución legítima de Cuba, que es la de 1940.
  3. c) Derogar expresamente la Constitución de 1976, convocando a una Convención Constituyente para que redacte una nueva Carta Fundamental, y al mismo tiempo sancionar un conjunto de normas que permitan gobernar el país durante la transición hacia el nuevo orden político.

Por los motivos que expondré brevemente, entiendo preferible la segunda opción, es decir, reestablecer la vigencia de la Constitución de 1940, al menos hasta que una futura Convención Constituyente disponga si es necesario introducirle algunas modificaciones o redacte una nueva.

Necesidad de derogar el régimen político institucionalizado a partir de la Constitución de 1976 y sus modificatorias

El actual régimen político y constitucional cubano es autoritario, funcional al establecimiento de una dictadura, y por lo tanto, debería ser inmediatamente desarticulado. En otro trabajo he explicado con bastante extensión los motivos por los cuáles es posible sostener lo que afirmo[2], los que podrían sintetizarse de la siguiente manera:

1) Subordinación de los derechos individuales al poder estatal (el art. 62 en la redacción vigente, subordina el ejercicio de las libertades reconocidas en la Constitución a “la existencia y fines del estado socialista…”).

2) El uso de la legislación penal para proteger los intereses del Estado frente a los derechos del individuo (la última parte del art. 62 señala que la infracción al principio de subordinación al estado socialista es punible. En tal sentido se ha redactado el Código Penal, que entre otras previsiones, contempla la aplicación de medidas de seguridad pre-delictuales y tipos penales excesivamente abiertos).

3) La concentración del poder de los órganos del Estado (En teoría, la Asamblea Nacional del Poder Popular ejerce el poder en Cuba en nombre del pueblo, art. 3; pero el art. 5 dispone que el Partido Comunista de Cuba es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado; y quien aplica ese poder es el Consejo de Estado, teóricamente subordinado a la Asamblea, art. 90).

4) Ausencia de división republicana de poderes, y falta de independencia del poder judicial (los tribunales populares están subordinados, incluso en sus criterios jurídicos, a directrices de la Asamblea y el Consejo de Estado).

5) Falta de garantías a la libertad individual y ambulatoria (el Código Penal establece tipos penales abiertos, medidas de seguridad pre-delictuales, existen leyes especiales de delitos contra la independencia nacional y la Economía de Cuba, ley 88/99, los CDR’s se han constituido para la vigilancia permanente de los habitantes, ausencia de las mínimas garantías procesales, etc.).

6) Falta de derechos de propiedad y estatización de la actividad económica (según el artículo 14, el sistema económico de Cuba está basado en la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción, y los artículos siguientes disponen lo relativo a la propiedad estatal y administración de los bienes del Estado. Se reconoce escasamente la propiedad privada sobre bienes de uso personal e instrumentos de trabajo personal o familiar, en los arts. 19 y 21.Todo lo demás queda bajo la propiedad y administración estatal).

7) El control de la actividad laboral (además de la propiedad estatal de los medios de producción, el art. 45 dispone que “el trabajo en una sociedad socialista es un derecho, un deber y un motivo de honor”. La consideración del trabajo como deber es fuente de represión estatal en caso de falta de trabajo o de intentos de organización sindical independiente; en especial porque el Estado es el principal empleador).

8) Restricciones a la libertad de expresión  y prensa (según el artículo 53, la libertad de palabra y prensa es reconocida “conforme a los fines de la sociedad socialista”, y ningún medio de difusión podrá ser de propiedad privada).

Estas cláusulas, entre muchas otras, así como la legislación, reglamentación y disposiciones judiciales que las han complementado, tornan inviable el mantenimiento de este texto constitucional más allá del fin del actual régimen autoritario, ni siquiera de manera transitoria, pues generaría el peligro de que el gobierno de transición se aproveche de estas normas para mantenerse en el control del poder.

Los peligros de una norma de transición desprovista de una base constitucional

La alternativa de derogar la Constitución de 1976 y todo su andamiaje legal reglamentario, y establecer una serie de normas de transición mientras se convoca a una Asamblea Constituyente, puede ser una solución peligrosa.

En primer lugar, las reglas de la transición podrían ser dispuestas por el mismo régimen saliente, lo que generaría un peligro en cuanto a un posible condicionamiento o negociación de impunidad, además del  riesgo de que el régimen intente mutar a una nueva forma política, pero conservando el poder.

Por otra parte, si las reglas de transición son determinadas por la oposición política, lo cierto es que esas fuerzas políticas incipientes no estarán regularmente establecidas, ni tendrán todavía un reconocimiento o convalidación por parte de los ciudadanos, lo que dificultaría notoriamente la posibilidad de una discusión seria respecto de normas de transición.

Por ello, si bien es cierto que el paso de un régimen autoritario a uno libre requiere de determinadas reglas transitorias, es preferible que dichas reglas se establezcan a partir de la existencia de un texto constitucional vigente que se encuentre por encima de ellas. Seguir leyendo El futuro institucional de Cuba

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Opinión de Daniel A. Sabsay


I.- Introducción – Alternativa elegida

Se me solicita opinión fundada sobre la propuesta del Consenso constitucional en Cuba. Así las cosas agradezco el pedido formulado por CADAL que me honra. Formulo mi opinión con toda la reserva que implica pronunciarse sobre la realidad de un país que no he tenido la suerte de visitar y por ende ésta debe ser tomada como un aporte teórico y a partir de una actitud de humildad y de deseo de contribuir en algo en un proceso tan complejo como es el que aqueja a un país que soporta la dictadura más antigua de América. Por lo tanto nuestro aporte lo efectuamos en abstracto. No tiene la pretensión de ser la única verdad y ha sido realizado desde la mera especulación intelectual y la experiencia personal.

De las tres alternativas planteadas nos pronunciamos a favor de la que propone la sanción de una nueva constitución. Ello así, sabemos que una salida democrática a una situación tan compleja importa poner en marcha “el arte de lo posible”. Somos conscientes de que a veces lo mejor puede ser enemigo de lo bueno y llevar a abortar una oportunidad importante para salir del estancamiento. Así las cosas, expresaremos rápidamente los motivos que nos han llevado a efectuar nuestra elección. Tanto la iniciativa que propone la restauración de la constitución de 1940, como aquélla que considera que debería reformarse la del 76, pecan de un defecto que consideramos básico, importa dirigirse a una parcialidad, pues tanto la una como la otra constituyen expresiones de dos visiones antitéticas y enfrentadas de la realidad cubana. La segunda nos recuerda la solución chilena, ya que la transición chilena post Pinochet es efectuada manteniendo en vigencia la constitución que había sido sancionada a instancias del dictador y a su medida. Si bien en Chile se han producido sucesivas reformas a lo largo de casi un cuarto de siglo, el proceso ha sido lento, penoso y no desprovisto de grandes contradicciones. Por ello casi todos los procesos de transición a la democracia –con las excepciones de Argentina, Chile y Uruguay- se han visto caracterizados desde su comienzo por la redacción de una nueva constitución. Ésta ha sido la coronación de un esfuerzo de búsqueda consensos que se ha materializado en la letra de la Ley Fundamental y que constituye la expresión de una nueva legalidad. Así ha ocurrido tanto en Europa Occidental, como en América Latina, como, por último, en Europa Oriental.

II.- El proceso denominado de transición a la democracia

El concepto de transición a la democracia surge por primera vez en la década del 70 del siglo pasado con motivo de la adopción del constitucionalismo en Grecia, Portugal y España, últimos tres países de Europa Occidental en salir de experiencias de autocracia. En ese marco se redefinen las instituciones democráticas a adoptarse a la luz principalmente de las experiencias democráticas abortadas en el pasado. Ello permite la revisión de la forma de gobierno, de las modalidades de elección de las autoridades, del control de constitucionalidad, entre muchas otras cuestiones. Asimismo, se considera que el paso del autoritarismo a la democracia requiere de un proceso que tiene lugar a lo largo de un plazo variable según el lugar, que apunta a la consolidación de la República. Por lo tanto, se deja de lado la idea conforme a la cual un país ingresa en el universo democrático luego de haber adoptado una constitución acorde y de haber elegido a sus autoridades a través del sufragio universal, estos serían sólo los primeros pasos en el camino pero de ninguna manera el inicio de un sistema democrático como tal.

Así las cosas, el fenómeno se repetirá una década más adelante, en la mayoría de los países de América Latina, entre los cuales el nuestro: Argentina; y, en la década siguiente en Europa Oriental en el seno de los estados que habían integrado el denominado Pacto de Varsovia. Encontramos elementos comunes en las tres olas democratizadoras; a saber, la adopción de nuevas constituciones, o al menos, una importante reforma de la ley fundamental preexistente, junto a una revisión del marco institucional que iba a regir en el futuro las relaciones en el seno de esas sociedades. Cabe destacar que a nivel de los contenidos doctrinarios se impone el derecho internacional de los derechos humanos, junto al fenómeno de la integración como espacio de validez de los mismos. En lo que hace al poder es muy importante la revisión del funcionamiento de la Justicia en aras de lograr su mayor independencia e imparcialidad. También es notable en Europa la revisión de las reglas que regían a los parlamentarismos de otrora y en muchos países latinoamericanos la búsqueda de la denominada “atenuación del presidencialismo. Ello, en este último caso, de terminar con un sistema personalista que poco a poco irá deteriorando al Estado de Derecho en su conjunto, con la imposición de un personaje central, el Presidente de la Nación, cuya vocación desmedida de acumulación de potestades lo llevará a usurpar facultades de los otros dos poderes.

III.- La experiencia en Argentina

Recordemos que en Argentina, en 1986, el Presidente Alfonsín crea el Consejo para la Consolidación de la Democracia como organismo asesor del Poder Ejecutivo en materia de reformas, que da comienzo con dos dictámenes sobre el contenido de una eventual enmienda constitucional. En lo relacionado con el Poder Judicial se desaconsejaba la creación de un Consejo de la Magistratura y se insistía en la necesidad de adoptar los comportamientos institucionales que se habían impuesto en los Estados Unidos de América, país cuya constitución fue tomada como modelo de la nuestra.  Allí se había consolidado un proceso para la designación de los magistrados caracterizado por la participación ciudadana y rodeado de un amplio acceso a la información. Esos rasgos principales que estaban ausentes en nuestra realidad, habrían incidido de manera determinante en el logro de una Justicia independiente. No obstante lo anterior, la reforma constitucional de 1994 incorporó a nuestra ley fundamental un Consejo de la Magistratura y un Jurado de Enjuiciamiento (arts. 114 y 115 CN, respectivamente). En lo relativo a la forma de gobierno se optaba por una variable de semipresidencialismo, en base básicamente a las experiencias de Francia y Portugal.

 Sorprende que la Argentina luego de tres décadas de tránsito a la democracia ha ingresado en una preocupante declinación de sus instituciones tomadas del constitucionalismo, que presenta los rasgos propios de lo que “la teoría constitucional califica como desconstitucionalización. Esto refiere a los procesos que experimenta un Estado cuando, por diversas razones, las reglas más elementales de su constitución son gradual y permanentemente inobservadas”[1]. Así el esquema democrático fue modificándose por decisiones de sus operadores, observándose en el plano de la constitución material un crecimiento de las potestades presidenciales y del gobierno federal, en detrimento de los otros órganos de poder y de las autonomías provinciales. Se produjo así el “desmontaje” de la constitución, fenómeno que, según relata Sagüés, Werner Kâgy atribuye a la decadencia o desplazamiento de lo normativo-constitucional, “entendido como un proceso de debilitamiento de la fuerza normativa de la ley suprema, entre los cuales menciona: a) el derecho de emergencia; b) la admisión de la doctrina del “quebrantamiento constitucional” por vía consuetudinaria: c) la delegación de competencias legislativas y la concesión de plenos poderes al ejecutivo, confiriéndole un “poder constitucional exorbitante”; d) la admisión de la reforma o cambio de la constitución por medio de la interpretación constitucional (dinámica o putativa), o por un procedimiento distinto al previsto por la propia constitución y e) recurrir a la “adaptación de la Constitución” como estrategia de evasión de las directrices constitucionales”[2]. La confirmación de la reforma de la Justicia que fuera cuestionada por un verdadero aluvión de acciones de recursos ante los tribunales, implicaría a nuestro entender un paso determinante en la afirmación de un proceso exactamente opuesto al de consolidación democrática. Seguir leyendo Opinión de Daniel A. Sabsay

Las ideas para nada justas que no salvarán a la Humanidad


Concuerdo con Fidel Castro: Solo las ideas justas salvarán a la Humanidad. No obstante, nuestras concepciones de lo que es o no una idea justa claramente difieren.

Una idea justa en política es para mí aquella que se propone salvar los innegables avances del Capitalismo, y a la vez superar sus defectos. Por ejemplo, mantener su nunca antes vista capacidad de promover  la creatividad humana aplicada a fines prácticos, y a la vez superar su aparente incapacidad actual de promover el crecimiento más que mediante la promoción del consumo exacerbado. O sea, una idea justa es aquella que se propone mantener el respeto a las libertades de pensamiento y expresión como valores centrales de la comunidad humana, y a la vez es también capaz de proponer una sociedad en que sea posible consensuar que una considerable parte de los recursos creados se utilicen en el desarrollo de tecnologías que nos liberen de nuestra agobiante dependencia del petróleo, y sobre todo, en comenzar a preparar la colonización de nuevas regiones del Universo en que vivimos.

Un lugar muy hostil para la vida, por cierto; a diferencia de lo que hemos creído los occidentales durante los últimos dos mil años.

Para mí una idea justa, para ser más claro, ajustada a nuestras actuales necesidades, es por tanto aquella que nos propone una superación del Capitalismo, no su aniquilación. Sin embargo para Fidel Castro consiste más bien en lo segundo, y en un regreso a las sociedades pre-capitalistas. Al menos es esto lo único que puede desprenderse de su insistencia en mencionar a las sociedades que surgieron de la Revolución Rusa o China, como ejemplos de convivencia humana justa.

Las llamadas sociedades socialistas rusa o china, no son en realidad más que remedos de aquellas otras, que en los albores de la civilización crecieron a la orilla de algunos grandes ríos. Las basadas en la irrigación y cimentadas en una perfecta estructuración jerárquica. Sociedades rígidas, poco creativas, que al basarse en estructuras anacrónicas han sido en consecuencia incapaces, en cualquiera de sus casos, no ya de asegurarle a sus integrantes un nivel de vida correspondiente a los tiempos que corren, sino incluso de alimentarlos. Así ocurrió en la URSS, en China, y hasta en la Cuba que el propio Fidel Castro gobernó durante medio siglo como un monarca premoderno.

Pero es más, esas sociedades se han demostrado, a pesar de su pretensión de una mayor racionalidad, tan o más dañinas para el medio ambiente que las Capitalistas. Al carecer de mecanismos de control público sobre la gestión ambiental su capacidad para corregir los fallos y errores que siempre se cometerán ha sido constatablemente muchísimo menor. Un par de ejemplos aparte de los muy conocidos del Mar Caspio, o el smog pekinés: En la tan preocupada Cuba por el destino de la Humanidad, la de un ecologista Fidel Castro que desde los ochentas entona cantos apocalipticistas, no existe ninguna política de recogida segura de baterías usadas, y el consumo percápita de agua en Cuba, a pesar de su infinitamente menor desarrollo industrial, es hoy por hoy comparable al de los EE.UU.

Es realmente alucinante que uno de los últimos líderes del socialismo de inspiración leninista invoque la supuesta cantidad de vidas potenciales que se podrían salvar en el mundo si este aceptara someterse a los supuestos principios humanistas del mismo. ¿Es que olvida a los millones que murieron de hambre cuando la colectivización forzosa en la URSS, o los muchos más a resultas del Gran Salto Adelante maoísta? De hecho ese socialismo que él invoca solo parece poder imponerse mediante la eliminación metódica, y crónica, de enormes contingentes humanos: los más inteligentes, los más creativos, los más necesitados de esa libertad que el socialismo leninista se apresura por sobre todo en ahogar.

Contingentes que es cierto, en algunos lugares han logrado escapar hacia otras tierras, como en Cuba. Mas no ha sido siempre ese el caso. No lo será cuando el socialismo leninista logre imponerse al mundo entero y no quede en consecuencia ningún lugar adonde escapar de él.

De cómo los compañeros segurosos se convirtieron en guardianes de Parque Temático


Tanto se repetían frente al espejo que ellos eran unos patriotas, que en general los segurosos llegaron a creérselo. Esa sencilla gimnasia matutina después de afeitar sus bien alimentadas mejillas, consiguió que al montar en sus motos suzuki, minutos después, ya no les costara poner aquellas caras satisfechas de perdonavidas, que junto a sus pulóveres de rayas horizontales y sus carpetas mugrosas, llegaron por entonces a identificarlos.

No es que fueran muy dados a las dudas. De procedencia guajira en primera, o si acaso segunda generación, no podían aún percibir esas particulares sutilezas del estado civilizado, a que solo puede acceder un miembro de tal estrato si es que es un genio, o está a un paso de serlo; y ninguno de ellos lo era, porque en primer lugar una institución como a la que pertenecían nunca le daría entrada a tan problemáticos individuos. Aun con rimbombantes títulos universitarios en sus paredes, lo entendían todo de una manera muy plana y rígida. Ellos no armaban mundos en su interior, vastos y coherentes, coloridos y a la vez inestables. Y es que se entiende, no había tampoco mucho espacio detrás de esas satisfechas expresiones, que no se les salían del rostro ni aun cuando en las avenidas, con un vigoroso golpe de timón, le escurrían la cabeza a una cornisa, o un fragmento de balcón en caída libre.

Pero aunque no eran para nada dados a las dudas, no obstante en los tiempos en que comienza nuestro relato La Cosa estaba fea. La Cosa, se entiende, ese amorfo estado desde el que en cualquier momento podría aparecerles alguna sorpresa que rompiera la tranquila ausencia de actividad cerebral, al menos superior a la memorización, que ellos se ocupaban de mantener. Por el bien de la Patria, claro está.

Eran tiempos difíciles en verdad: Por entonces los niños con aspiraciones a cineastas no querían que ellos, los encargados de vigilar las mentes, les revisaran sus guiones; o  incluso a algunos les había dado por pretenderse escritores a pesar de no haber sido avalados por el coronel correspondiente.

Mas por fortuna ocurrió entonces un hecho que los ayudó a salvar a la Patria: Se murieron Los Viejos.

La reacción de los segurosos no se hizo esperar. Debido a que la muerte de los viejecitos ocurrió en la madrugada, renunciaron a su gimnasia matutina. O sea, y una vez más por el bien de la Patria, no se repitieron una y otra vez que ellos eran unos patriotas. Así, para el siguiente amanecer ya habían pasado por las armas a cuanto tipo muy fuera de lo normal anduviera por las calles, terraplenes o trillos de la Isla.

Es bueno aclarar que ellos tenían muy bien contralado en sus archivos hasta al último habitante del país; que por otra parte fuera de lo normal significaba para ellos cualquiera que aun en la más extrema e improbable situación resultara potencialmente capaz de rebelárseles; y que en esas veinticuatro horas el país se redujo a poco más de la mitad de su población original.

La felicidad no llegó tan rápido, no obstante. Esa misma mañana, mientras hacían su ya tan mentada gimnasia matutina, detectaron un muy serio problema. Tanto que algunos, los más impresionables, se cortaron mientras se afeitaban. Y es que el patriotismo de los segurosos se había relacionado hasta entonces con vigilar, asustar y reprimir de cuando en cuando a esa mitad de la población que ahora ya no estaba -más que camino de las fosas comunes, por lo que si querían mantener sus carpetas mugrosas, sus caras bien alimentadas, sus pullovers de rayas horizontales y, sobre todo, sus suzukis, necesitaban asentar su patriotismo sobre nuevas bases.

La solución no tardó en encontrarse, cual siempre ocurre cuando sentimos amenazadas esas vanidades de la vida, que, sin embargo, tanto colorido le insuflan. Un intelectual, de los emplantillados en la institución, tuvo la providencial idea de que la verdadera Patria había sido la de los Taínos. La idea, no obstante, fue pronto mejorada por cierto coronel, que argumento que lo mejor, por si las moscas y la economía seguía sin funcionar al nivel agrícola-alfarero, era rebajar la Patria a la de los guanajatabeyes. Si total, eran ellos los primeros que en verdad se habían asentado en la Isla, y lo principal, su economía era solo de recolección.

La idea, por supuesto, solo sería aplicable si se rebajaba aún más la población de la Isla. Lo que se logró mediante el siempre efectivo método del sorteo.

Como convertir a la Patria en Guanajatabey implicaba aislar a la Isla, de inmediato se levantó todo un sistema de vigilancia en las costas, para que nadie entrara o saliera. Los segurosos, de más está decirlo, se ocuparon de dicho sistema de vigilancia. Para ellos y sus familias se reconvirtieron las antiguas zonas turísticas de los cayos en complejos residenciales, con lo que una vez más se demostró ante el maledicente mundo capitalista su inquebrantable capacidad para el sacrificio patriótico. Porque al hacerlo tuvieron necesariamente que renunciar a poder compartir las verdaderas condiciones originarias, patrióticas y guanajatabeyes, de nuestro pueblo.

Y es que alguien tenía que contener al mundo exterior, para que no se entrometiera en la más absoluta autodeterminación que la Isla hubiera alcanzado alguna vez en su historia. Excepto, claro, antes de la llegada de los Taínos.

Al menos eso se repetían ahora frente al espejo, tras afeitarse y antes de subir a sus modernas motos acuáticas. Suzukis, por cierto, porque le habían tomado el gusto a la marca.

En el interior de la Isla, por su parte, quedó la mitad de la mitad de la… de la población original, que seleccionada entre los más faltos de imaginación, sumisos, vagos, sin iniciativa o criterio, al cabo de veinte años ya vivía en efecto como guanajatabeyes.

En sus cayos los segurosos siguieron con sus vidas, sacrificadas por el supremo bien de… Durante décadas se vivió allí de todo lo que debieron requisar en la Isla, poco antes de abandonarla, para acercar así al nivel propuesto a los que quedaban atrás. Mas finalmente estos recursos comenzaron a agotarse y ante los segurosos se abrió de nuevo un dilema: ¿Qué hacer para subsistir en su patriótico desprendimiento? Porque de modo evidente, si querían defender a los de la Isla del exterior, no podían vivir como aquellos de cangrejos, caracoles, o cortezas de marabú, y sin más herramientas que conchas, piedras mal pulidas y alguna vara para nada recta.

Por fortuna para esa fecha ya había llegado a la adultez una nueva generación de segurosos, en la que el refinamiento había comenzado a aparecer. En no poca medida ello se debió a que en años previos, ante el hecho de que los viejos programas en video-tape que se habían traído de la Isla, sus En silencio ha tenido que ser, sus Julito el pescador, sus novelas de la serie Horizontes, sus Día y Noche, sus Sector 40… ya todos se los sabían de memoria, se había comenzado a transmitir una selección de programas copiados de otros países, exteriores. Selección que un lustro después fue sustituida por la libre recepción de cada cuál, en los modernos equipos satelitales que los nuevos coroneles, delgados gracias a sus dietas y horas de gimnasio, permitieron que la firma suzuki distribuyera gratuitamente por los complejos residenciales de los cayos.

Claro, esta apertura no se logró con tanta facilidad. Entre otras medidas hubo que empujar de un barco, en medio de un ciclón fuerza 5, al ya mentado y para entonces muy envejecido intelectual de plantilla, que en cuanto se propuso lo de la selección, o paquete, de inmediato clamó que si yanquización y otras boberías que no cayeron bien en los delicados oídos de nuestros gimnásticos coroneles. Cuarentones a quienes paladear con lentitud un buen whiskey, y escuchar un vinilo de jazz clásico, todo ello mientras se contemplaba desde la cubierta de un reluciente yate una puesta de sol, les resultaba mil veces más atractivo que pasar las tardes en los interminables y bulliciosos juegos de dominó adobados con mala cerveza y puerco frito, que por generaciones de segurosos habían constituido el supremo modo de divertirse los domingos en las tardes.

En fin, que cuando se llegó al dilema, la nueva generación tenía lo necesario para dar con la respuesta indicada: Se podía vivir de los salvajes que sus padres les habían dejado a su cuidado, no entendían muy bien por qué. La Isla, en un final, podía ser convertida en uno de esos grandes parques temáticos que ellos veían, en sus televisores o computadoras, tan redituables por allá afuera, por la civilización.

Estos coroneles, amantes del buen whiskey y del excelente jazz, quienes en definitiva empujaron más que nadie aquella trascendental, actualización, son los que hoy dirigen “Cuba, 3959 antes de Cristo”, el más exitoso parque temático el pasado año, 2059, según la bien informada revista Anthropology Today. Son ellos y sus descendientes, esos dorados y muy refinados muchachos vestidos de caqui, quienes hoy controlan las expediciones por la Isla, o quienes en modernísimos deslizadores anti-gravedad, marca Suzuki, se encargan de evitar que cualquier cavernícola isleño pueda traer a la civilización su carga de virus, bacterias, parásitos y violencia y mal olor. Seguir leyendo De cómo los compañeros segurosos se convirtieron en guardianes de Parque Temático

El 71, según Jorge Fornet


Acabo de leer uno de los libros más interesantes que se hayan publicado en Cuba en los últimos 43 años. Interesante no solo por el acontecimiento diseccionado, y por la posición abiertamente asumida desde la que se lo ha hecho, para nada coincidente con la del gobierno, sino por sobre todo por su seriedad, profundidad y amenidad. O sea, que aparte del dato nada despreciable de haber sido publicado en la Cuba de Raúl, interesa al público informado más por su rigor y claridad que por la valentía que demuestra el haberlo escrito, y más aún, dado a la imprenta; y esto es algo que se agradece hoy en Cuba, donde suele haber mucho de lo segundo, pero muy poco de lo primero entre quienes adoptamos una posición independiente o crítica del gobierno.

El 71, Anatomía de una crisis, publicado por Letras Cubanas, se enfoca en los acontecimientos que tuvieron como eje a Cuba en el año de 1971. Porque lo que se disecciona aquí la trasciende. Como constata Jorge Fornet en su Epílogo, a modo de prólogo, en las décadas de los setentas y ochentas se percibe una conservadurización intelectual, derechización según él, siguiendo a Edward Said, la cual es indudable que tiene su origen en toda una larga serie de desilusiones de la intelectualidad occidental a fines de los sesentas, entre las que la llamada Revolución Cubana quizás sea la última y definitiva.

Si consideramos que en el Capitalismo Democrático, el sistema político-económico-cultural entonces predominante, los intelectuales tienen dos funciones básicas: la primera mantener las libertades que dicho sistema ha sido el primero, y único hasta ahora en garantizar a un grado realista, y la segunda buscar vías de superar a su vez ese propio sistema, entonces podemos aventurarnos a esquematizar que durante los sesentas los intelectuales a nivel mundial se han preocupado mucho más por su segunda función que por la primera, mientras en las dos décadas siguientes el orden de prioridades se ha invertido a un punto en que incluso se ha llegado a negar la real necesidad de la segunda función. Dicho cambio de prioridades intelectuales se ha debido a que toda una serie de paradigmas político-económico-culturales en que creyeron encontrar la superación, se han demostrado muy pronto incapaces o de mantener las libertades.

Uno de ellos, claro, lo fue La Revolución Cubana de 1959; la revolución de unos jóvenes greñudos y en apariencias desenfadados en las mismas narices del núcleo del sistema que había que superar: Los EE.UU. O sea, y sobre todo en su segunda mitad, El 71 es una historia de la desilusión de la vanguardia intelectual mundial en la Revolución Cubana, y por sobre todo de la latinoamericana.

Pero El 71 es más y menos que eso. Es también la historia de los acontecimientos cubanos, en su lógica interna; los acontecimientos en una Isla en medio del Atlántico, que le dieron el definitivo empujón al mundo intelectual occidental para cambiar de mano, al menos hasta el final de la Guerra Fría.

En cuanto a la propia dinámica interna de lo sucedido en Cuba, Fornet supone que ante la carencia de una crítica al interior de la sociedad cubana, el régimen buscó la que necesitaba para corregir su rumbo en el afuera. Porque para él es evidente que ya para la fecha en que comienza su análisis, en 1966 con el ataque intelectual cubano a Neruda, el régimen ha perdido toda posibilidad de retroalimentación en la sociedad sobre la que ejerce el poder.

No obstante este argumento resulta flojo, ya que lo último que busca cualquiera que ejerza el poder omnímodo hacia el interior de su sociedad, cualquiera que por sobre todo tenga por suprema aspiración la independencia a ultranza de su voluntad de la de todo el resto del mundo, es mantener un espacio no subordinado a él desde el que se lo corrija. En todo caso, este pudo ser el espejismo que animó a algunos intelectuales europeos y latinoamericanos a acercarse, sobre todo los que creían que la evidente falta de crítica interna nacía de la incapacidad de las masas cubanas, más que de la naturaleza de un poder que cada vez las amordazaba más y más. En la realidad los regímenes semejantes al cubano, y por sobre todo el específico tipo humano que los encabeza, no buscan corrección, sino corregir a su imagen el mundo a su alrededor.

O sea, Fornet vuelve a cometer el mismo error que aquellos intelectuales, y todo por no atreverse a manosear bien al mono. Un error ridículo, ya que es evidente que él ha transgredido la clara línea que el régimen no ha estado nunca dispuesto a tolerar sea cruzada: No solo ha jugado con la cadena, sino también con el mono mismo.

Lo que en verdad el régimen buscaba era atraer a las masas occidentales, mediante el expediente de poner trabajar para sí a los líderes de la opinión pública de entonces: los intelectuales de izquierda. El plan de Fidel consistía en conseguir el apoyo de las masas de las sociedades occidentales, para a través de ellas presionar a sus gobiernos en la dirección que a él le conviniera. Este mecanismo de presión le permitiría en un final gobernar a su país sin interferencias de americanos, pero también de soviéticos.

Obsérvese, no obstante, lo paradójico de este plan: Fidel, un confeso escéptico en la democracia, cree que puede alcanzar a gobernar sin interferencias a Cuba si manipula correctamente los mecanismos democráticos de las sociedades occidentales, ¡que por tanto para él son democracias y funcionan como tal!

Fornet también se sitúa en el lugar de la otra parte. Los intelectuales occidentales u occidentalizados, que se habían acercado a la Revolución Cubana al verla como una posible vía de superación del Capitalismo Democrático, deseaban en consecuencia que el régimen demostrara su capacidad de permitir y hasta de fomentar una crítica interna. Recordemos que en los sesentas, aunque los intelectuales buscaban cumplir con una de sus funciones dentro del Capitalismo Democrático, una función que habían sobredimensionado sobre la otra, sin embargo aún no las habían reducido a solo una como ocurriría en las siguientes décadas. Pretendían superar al Capitalismo, pero sin renunciar a las libertades que este había asegurado históricamente.

Mas el régimen encabezado por Fidel Castro era incapaz de semejante liberalidad. Por sobre todo por la propia personalidad de Fidel.

En el libro se narra con bastante prolijidad el desarrollo de los acontecimientos entre 1968 a 1971. Entre enero de ese primer año, en que durante el Congreso Cultural de La Habana se llegó al momento de mayor simbiosis entre poder revolucionario e intelectuales occidentales, y abril del segundo, en que con las soberbias palabras de Fidel Castro ante el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura se produce el rompimiento.

Es por tanto una historia intelectual, pero cosa rara en Cuba donde los intelectuales no suelen salirse del área intelectual, no se cierra sobre sí misma. No se reduce a la complicada interacción entre régimen e intelectuales occidentales, con los intelectuales nacionales jugando a su vez un inestable, y peligroso, papel en el medio. Todo el proceso es visto también, y explicado, desde la economía, la política, y hasta la demografía: Para Fornet no solo se llegó al citado Congreso del 71 porque ya no pudo mantenerse la simbiosis, sino por, además, razones económicas o de geopolítica que obligaron al gobierno a alinearse férreamente tras la URSS. El régimen debió aceptar por entonces el fracaso de su quijotesco proyecto de exportación de la revolución a América Latina, de su arbitrista proyecto de desarrollo económico independiente, y a la vez debió enfrentar el reto de educar a una cantidad inusitada de jóvenes, los hijos del baby boom de inicios de los sesentas.

En este sentido el libro no tiene, como señala el mismo Fornet, a Heberto Padilla como el personaje principal, a pesar de que es él quien sirve para enfocar la evolución intelectual interna en Cuba. Mas tampoco lo es solo Fidel Castro. Los verdaderos protagonistas de este libro son los dos bandos en disputa, pero también la “atmósfera”: Fidel Castro como cabeza visible, y en realidad como voluntad de un régimen, y los intelectuales occidentales de izquierda, por sobre todo los latinoamericanos, ambos recortados sobre el riquísimo fondo del mundo de finales de los sesentas y comienzos de los setentas. De un lado un dictador que pretende mantenerse independiente de tirios y troyanos invocando el apoyo de la opinión pública de los tirios (los troyanos, los soviéticos, no tenían esa exquisitez, más rara por allá que el caviar); por el otro los intelectuales de izquierdas, buscando un modelo a seguir, pero también, como señala Fornet, debiéndole en buena medida, al menos los noveles, su prestigio a su alianza con la Revolución Cubana. Al fondo la Guerra Fría, las guerrillas, un país de gente joven que en su gran mayoría no tienen noción más que de “el país de Fidel”.

Un libro que se agradece, por sobre todo por lo que escribe el autor en las últimas líneas de su Epílogo:

“El 71 –el año 71- fue un punto de inflexión de buena parte de nuestra historia cultural, y continuará pesando sobre ella cuando muchos de los hechos abordados en estas páginas no sean sino anécdotas extraviadas en la memoria. El 71 –este libro- es un intento por tratar de entenderlos y de ubicarlos, desde el epílogo que es nuestro presente, en el centro de una discusión inconclusa”. Seguir leyendo El 71, según Jorge Fornet

Una Historia Ilustrada de la Guerra Hispano-Cubano-Americana


Es poco común que los cubanos de dentro de la Isla busquemos informarnos acerca de nuestras Guerras de Independencia en fuentes españolas. Más es en las americanas en las que casi nadie escudriña. Revise sino en las bibliografías de todos los libros sobre el tema, y a su alcance, que se hayan publicado en Cuba aún en el periodo republicano.

No voy a reflexionar en tan breve espacio sobre las razones de esta exclusión nuestra, injustificable si advertimos que ya no solo en 1898, sino desde los inicios mismos de lo que Fernando Ortiz llamó nuestra Guerra de los Treinta Años por la Independencia, debe considerarse a los EE.UU como un tercero en disputa. Ilustraré tan solo, con una fuente en concreto, lo mucho que perdemos a resultas de esa exclusión cultural premeditada: Pictorical History of Our War with Spain for Cuba’s Freedom, del corresponsal de guerra Trumbull White, libro publicado por Freedom Publishing co. cuando las armas todavía humeaban.

Aquí va a encontrar, por ejemplo, una versión americana de la Batalla Naval de Cavite. Se enterará así de que la de nuestros ideólogos, y hasta de buena parte de la historiografía cubana, es más que falsa malintencionada. No fue este el enfrentamiento sumamente desigual entre una flota de alto tonelaje y un “grupo de cañoneras”. Si se deja de lado la desafortunada práctica naval española de mantener una gran parte de la arquitectura interna de sus naves de guerra de madera, lo que las convertía en una hoguera potencial flotante, nos veremos obligados a admitir que los contendientes se encontraban en realidad a la par.

Consideremos en primer lugar que la flota española se mantuvo todo la batalla bajo la cobertura de sus baterías costeras; los americanos del Almirante George Dewey, del otro lado, carecían de semejante ventaja. Tonelaje, armamento y velocidad comparada completan nuestro argumento. No se puede más que catalogar de patraña lo de que la flota española solo se componía de cañoneras. Su nave almiranta, el Reina Cristina, era un moderno crucero de acero, de 3520 toneladas, poderosamente artillado y de velocidad comparable al Olympia, el buque insignia americano, que desplazaba 5870 toneladas. Les seguían en las respectivas líneas el Castilla y el Baltimore, de 3342 y 4413 toneladas. Los españoles completaban el núcleo de su flota con otros cinco cruceros ligeros de más de 1000 toneladas, mientras los americanos solo poseían tres naves más por encima de ese tonelaje; sus otras cuatro eran dos transportes y dos cañoneras.

Gracias a la lectura de History of… se comprenderá lo que de veras sucedió. En primer luga    r los españoles no fueron capaces de sacar provecho a su superior velocidad y capacidad de maniobra, ya que salvo honorables excepciones prefirieron mantenerse en una línea estática, bajo la cobertura de su artillería costera; y en segundo, que el fuego de sus cañones fue tan ineficiente como poco después frente a Santiago de Cuba.

Por cierto, este bien informado libro nos dará la pista necesaria para entender porque los españoles no solían atinarle ni a un acorazado de 11000 toneladas a media milla de distancia: Resulta que el disparo de un cañón de 13 pulgadas costaba nada menos que 800 dólares de la época. Toda una pequeña fortuna, la cual no logramos imaginar que la poco práctica, y tacaña administración española, hubiera llegado a permitir se gastara solo en prácticas.

No obstante, lo más valioso que sacaremos de la lectura de este libro de más de quinientas páginas, escrito en ese estilo concebido para atraparlo a uno del buen periodismo americano de siempre, es conocer qué pensaban de nosotros estos vecinitos nuestros, con los cuales nos criamos pared con pared. Traduzco para concluir dos fragmentos, en los cuales se evidencia que al menos el exitoso publicista Trumbull White, y sus muchos lectores, no sentían el altivo desprecio que algunos, aquejados de un evidente complejo de inferioridad, movidos por insanas intenciones, o ambas razones a la vez, pregonan ha sido el sentimiento americano predominante hacia nosotros, los cubanos, en todas las épocas.

“Con la muerte de Maceo la causa cubana perdió a uno de sus más fuertes sostenedores. Aparte de ser un hombre de aguda inteligencia y un general de grandes habilidades militares, poseía además el raro don del magnetismo personal, y nadie nunca siguió su liderazgo que no sintiera por él la devoción que con frecuencia da coraje a los cobardes y hace héroes en los tiempos en que se los necesita.” (Capítulo XXVII)

“La falta de municiones es una de las debilidades de los insurgentes. Coraje, habilidad y hombres dispuestos ellos los poseen en abundancia, pero la escasez de cartuchos ha interferido con muchos de sus mejor preparados planes, y les ha impedido aprovechar por sí mismos oportunidades favorables. Tres o cuatro balas por hombre es nada en acción, en especial cuando los españoles van siempre abundantemente aprovisionados. No obstante en ellos hay determinación, y como la incapacidad española se hace cada día más evidente, sienten que es solo cuestión de unos pocos meses hasta que la causa por la que han peleado con tanta bravura y por tan largo tiempo, triunfe gloriosamente.” (Capítulo XXI) Seguir leyendo Una Historia Ilustrada de la Guerra Hispano-Cubano-Americana

Atrapados en la Pirámide


La Ley nº 72 regula la elección de los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, equivalente post-revolucionario de lo que los hispanohablantes hemos nombrado siempre concejales. Algunos extranjeros, y no pocos cubanos, consideran que esta elección es una sincera puesta en práctica de la más genuina democracia, participativa. ¿Es realmente así?

Los delegados, para abreviar, son nominados en asambleas de barrio que se convocan con este objeto. Según el artículo 81: “Todos los electores participantes en la asamblea tienen derecho a proponer candidatos”.  Las propuestas  son sometidas a votación directa y pública por separado, en el mismo orden en que fueron formuladas. Cada asamblea solo puede nominar a un candidato, aquel que obtenga el mayor número de votos entre los propuestos. En caso de que en todas las asambleas de una circunscripción electoral nominen al mismo candidato, en la última asamblea de la misma se procede a nominar un segundo. Son estos candidatos los que son luego sometidos a votación secreta entre los ciudadanos con derecho a hacerlo.

Hasta aquí todo parece funcionar. Un grupo de factores, sin embargo, lo impiden en la práctica.

En el estado cubano, por ejemplo, los recursos son siempre administrados según altos fines, según el artículo 5 de la vigente Constitución de la República, los de “la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. En semejante concepción es claro que el delegado carece de autonomía. Solo resulta un obrero más en la consecución de dichos fines, a los cuales debe rendir sus deberes representativos hacia sus electores, siempre que entren en conflicto con aquellos.

Esto que podría parecer no tan grave, ya que en apariencias los conflictos de intereses entre los altos fines y los de los barrios no deberían ser tan abundantes, es la causa directa del poco prestigio que tiene entre los electores la labor del delegado. La razón es evidente. Si hay altos fines debe de haber también quienes los definan e interpreten: En nuestro caso toda una serie de instituciones y mecanismos verticales que gravitan sobre el llamado Poder Popular, y sobre los que este último no tiene posibilidad real de influir. En un final humanos que ejercen un poder incontrastable, y que como tal tenderá a crecer y crecer, en el intento de someterlo todo a su discreción.

En consecuencia los delegados resuelven muy pocos problemas del barrio, ante una administración de recursos ejercida desde “arriba”, en base a criterios estratégicos que teóricamente no tienen porque coincidir con los de sus electores y en la práctica rara vez lo hacen.

Debemos añadir que las instituciones y mecanismos verticales no son más que las nuevas formas de un viejo poder, anterior a la actual Constitución que instituye los Poderes Populares y los delegados. De hecho la Ley de Leyes, que no fue consensuada por una Asamblea Constituyente pública, electa por la ciudadanía, sino producto de una comisión designada por el gobierno precedente, no es más que el recurso mediante el cual dicho poder se ha asegurado en el papel de guardián de los fines, a la vez que se daba cierta imagen de institucionalidad democrática y participativa a la vida política nacional. Seguir leyendo Atrapados en la Pirámide