Archivo de la categoría: Manuel Cuesta Morúa

Manuel Cuesta Morúa, La Habana, 1962, Historiador, politólogo y ensayista. Portavoz del Partido Arco Progresista (socialdemócrata). Miembro de la Mesa Coordinadora de Nuevo País. Ha escrito numerosos ensayos y artículos, y publicado en varias revistas cubanas y extranjeras, además de participar en eventos nacionales e internacionales.

La sociedad civil a escena


MCMLa Cumbre de las Américas es la mejor oportunidad para Cuba. Por primera vez desde 1959, nuestro país tiene y aprovecha la ocasión brindada por la comunidad internacional para ponerse a tono con el mundo.

Repasemos. En 1985 el Gobierno cubano tuvo un excelente momento para colocar al país a la altura de lo que se avecinaba. Decidió por el contrario desaprovechar la perestroika y la ocasión abierta para detener, en algún punto, la crisis estructural del país, aunque para ello tuviere que haber reconocido la crisis estructural del modelo.

Con toda probabilidad no se hubiera salvado el socialismo si el Gobierno usaba la ocasión para transformarse, pero sí se hubiera salvado, por ejemplo, la industria azucarera. Por no hacer los cambios necesarios, no tenemos hoy ni socialismo ni azúcar.

Esta segunda oportunidad es mejor y distinta. Distinta, porque prosigue el proceso gradual de regreso a nuestro espacio geopolítico natural. Mejor, porque por primera vez se invita a todo un país a ese proceso de integración.

Ninguno de los foros en esta parte del mundo considera a Cuba entera. Ni la Comunidad del Caribe (CARICOM), ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) piensan en Cuba cuando utilizan el correo para abrir sus puertas al país. Para ellos se trata del “pensamiento en las alturas”, que solo reconoce a nuestra nación a través del Estado. Ni más ni menos.

Con la VII Cumbre de las Américas todo cambia. Las Américas, medio a regañadientes en su parte latina, aceptan que estén en pie de igualdad en su foro más importante aquellos que están en desacuerdo con el régimen y aquellos que lo apoyan contra todo sentido común.

Este es un desafío formidable. Fundamentalmente para la sociedad civil democrática. Allí podemos hacer lo que nos enseñaron desde pequeños en todos los niveles posibles de enseñanza y que se proyecta casi a diario en los medios de comunicación de la Isla y desde las esquinas políticas oficiales, en los más recónditos lugares de la Isla. Podemos gritar, ofender, excluir y seguir sustituyendo la discusión racional de los argumentos por la destrucción moral del adversario. También podemos decir, como nos acostumbró a hacerlo la narrativa política al uso: ellos no, nosotros sí. Es decir, podemos proyectarnos en modo negativo, agregando la queja al improperio. Pero esto no es recomendable. Seguir leyendo La sociedad civil a escena

¿Revolución sin enemigo?


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Jean Paul Sartre lo dijo bien en 1960: “Si Estados Unidos no existiera, Cuba debería inventarlo”. Pero Barack Obama desinventó a los Estados Unidos de Castro.

Analizar esta mutación geopolítica, que descoloca todo un proyecto concebido desde y para la confrontación, requiere más perspectiva para entender con claridad la derrota estratégica del régimen cubano, pero lo que acaba de acontecer el 17 de diciembre no puede entenderse con los criterios normales de la política mediana. Se sitúa en el espacio decisorio de los hombres de Estado que apuestan por la sabiduría política, más que por la continuidad que impone la realpolitik. Y la sabiduría política sienta a los enemigos en la mesa. Para sorpresa de uno de ellos.

Ese tipo de decisiones sabias, y también riesgosas, no abundan. En la época moderna lo he visto solo en tres ocasiones: en la India de Mahatma Gandhi, en los Estados Unidos de Martin Luther King y en la Sudáfrica de Nelson Mandela. En los tres momentos, y a contrapelo de la realpolitik ―que se define bien como la política desde el status quo―, se rompió el curso de los acontecimientos, que marcaban una deriva violenta como solución aparente de conflictos históricos, a favor de la visión de lo que es mejor según criterios morales, políticos, civilizatorios y de eficacia. Por ese orden.

Barack Obama tiene límites inmediatos para ser comparado con esos tres íconos de la historia moderna, pero el proceso de normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos que puso en marcha, hace saltar por los aires la realpolitik en el hemisferio occidental en tres zonas diferenciadas: Miami, América Latina y Cuba.

En estas tres zonas la realpolitik la determina más el discurso que los hechos. Cuba, después de 1959 es eso: la hegemonía de la autonarración y el raquitismo de los hechos. La narrativa emocional y su percepción derivada han sido la base del tipo y de la estructura de relaciones que ellas han sostenido por más de medio siglo con los Estados Unidos.

Fue la narrativa la que convirtió el acontecimiento de la revolución cubana en un proceso contra los Estados Unidos. El gusto ideológico y cultural por el relato atrapó a un evento de restauración democrática abierto al futuro, según su pacto y discurso original, dentro de un conflicto utópico permanente, casi naturalizado, pero con poca densidad histórica acumulada. A partir de aquí nació en Miami un contra relato que fijó, hasta bien entrado el siglo XXI, las opciones reales de la política estadounidense. Y América Latina, a derechas, y sobre todo a izquierdas, redactó su propio relato intensamente superficial: una ficción sobre una Cuba que ignora contra unos Estados Unidos que resiente.

Lo que ha hecho Obama es desarticular a tres centros de poder que se constituyeron por la narrativa; poniéndolos a la defensiva. La exaltación en Miami, el silencio en La Habana y el discurso de izquierda reminiscente en América Latina son reacciones distintas ante un mismo hecho: después del 17 de diciembre los Estados Unidos han dejado sin narrativa ideológica al hemisferio occidental.

Un reciente artículo en este mismo periódico de un prominente líder progresista del hemisferio, Ricardo Lagos, refleja la perplejidad con la que se recibe en cierta izquierda la noticia de la normalización entre Los Estados Unidos y Cuba. Como si no hubiera ocurrido nada en los últimos veinte años, el texto se recrea en un paseismo mítico y reproduce de forma intacta el lenguaje de los “gloriosos sesenta”, en el entendido de que la revolución cubana habría sido una utopía posible si no se hubiera topado con la oposición de los Estados Unidos. Cuando lo contrario es lo cierto: Cuba fue una utopía gracias a los yanquis.

Desde Miami, aunque no en todo Miami, el paseismo se invierte. Los Estados Unidos, se dice, han traicionado la causa, desconociendo la memoria de miles de muertos y de desaparecidos en la empresa de recuperar la democracia. Esos sectores ―bien comprometidos con Cuba por cierto―, no se dan cuenta, sin embargo, que el enemigo inventado era el enemigo necesario para impedir, con bastante éxito, que la controversia democrática alcanzara los primeros planos de la escena pública cubana. Y occidental.

La Habana, por su parte, alimenta su pasado con el vacío narrativo. De ahí el silencio y la ausencia de un discurso alternativo para tiempos de paz. La destrucción de su narrativa es de tal calado que no encuentra cómo responder al dilema del enemigo por transitividad. Hasta ayer, la comunidad prodemocrática cubana era el enemigo agregado porque era amiga del enemigo principal. ¿Qué debe pasar ahora, siguiendo el hilo del alegato histórico, cuando se normalizan las relaciones entre dos Estados enemigos? ¿No sería lógico iniciar el proceso de normalización entre el Estado y la sociedad cubanos? ¿Se ha roto de pronto la transitividad?

Después del 17 de diciembre ya no se puede narrar en el hemisferio occidental. Dicho con mejor exactitud: solo se pueden narrar la democracia y sus valores. Y esta narración se abre por obligación a la política y a lo político si quiere sobrevivir como articulación de la sociedad. El desafío mayor recae, no obstante, sobre lo que insisten en llamar Revolución Cubana: ella se enfrenta a su propio origen revolucionario, en el que se inscriben las libertades fundamentales, el Estado de derecho y las elecciones libres y democráticas.

Para corregir a Sartre: esa es la única revolución en Cuba que no necesita inventar a los Estados Unidos.

Comunicación


En el día de ayer, 15 de octubre, fueron detenidos, y amenazados Rafael Juan Mesa Gallardo, Gestor de Consenso Constitucional, y los activistas Joel Lazo Mesa, Marina Núñez Márquez y Bartolo Alfredo Salgado, todos en la ciudad de Manzanillo, municipio Granma.

La detención y las amenazas se deben a la labor que estos activistas vienen desarrollando en la ciudad en relación con las Mesas de Iniciativa Constitucional, la recogida de firmas para una Constituyente en Cuba y el Foro Económico para Emprendedores.

La creciente recepción que estas iniciativas están teniendo en aquella ciudad entre los ciudadanos ha llevado a las autoridades a tratarlos como delincuentes.  Fueron sometidos a un procedimiento policial de toma de huellas dactilares y de olor y a un fichaje fotográfico, todo como técnicas políticas para impresionarles con un posible proceso judicial.

Sucede sin embargo que estos ciudadanos actúan dentro de la Constitución y sus leyes, tal y como es filosofía de Consenso Constitucional.

Son las autoridades las que burlan la ley y los procedimientos. Entre las amenazas, penadas legalmente, están la de las técnicas terroristas de amenazar, y cito, de hacer porra y fleco a sus familias, (traducido al español como destrucción de sus seres queridos) y la de no permitirle la búsqueda del sustento para ellas.

Consenso Constitucional pide solidaridad para estos activistas y responsabiliza a las autoridades con cualquier daño físico, moral o en sus bienes que puedan sufrir estos hombres y mujeres pacíficos.

La ley debe ser respetada y acatada por todos. Nadie debe estar por encima de ella.

Manuel Cuesta Morúa

Los delitos de información y el racismo


Publicado por: Manuel Cuesta Morúa

Como sugería Sor Juana Inés de la Cruz de acuerdo con el excelente libro Las Trampas de la fe, del escritor mexicano Octavio Paz, de los mínimos acontecimientos de la vida siempre vale la pena concitar reflexiones mayores sobre la sociedad.

Aprovecho esta perspectiva casi epistemológica para aproximarme al tema del racismo en Cuba y su relación controversial con un derecho que no es ni debería ser discutible: el ejercicio de la opinión.

Como más o menos se sabe, estuve detenido a fines de enero de 2014, a propósito de la reunión en La Habana de la Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), por el intento de organizar un foro alternativo desde la sociedad ci-vil. La detención sería —y fue— una anécdota re-presiva más, en medio del esquema fallido de anular los pulsos vitales que conforman y dan carta de naturaleza a la sociedad. Es importante notar que la sociedad solo existe como espacio autónomo respecto del Estado. En ausencia de esta distancia, nos encontramos ante el fenómeno de los Estados socializados que, como reflejo del totalitarismo social, son otra cosa distinta de la sociedad.

La detención dejó de ser una anécdota, sin embargo, por la salida política que el régimen dio al asunto,  en una movida extraña que proyectó inconscientemente, como toda proyección, la mentalidad profunda del poder en dos direcciones clave: su negación estructural a la validez de la opinión ―la opinión es un hecho como pluralidad de opiniones, es decir: diversidad de parece-res― y el ropaje legal de sus políticas racistas.
Me concentro aquí en la segunda de las direccio-nes. Al igual que la peligrosidad social como fi-gura delictiva, que permite el encierro de los marginados ―mayormente personas negras en los es-tratos sociales más bajos― porque constituyen una amenaza al orden racista de los criollos blancos, que se instituyó en Cuba desde tiempos memoriales, la difusión de noticias falsas ―de lo que fui acusado― y la propaganda enemiga o la supuesta filtración de información a potencias o países extranjeros pueden comenzar a ser utiliza-das como expedientes legales para contener la crítica intelectual o política al racismo estructural que se profundiza en la Isla.

Esa es la tradición cubana en su proyecto logrado de gestión eficaz del racismo histórico: cubrirlo y llenarlo de justicia y legalidad para compensar su culpa a través de la criminalización racial, como a principios del siglo XX. Quienes están familia-rizados o estén dispuestos a familiarizarse con esta tradición de criminalizar a los otros, a partir del triángulo perfecto de represión, antropología y legalidad, les recomiendo leer al primer Fer-nando Ortiz, el de Los negros brujos, y toda la antropología criminal de la época. Lo importante no tiene que ver con el pensamiento y los paradigmas de entonces, sino con que siempre concluían en un artículo del código o la ley de procedimiento penales para explotar la diferencia cultural y la anomía social, gestionándolas en los tribunales y recluyéndolas en las cárceles.

Nunca se ha tratado en Cuba de un racismo de apartheid o segregación; eso es bueno entenderlo, pero sí de un racismo bien filtrado a través de la judicialización del comportamiento social y culturalmente diferente. La idea de que hay racismo exclusivamente donde se articula una intención socialmente evidente de marcar las diferencias en el espacio público tiende a no entender el racismo fuera del mundo germánico y anglosajón.

Por eso y aquí, para gestionar el racismo del poder en la esfera informativa, intelectual o de opinión vale interpretar la ley en sentido amplio. Si para aquellos que no tienen voz basta la ley de peligro-sidad social; para los que tienen una narrativa que contar es necesario utilizar figuras “delictivas” como la difusión de noticias falsas, la propaganda enemiga o los delitos contemplados en Ley Mor-daza. Ellas atacan al sujeto en el nivel de las ideas, un nivel muy peligroso, porque instaura la duda donde solo se permiten las certezas del poder.

Lo interesante, y lo que muestra el núcleo racista de ese poder, es justamente la fácil transferencia de la ley a un ámbito que funda su relato precisa-mente en las intersecciones de lo social, en los vericuetos de la mentalidad, en la demostración conceptual de lo oculto, en la develación del significado de los símbolos, en la interpretación de una estética ancestral y en el mundo de las relaciones intersubjetivas de la sociedad. Por aquí se llega a no comprender que juzgar a un afrodescendiente por sus opiniones sobre el racismo es una expresión precisa del racismo.

Objetivamente hay una manera estadística de de-mostrar que Cuba es un país racista. Por ejemplo, la universidad cubana es casi totalmente blanca, mientras la prisión es eminentemente negra. Pero como se sabe en historia de las mentalidades, la información objetiva necesita la premisa de la formación intersubjetiva para captar la informa-ción medible. Los datos por sí solos nada demues-tran en una sociedad que no está culturalmente preparada para recepcionar los hechos constata-bles de la realidad. En psicología se sabe bien que el estado de negación es la primera y más pro-funda actitud reactiva en las culturas de matriz unilateral y cerrada. Negar los hechos forma parte de la realidad cotidiana en cualquier sociedad y ha servido para toda una rama del psicoanálisis: la que tiene que ver con el auto bloqueo cons-ciente de la percepción para evitar el trauma. Los cubanos estamos más que preparados para vivir de espaldas a la información demostrable. Seguir leyendo Los delitos de información y el racismo

Los desafíos de la nación cubana: breve aproximación


Una nueva era comenzó. Desde Pretoria, en Sudáfrica; pasando por la Paz, en Bolivia, hasta llegar a Washington, en los Estados Unidos. ¿Su fundamento? Un movimiento cultural que ha venido forjando nuevos contratos sociales y políticos para la mayoría de las sociedades. En el Norte y en el Sur.

El fin del apartheid en Sudáfrica fue la cruda expresión política de ese movimiento cultural, que mostró la inviabilidad ética de las hegemonías culturales en territorios poblados de diversidad. La solución reconciliatoria de Nelson Mandela captaba el mensaje de que el nuevo contrato sudafricano no podía basarse en una nueva hegemonía, que arrinconara a las diversas tradiciones dentro de una misma nacionalidad.

En el hemisferio occidental ese nuevo contrato empezó por Bolivia, con el ascenso de Evo Morales al poder como representante de la América ancestral olvidada y expoliada. Y aún cuando este amenaza con repetir el mismo esquema de hegemonías contra el que luchó, su importancia está ahí: el hemisferio occidental se abre a ese movimiento cultural que define la nueva legitimidad de los contratos sociales y políticos del futuro: la diversidad cultural vehiculada a través del ciudadano político.

La última y más vigorosa expresión de ese movimiento fue el ascenso de Barack Obama en 2008 al poder en los Estados Unidos. Y su llegada introdujo un matiz que confirma la irreversibilidad de ese movimiento cultural: el ascenso de las minorías culturales, dada su capacidad para construir mayorías, al campo legítimo de las decisiones políticas.

La nueva era comienza pues con dos poderes conectados: el poder de la diversidad para la reconstrucción civil de los Estados y el poder de la imaginación que esta diversidad provee, para la solución de los problemas que el mundo ha heredado del exceso de hegemonías fundadas en criterios de superioridad. Es el triunfo claro de la nueva antropología y de su estética asociada, lo que tiene pocos precedentes globales.

Cuba, necesitada de firmar este nuevo contrato para estructurar un nuevo país, se aleja peligrosamente de esta corriente global, más de medio siglo después del fracaso de su propio esquema de hegemonías.

En julio de 2006 parecía que las autoridades cubanas se acercaban a la sociedad para entrar en esa nueva era, y para dar los pasos iniciales en dirección a este nuevo contrato. Ocho años después desaprovechan irresponsablemente la oportunidad, solo para contemplar cómo los Estados Unidos le tomaron la iniciativa dentro de este movimiento cultural.

Más allá del contraste o la comparación entre las dos sociedades, el asunto es capital, desde el punto de vista estratégico, debido al diferendo político y cultural que enfrenta al gobierno cubano con la clase política estadounidense, y a la importancia de las decisiones políticas de Washington para el tipo de respuestas defensivas del gobierno de Cuba.

La parálisis en el proyecto  —que no proceso— de “cambios estructurales y conceptuales” que exige el país viene a reflejar, en todo caso, tanto la falta de imaginación de la actual hegemonía política de Cuba como su incapacidad para absorber la fuerza, los elementos y las consecuencias civiles de nuestra propia diversidad cultural, lo que estaría poniendo en peligro la continuidad de Cuba como nación viable en el mediano y largo plazos.

El peligro es también inmediato, aunque sus consecuencias sean estratégicas. La pérdida acelerada de confianza en el gobierno acelera la pérdida del tiempo-confianza en la sociedad y, lo más importante, la confianza-país. El hecho de que cada vez más ciudadanos estén dispuestos a dejar atrás la ciudadanía revolucionaria a favor de la doble ciudadanía es una muestra de desconfianza en las posibilidades de Cuba como nación. Un mensaje de que en Cuba se puede vivir como español, francés, norteamericano o italiano es decir, como ciudadano global, pero no como cubano. Pero otro hecho relacionado asusta: en 2013 más de 44.000.00 cubanos dijeron adiós al país, superando el abandono de la isla de toda una década. Toda una estampida silenciosa frenada por las políticas migratorias de países sensatos.

Hay aquí una primera ruptura fundacional que en estos momentos se enfrenta a otros dos peligros: el primero, la ausencia de liderazgo y visión del gobierno para afrontar los desafíos del país en una época global; y, el segundo, su perseverancia metafísica en la idea de una “Revolución” que aceleradamente va perdiendo sus registros sociales para fortalecer sus registros punitivos. Ella se apoya en la policía más que en los filósofos. Da primero un pan, bastante agrio, para ofrecer más tarde el castigo.

Ciertamente el gobierno cubano acumula mucho poder pero carece de liderazgo. Tiene un exceso de temperamento pero carece de carácter. El que se necesita para la clase de liderazgo que demanda un país cuando se enfrenta, cumulativamente, a un desafío económico, a un desafío cultural, a un desafío sociológico, a un desafío de información, a un desafío del conocimiento y a un desafío generacional; más los peligros evidentes de toda nueva época. Aquellos desafíos podrían resumirse, por tanto, en el siguiente dilema: ¿cómo el gobierno logrará mantener un modelo político que se encuentra por debajo de la inteligencia básica, la experiencia acumulada de la sociedad cubana y el pluralismo cultural?

Ante ese dilema, el gobierno ha sacrificado las opciones posibles de un nuevo liderazgo ante la metafísica de la “Revolución”. Y se dedica a sacarle dinero a la liberalización sin atreverse a convertir los cambios de gestión en auténticas reformas: esas que son estructurales y que se enfocan en la economía del conocimiento.

Se compromete con ello el país porque se engancha cada vez más a los vaivenes de la economía global. Vivir de las remesas, de lo que traen los cubanos cuando viajan al exterior, de los cubanoamericanos que visitan la isla, de la exportación cautiva de médicos  ―cautivo porque depende de simpatías políticas, no de racionalidad económica, es un malísimo proyecto de futuro, rematado por una apuesta a la economía de enclave que significa la Zona de Desarrollo del Mariel: la prueba monumental de que el gobierno cubano no sabe bien lo que hace. ¿A quién se le ocurre competir en juego cuya partida está sellada de antemano a favor de Panamá y de los Estados Unidos por la ampliación del Canal y los trabajos de dragado en las costas de la Florida? ¿Cómo depender de inversionistas cuyo flujo de activos depende de los estornudos de las Bolsas para un proyecto incierto?

Las últimas medidas para obtener dinero son alarmantes: vender automóviles de uso al precio de un Porsche o un Ferrari, ocho veces por encima del precio de ese mismo automóvil nada más y nada menos que en Londres es una profunda llamada de atención en varios de los sentidos más importantes de todo liderazgo: el sentido de realidad, el sentido del ridículo, el sentido del escándalo y el sentido común. La cuestión no es puntual sino de capacidad.

Los Estados serios no viven de la liberalización de restricciones absurdas. La liberalización es apenas el primer paso, mejor dicho, el paso preliminar para desengrasarse, facilitar el movimiento de tierras y comenzar a levantar el edificio cierto de reformas sólidas que permitan a un país gestionar sus necesidades con algo más de lo que proporciona el cobro de peajes.

Reinventemos el liderazgo, algo mejor que competir por el poder, si queremos tener de verdad un proyecto de nación. Los desafíos están ahí.

II Jornada de Consenso Constitucional


Sin títuloConsenso Constitucional sigue construyendo el derecho desde la ciudadanía. Durante tres días, 27, 28 y 29 de junio, se realizaron encuentros en 205 Mesas de Iniciativa Constitucional (MIC) en todo el país. Más de 1800 ciudadanos debatieron en torno a los puntos de partida del cambio constitucional en Cuba. Desafortunadamente, un número similar de MICs no pudieron realizar sus encuentros porque no contaron a tiempo con la documentación que sirve de guía a los debates.

En esta II Jornada se reportó, hasta ahora, un solo caso de represión policial. El activista y Gestor de Consenso Constitucional,  José Díaz Silva, fue detenido durante todo el sábado 28 para impedirle asistiera a uno de los encuentros en el municipio 10 de Octubre.  Esperamos que este acto arbitrario no marque una tendencia futura de intentar lo inevitable: que la ciudadanía, en ejercicio de su legitimidad y soberanía, trabaje para dotarse de nuevas leyes que le representen y garanticen sus derechos.

El ejercicio de construcción constitucional a través de las herramientas de la democracia deliberativa crece en fuerza, consistencia y participación. El punto de vista que hasta ahora va predominando es el de la necesidad de una nueva constitución para Cuba.

A partir de esta II Jornada comienza a organizarse una red de Gestores Constitucionales que se encargaran de extender, capilarizar y publicitar el proyecto de Consenso Constitucional por todo el país. Esta red, junto a las MICs permanentes, facilitara el alcance y la inculturación del derecho, la ley y la constitucionalidad necesaria para recrear el Estado de derecho.

Consenso Constitucional, que cuenta y quiere contar con todos los cubanos, dentro y fuera del país, realizará un encuentro en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) con organizaciones de cubanos, académicos e intelectuales residentes en los Estados Unidos el próximo 19 de julio. Participarán en él un grupo de Gestores  residentes en la isla. Nos abrimos así a un concepto esencial de este proyecto: La Cuba de los ciudadanos es la Cuba de todos los cubanos.

La III Jornada se desarrollara entre finales de agosto y principios de septiembre.

Invite a los cubanos, donde quieran que estén, a que visiten y firmen en www.consensoconstitucional.com

Gestores Consenso Constitucional       Seguir leyendo II Jornada de Consenso Constitucional

Demócratas cubanos en Perú


IMG_9666En América Latina no suele suceder. La apertura de puertas en nuestro hemisferio a quienes trabajan por la democracia en Cuba no es un hábito de las democracias de la región. Algunas francamente débiles. Se ha producido, sin embargo, un cambio en el último año. Un grupo de demócratas cubanos que se mueven en varios planos de la comunidad civil y política han visitado varios países para intercambiar con interlocutores de la región desde diversas perspectivas, todas fundamentales, con el propósito de presentar el complicado caso de la democratización en mi país y concitar el apoyo de la región.

Colombia, Chile, Argentina, Brasil, Nicaragua, Honduras, Costa Rica, México y Guatemala, por citas algunos casos, se muestran solícitos, no hablo de sus gobiernos, para escuchar nuestra versión de los acontecimientos y sobre todo, para apostar por una opción de cambio que ya es retardada en la región. Para mí el contraste es agudo.

En el año 2000 visité Venezuela y Jamaica y la indiferencia latinoamericana y caribeña con la Cuba cívica y de los ciudadanos era palmaria. Insisto en decir Cuba, con exclusión de su gobierno, porque el sub hemisferio ha sido particularmente sensible a las pulsiones del castrismo.  Un modelo de poder obsceno fundado sobre el apellido de una familia.

Pero un país sobresale en este itinerario, que apenas comienza, en términos de la recepción a los activistas cubanos. Perú destaca en tres puntos esenciales: la sistematicidad del intercambio  ―el número de visitas de cubanos que piensan desde el futuro a este país es creciente―, la concreción de proyectos para adelantar el proceso de democratización y el nivel político de la interlocución.

Cuando viajé el pasado año, con un grupo de compatriotas de la isla, llegué directo al Congreso del Perú a una presentación auspiciada por un congresista de la nación para exponer, desde la diversidad de pareceres, la realidad de Cuba vista con la visión de los sin poder, y esbozar cómo creíamos que la sociedad y clase política peruanas podían contribuir al cambio democrático en la isla. Lo más interesante fue que nuestra visita e intercambio tuvo un impacto mediático instantáneo, aunque tenue, como testimonio público de un tráfico de ideas que fue  algo más que testimonial.

Perú, ese país diverso, plural y rico, con su pisco y su exquisito ceviche, es quizá la sociedad que está más preparada en la región, quizá por la fuerza que va adquiriendo allí el liberalismo político, para la interacción con los valores democráticos en un plano global. Eso facilitó nuestro encuentro con diversos líderes y grupos políticos, y al mayor nivel, como no ha ocurrido en otros países del hemisferio.

Y, lo más importante en un enfoque de mediano plazo, Perú nos dio la oportunidad de un espacio de aprendizaje esencial para fundar democracias. Gracias al Instituto Político por la Libertad (IPL) y a su programa para la formación de jóvenes líderes (UDL), en el que pude introducirme por la generosidad del IPL, enmascarado detrás de un par de afeites contra las canas, hubo allí una concurrencia de conocimientos imprescindibles para quienes intentamos reinventar la democracia dentro de Cuba. Sin saberes se limita la democratización posible por la ausencia de herramientas para interactuar con mayor eficacia en un mundo complejo, diversificado, abierto en el que lo significativo no está en las respuestas sino en las preguntas que la sociedad nos hace constantemente. Los demócratas cubanos podemos mirar a Perú con confianza.

Manuel Cuesta Morúa, Coordinador Plataforma Nuevo País, Portavoz Arco Progresista (socialdemócrata)       Seguir leyendo Demócratas cubanos en Perú