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Manuel Cuesta Morúa, La Habana, 1962, Historiador, politólogo y ensayista. Portavoz del Partido Arco Progresista (socialdemócrata). Miembro de la Mesa Coordinadora de Nuevo País. Ha escrito numerosos ensayos y artículos, y publicado en varias revistas cubanas y extranjeras, además de participar en eventos nacionales e internacionales.

La sociedad civil a escena


MCMLa Cumbre de las Américas es la mejor oportunidad para Cuba. Por primera vez desde 1959, nuestro país tiene y aprovecha la ocasión brindada por la comunidad internacional para ponerse a tono con el mundo.

Repasemos. En 1985 el Gobierno cubano tuvo un excelente momento para colocar al país a la altura de lo que se avecinaba. Decidió por el contrario desaprovechar la perestroika y la ocasión abierta para detener, en algún punto, la crisis estructural del país, aunque para ello tuviere que haber reconocido la crisis estructural del modelo.

Con toda probabilidad no se hubiera salvado el socialismo si el Gobierno usaba la ocasión para transformarse, pero sí se hubiera salvado, por ejemplo, la industria azucarera. Por no hacer los cambios necesarios, no tenemos hoy ni socialismo ni azúcar.

Esta segunda oportunidad es mejor y distinta. Distinta, porque prosigue el proceso gradual de regreso a nuestro espacio geopolítico natural. Mejor, porque por primera vez se invita a todo un país a ese proceso de integración.

Ninguno de los foros en esta parte del mundo considera a Cuba entera. Ni la Comunidad del Caribe (CARICOM), ni la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) piensan en Cuba cuando utilizan el correo para abrir sus puertas al país. Para ellos se trata del “pensamiento en las alturas”, que solo reconoce a nuestra nación a través del Estado. Ni más ni menos.

Con la VII Cumbre de las Américas todo cambia. Las Américas, medio a regañadientes en su parte latina, aceptan que estén en pie de igualdad en su foro más importante aquellos que están en desacuerdo con el régimen y aquellos que lo apoyan contra todo sentido común.

Este es un desafío formidable. Fundamentalmente para la sociedad civil democrática. Allí podemos hacer lo que nos enseñaron desde pequeños en todos los niveles posibles de enseñanza y que se proyecta casi a diario en los medios de comunicación de la Isla y desde las esquinas políticas oficiales, en los más recónditos lugares de la Isla. Podemos gritar, ofender, excluir y seguir sustituyendo la discusión racional de los argumentos por la destrucción moral del adversario. También podemos decir, como nos acostumbró a hacerlo la narrativa política al uso: ellos no, nosotros sí. Es decir, podemos proyectarnos en modo negativo, agregando la queja al improperio. Pero esto no es recomendable. Seguir leyendo La sociedad civil a escena

¿Revolución sin enemigo?


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Jean Paul Sartre lo dijo bien en 1960: “Si Estados Unidos no existiera, Cuba debería inventarlo”. Pero Barack Obama desinventó a los Estados Unidos de Castro.

Analizar esta mutación geopolítica, que descoloca todo un proyecto concebido desde y para la confrontación, requiere más perspectiva para entender con claridad la derrota estratégica del régimen cubano, pero lo que acaba de acontecer el 17 de diciembre no puede entenderse con los criterios normales de la política mediana. Se sitúa en el espacio decisorio de los hombres de Estado que apuestan por la sabiduría política, más que por la continuidad que impone la realpolitik. Y la sabiduría política sienta a los enemigos en la mesa. Para sorpresa de uno de ellos.

Ese tipo de decisiones sabias, y también riesgosas, no abundan. En la época moderna lo he visto solo en tres ocasiones: en la India de Mahatma Gandhi, en los Estados Unidos de Martin Luther King y en la Sudáfrica de Nelson Mandela. En los tres momentos, y a contrapelo de la realpolitik ―que se define bien como la política desde el status quo―, se rompió el curso de los acontecimientos, que marcaban una deriva violenta como solución aparente de conflictos históricos, a favor de la visión de lo que es mejor según criterios morales, políticos, civilizatorios y de eficacia. Por ese orden.

Barack Obama tiene límites inmediatos para ser comparado con esos tres íconos de la historia moderna, pero el proceso de normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos que puso en marcha, hace saltar por los aires la realpolitik en el hemisferio occidental en tres zonas diferenciadas: Miami, América Latina y Cuba.

En estas tres zonas la realpolitik la determina más el discurso que los hechos. Cuba, después de 1959 es eso: la hegemonía de la autonarración y el raquitismo de los hechos. La narrativa emocional y su percepción derivada han sido la base del tipo y de la estructura de relaciones que ellas han sostenido por más de medio siglo con los Estados Unidos.

Fue la narrativa la que convirtió el acontecimiento de la revolución cubana en un proceso contra los Estados Unidos. El gusto ideológico y cultural por el relato atrapó a un evento de restauración democrática abierto al futuro, según su pacto y discurso original, dentro de un conflicto utópico permanente, casi naturalizado, pero con poca densidad histórica acumulada. A partir de aquí nació en Miami un contra relato que fijó, hasta bien entrado el siglo XXI, las opciones reales de la política estadounidense. Y América Latina, a derechas, y sobre todo a izquierdas, redactó su propio relato intensamente superficial: una ficción sobre una Cuba que ignora contra unos Estados Unidos que resiente.

Lo que ha hecho Obama es desarticular a tres centros de poder que se constituyeron por la narrativa; poniéndolos a la defensiva. La exaltación en Miami, el silencio en La Habana y el discurso de izquierda reminiscente en América Latina son reacciones distintas ante un mismo hecho: después del 17 de diciembre los Estados Unidos han dejado sin narrativa ideológica al hemisferio occidental.

Un reciente artículo en este mismo periódico de un prominente líder progresista del hemisferio, Ricardo Lagos, refleja la perplejidad con la que se recibe en cierta izquierda la noticia de la normalización entre Los Estados Unidos y Cuba. Como si no hubiera ocurrido nada en los últimos veinte años, el texto se recrea en un paseismo mítico y reproduce de forma intacta el lenguaje de los “gloriosos sesenta”, en el entendido de que la revolución cubana habría sido una utopía posible si no se hubiera topado con la oposición de los Estados Unidos. Cuando lo contrario es lo cierto: Cuba fue una utopía gracias a los yanquis.

Desde Miami, aunque no en todo Miami, el paseismo se invierte. Los Estados Unidos, se dice, han traicionado la causa, desconociendo la memoria de miles de muertos y de desaparecidos en la empresa de recuperar la democracia. Esos sectores ―bien comprometidos con Cuba por cierto―, no se dan cuenta, sin embargo, que el enemigo inventado era el enemigo necesario para impedir, con bastante éxito, que la controversia democrática alcanzara los primeros planos de la escena pública cubana. Y occidental.

La Habana, por su parte, alimenta su pasado con el vacío narrativo. De ahí el silencio y la ausencia de un discurso alternativo para tiempos de paz. La destrucción de su narrativa es de tal calado que no encuentra cómo responder al dilema del enemigo por transitividad. Hasta ayer, la comunidad prodemocrática cubana era el enemigo agregado porque era amiga del enemigo principal. ¿Qué debe pasar ahora, siguiendo el hilo del alegato histórico, cuando se normalizan las relaciones entre dos Estados enemigos? ¿No sería lógico iniciar el proceso de normalización entre el Estado y la sociedad cubanos? ¿Se ha roto de pronto la transitividad?

Después del 17 de diciembre ya no se puede narrar en el hemisferio occidental. Dicho con mejor exactitud: solo se pueden narrar la democracia y sus valores. Y esta narración se abre por obligación a la política y a lo político si quiere sobrevivir como articulación de la sociedad. El desafío mayor recae, no obstante, sobre lo que insisten en llamar Revolución Cubana: ella se enfrenta a su propio origen revolucionario, en el que se inscriben las libertades fundamentales, el Estado de derecho y las elecciones libres y democráticas.

Para corregir a Sartre: esa es la única revolución en Cuba que no necesita inventar a los Estados Unidos.

Comunicación


En el día de ayer, 15 de octubre, fueron detenidos, y amenazados Rafael Juan Mesa Gallardo, Gestor de Consenso Constitucional, y los activistas Joel Lazo Mesa, Marina Núñez Márquez y Bartolo Alfredo Salgado, todos en la ciudad de Manzanillo, municipio Granma.

La detención y las amenazas se deben a la labor que estos activistas vienen desarrollando en la ciudad en relación con las Mesas de Iniciativa Constitucional, la recogida de firmas para una Constituyente en Cuba y el Foro Económico para Emprendedores.

La creciente recepción que estas iniciativas están teniendo en aquella ciudad entre los ciudadanos ha llevado a las autoridades a tratarlos como delincuentes.  Fueron sometidos a un procedimiento policial de toma de huellas dactilares y de olor y a un fichaje fotográfico, todo como técnicas políticas para impresionarles con un posible proceso judicial.

Sucede sin embargo que estos ciudadanos actúan dentro de la Constitución y sus leyes, tal y como es filosofía de Consenso Constitucional.

Son las autoridades las que burlan la ley y los procedimientos. Entre las amenazas, penadas legalmente, están la de las técnicas terroristas de amenazar, y cito, de hacer porra y fleco a sus familias, (traducido al español como destrucción de sus seres queridos) y la de no permitirle la búsqueda del sustento para ellas.

Consenso Constitucional pide solidaridad para estos activistas y responsabiliza a las autoridades con cualquier daño físico, moral o en sus bienes que puedan sufrir estos hombres y mujeres pacíficos.

La ley debe ser respetada y acatada por todos. Nadie debe estar por encima de ella.

Manuel Cuesta Morúa

Los delitos de información y el racismo


Publicado por: Manuel Cuesta Morúa

Como sugería Sor Juana Inés de la Cruz de acuerdo con el excelente libro Las Trampas de la fe, del escritor mexicano Octavio Paz, de los mínimos acontecimientos de la vida siempre vale la pena concitar reflexiones mayores sobre la sociedad.

Aprovecho esta perspectiva casi epistemológica para aproximarme al tema del racismo en Cuba y su relación controversial con un derecho que no es ni debería ser discutible: el ejercicio de la opinión.

Como más o menos se sabe, estuve detenido a fines de enero de 2014, a propósito de la reunión en La Habana de la Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), por el intento de organizar un foro alternativo desde la sociedad ci-vil. La detención sería —y fue— una anécdota re-presiva más, en medio del esquema fallido de anular los pulsos vitales que conforman y dan carta de naturaleza a la sociedad. Es importante notar que la sociedad solo existe como espacio autónomo respecto del Estado. En ausencia de esta distancia, nos encontramos ante el fenómeno de los Estados socializados que, como reflejo del totalitarismo social, son otra cosa distinta de la sociedad.

La detención dejó de ser una anécdota, sin embargo, por la salida política que el régimen dio al asunto,  en una movida extraña que proyectó inconscientemente, como toda proyección, la mentalidad profunda del poder en dos direcciones clave: su negación estructural a la validez de la opinión ―la opinión es un hecho como pluralidad de opiniones, es decir: diversidad de parece-res― y el ropaje legal de sus políticas racistas.
Me concentro aquí en la segunda de las direccio-nes. Al igual que la peligrosidad social como fi-gura delictiva, que permite el encierro de los marginados ―mayormente personas negras en los es-tratos sociales más bajos― porque constituyen una amenaza al orden racista de los criollos blancos, que se instituyó en Cuba desde tiempos memoriales, la difusión de noticias falsas ―de lo que fui acusado― y la propaganda enemiga o la supuesta filtración de información a potencias o países extranjeros pueden comenzar a ser utiliza-das como expedientes legales para contener la crítica intelectual o política al racismo estructural que se profundiza en la Isla.

Esa es la tradición cubana en su proyecto logrado de gestión eficaz del racismo histórico: cubrirlo y llenarlo de justicia y legalidad para compensar su culpa a través de la criminalización racial, como a principios del siglo XX. Quienes están familia-rizados o estén dispuestos a familiarizarse con esta tradición de criminalizar a los otros, a partir del triángulo perfecto de represión, antropología y legalidad, les recomiendo leer al primer Fer-nando Ortiz, el de Los negros brujos, y toda la antropología criminal de la época. Lo importante no tiene que ver con el pensamiento y los paradigmas de entonces, sino con que siempre concluían en un artículo del código o la ley de procedimiento penales para explotar la diferencia cultural y la anomía social, gestionándolas en los tribunales y recluyéndolas en las cárceles.

Nunca se ha tratado en Cuba de un racismo de apartheid o segregación; eso es bueno entenderlo, pero sí de un racismo bien filtrado a través de la judicialización del comportamiento social y culturalmente diferente. La idea de que hay racismo exclusivamente donde se articula una intención socialmente evidente de marcar las diferencias en el espacio público tiende a no entender el racismo fuera del mundo germánico y anglosajón.

Por eso y aquí, para gestionar el racismo del poder en la esfera informativa, intelectual o de opinión vale interpretar la ley en sentido amplio. Si para aquellos que no tienen voz basta la ley de peligro-sidad social; para los que tienen una narrativa que contar es necesario utilizar figuras “delictivas” como la difusión de noticias falsas, la propaganda enemiga o los delitos contemplados en Ley Mor-daza. Ellas atacan al sujeto en el nivel de las ideas, un nivel muy peligroso, porque instaura la duda donde solo se permiten las certezas del poder.

Lo interesante, y lo que muestra el núcleo racista de ese poder, es justamente la fácil transferencia de la ley a un ámbito que funda su relato precisa-mente en las intersecciones de lo social, en los vericuetos de la mentalidad, en la demostración conceptual de lo oculto, en la develación del significado de los símbolos, en la interpretación de una estética ancestral y en el mundo de las relaciones intersubjetivas de la sociedad. Por aquí se llega a no comprender que juzgar a un afrodescendiente por sus opiniones sobre el racismo es una expresión precisa del racismo.

Objetivamente hay una manera estadística de de-mostrar que Cuba es un país racista. Por ejemplo, la universidad cubana es casi totalmente blanca, mientras la prisión es eminentemente negra. Pero como se sabe en historia de las mentalidades, la información objetiva necesita la premisa de la formación intersubjetiva para captar la informa-ción medible. Los datos por sí solos nada demues-tran en una sociedad que no está culturalmente preparada para recepcionar los hechos constata-bles de la realidad. En psicología se sabe bien que el estado de negación es la primera y más pro-funda actitud reactiva en las culturas de matriz unilateral y cerrada. Negar los hechos forma parte de la realidad cotidiana en cualquier sociedad y ha servido para toda una rama del psicoanálisis: la que tiene que ver con el auto bloqueo cons-ciente de la percepción para evitar el trauma. Los cubanos estamos más que preparados para vivir de espaldas a la información demostrable. Seguir leyendo Los delitos de información y el racismo