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Cuba ante el reto de las nuevas tecnologías


Publicado por: Sander Alexei Álvarez Matute

sanderA pesar de las enormes potencialidades intelectuales que acumula el pueblo cubano, nuestro país padece un lamentable retraso y desfase con relación al avance tecnológico global, motivado por las trabas y obstáculos que imponen al desarrollo el monopolio y estricto control del Estado sobre la información y las tecnologías modernas. Este diseño convierte a Cuba en el país occidental con menor desarrollo y acceso a las tecnologías más avanzadas, lo cual compromete seriamente el futuro económico y cultural de la nación.

La absoluta desconexión con la realidad se puso de manifiesto en una disertación del economista y académico Juan Triana Cordoví, ante oficiales del Ministerio del Interior, sobre importantes temas. Triana Cordoví se refirió a diversas realidades económicas que afectan al país, pero cuando aborda la informática habla como si desconociera totalmente que en Cuba prevalecen los intereses de dominación y control político en la accesibilidad.

La perspectiva ideal del “especialista” ante quienes tienen la función de controlar el acceso a la información confirma muchas de las razones por las cuales Cuba vive —y es víctima de— la gran contradicción de la modernidad. Al hablar de la necesidad de acceso a las redes de la información, Triana Cordoví lo hace como si pretendiera pro-mover la inserción en los mecanismos y procesos del desarrollo, pero con criterios que lo vuelven material y políticamente imposible.

Una persona informada y comunicada es mucho más libre y mucho más difícil de engañar y manipular. Sin embargo, al escuchar a Triana Cordoví, parece como si desconociera una realidad cotidiana: el poder —ya vacío de argumentos y razones— trata de sustentarse, y en gran medida lo consigue, en el absoluto control de la información para facilitar su política sobre la base de la manipulación, el ocultamiento, la mentira flagrante y los silencios interesados. En una sociedad informatizada esto sería muy difícil de sostener.

Lo interesante es que los cubanos son cada vez más conscientes de su desamparo informático y sus consecuencias, por lo que a toda costa y riesgo enfrentan el problema con altos niveles de creatividad, que pueden resultar incomprensibles para el resto del mundo en el siglo XXI. Desde hace años y en distintas localidades del país, muchos se han dedicado a transmitir y vender, a través de conexiones alámbricas, las señales de canales internacionales, especialmente de la televisión hispana de La Florida.

Los consumidores de esta vía alternativa son cada vez más. Esto ha significado una especie de “revolución cultural” que abre horizontes de información y conocimientos no solo sobre el mundo exterior, sino también sobre la realidad sociopolítica cubana y en contraste con lo que se ofrece en los espacios noticiosos oficiales. Todo ello es alarmante para el poder, que ha recurrido a una intensa dinámica represiva para tratar de acabar con lo que los cubanos popularmente simplifican como “el cable” o “la antena”.

De aquí se saca una interesante enseñanza: casi medio siglo de monopolio informativo y adoctrinamiento no atrofia ni disminuye el ansia de nuevos horizontes de conocimientos consustancial al ser humano. Resulta evidente el creciente interés de la población, sobre todo los jóvenes, por el desarrollo y puesta en marcha de nuevas tecnologías, especial-mente en el área informática. Cuba cuenta con alta proporción de profesionales, que cada vez con más frecuencia se ven obligados a desarrollar sus conocimientos en el sector privado, unas veces motivados por dificultades económicas y otras, por la falta de equipos y tecnologías. En ambos casos se comprometen y obstaculizan el trabajo y el desarrollo del verdadero potencial en el sector estatal. La situación se agrava por el estricto y monopólico control oficial.

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Al dictarse doctrinas absurdas de qué hacer y no hacer con los equipos y tecnologías, las opciones del cubano de a pie son pocas. Resulta casi imposible, por ejemplo, adquirir un equipo de cómputo o algunos de sus periféricos en las cadenas de tiendas, como consecuencia de los precios eleva-dos, la dudosa calidad de las ofertas y la muy po-bre garantía comercial. Estamos situados ante lo prácticamente imposible: comprar y mantener esas tecnologías a precios del primer mundo con salarios y poder adquisitivo del cuarto mundo. Algo recurrente y desconcertante.

Ya sucedió con los automóviles modernos o la construcción de viviendas por medios propios. Si los cubanos necesitan varias veces el monto de los recursos disponibles para solventar sus necesidades de alimentos, ¿cómo podrían adquirir y man-tener el tan necesario parque tecnológico que es normal poseer en cualquier sociedad con parecidos niveles educacionales o intelectuales?

El disfrute, desde la comodidad del hogar, de ser-vicios como la conexión a un correo electrónico de intranet o la conexión a Internet, es totalmente imposible en Cuba. Incluso académicos e intelectuales “oficialistas y confiables” ven cada vez más limitados los pobres servicios de que disponen.

El gobierno cubano ha emprendido una guerra perdida de antemano. Todos los poderes tratan de utilizar la tecnología para favorecer sus intereses, pero las autoridades cubanas prefieren luchar contra ella y esta opción se les hace cada vez más difícil y traumática, porque la tecnología se perfecciona y desarrolla continuamente y porque el ingenio humano —por fortuna— también se afina para enfrentar las represiones y atentados contra la libertad.

Desde el 8 de septiembre de 1987, los Joven Club de Computación y Electrónica (JCCE) se consti-tuyeron como red de centros tecnológicos con el supuesto objetivo de contribuir a la socialización e informatización de la sociedad cubana. No se cumplió con lo que pregonaban. Esos clubes sólo han servido para reforzar el control con un nuevo maquillaje y hackear toda información que pasa por ellos. Son un espejo de cuanta actividad se realiza allí.

Viene a tono el ejemplo de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), creada por el go-bierno a imagen y semejanza de su megalomanía para “formar” especialistas en informática. Llenó el recinto —ubicado en la antigua base de espio-naje radioelectrónico soviética de Lourdes— con privilegios y jóvenes meticulosamente escogidos por su talento y lealtad política. Y esos jóvenes privilegiados se dedicaron a conectarse ilegal-mente a Internet.

La mentira oficial

En contradicción con lo que parece proponer Triana Cordoví, quien debe estar al tanto de la política oficial, el alto liderazgo ideó un plan para conectar de alguna manera a los cubanos con la tecnología sin perder el control absoluto. Creó centros de instrucción y acceso a la informática e incluyó la informática como asignatura desde la escuela primaria, pero nada de esto satisfizo las expectativas y mucho menos cubrió las necesidades de una sociedad dispuesta a avanzar económica y culturalmente.

Qué decir del control gubernamental sobre las tecnologías, cuando una sola compañía controla la telefonía móvil, el acceso a la red de redes, la telefonía fija y algunos otros servicios. Esta com-pañía debería replantear sus opciones de servicio y sus tarifas. Desde el pasado año se abrieron las llamadas salas Nautas para la conexión a la red de redes y correo electrónico, aparentemente de uso libre para todos, pero no gratuito. Y los precios, por sí solos, imponen acceso restringido a la gran mayoría de quienes quisieran acudir a estas salas. Estamos hablando de un país donde el salario pro-medio mensual ronda los 300 pesos cubanos (CUP) y el costo de una hora de Internet es 4.50 pesos convertibles (CUC), que equivalen a 112.50 CUP, es decir: casi la mitad del salario mensual promedio.

El gobierno cubano debería respetar la neutrali-dad de Internet y dar más libertad, pero tendría entonces que desbloquear todos los sitios web con acceso prohibido desde Cuba. De una vez y por todas tendrían que reconocer que violan las liber-tades de opinión y de expresión, el libre flujo de información y el derecho inalienable de todos los cubanos a informarse “por cualquier medio”. Así mismo es imprescindible rebajar considerable-mente los precios de las tarjetas de navegación en las salas Nautas, para facilitar mayor acceso de la población. Si en verdad quieren contribuir a la libertad informativa y al desarrollo que ella pro-mueve, el gobierno tiene que brindar servicio de navegación WiFi en las salas Nautas y, para seguir soñando, montar puntos de acceso WiFi en lugares públicos, centros comerciales, bibliotecas, hospitales. Seguir leyendo Cuba ante el reto de las nuevas tecnologías

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