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Las ideas para nada justas que no salvarán a la Humanidad


Concuerdo con Fidel Castro: Solo las ideas justas salvarán a la Humanidad. No obstante, nuestras concepciones de lo que es o no una idea justa claramente difieren.

Una idea justa en política es para mí aquella que se propone salvar los innegables avances del Capitalismo, y a la vez superar sus defectos. Por ejemplo, mantener su nunca antes vista capacidad de promover  la creatividad humana aplicada a fines prácticos, y a la vez superar su aparente incapacidad actual de promover el crecimiento más que mediante la promoción del consumo exacerbado. O sea, una idea justa es aquella que se propone mantener el respeto a las libertades de pensamiento y expresión como valores centrales de la comunidad humana, y a la vez es también capaz de proponer una sociedad en que sea posible consensuar que una considerable parte de los recursos creados se utilicen en el desarrollo de tecnologías que nos liberen de nuestra agobiante dependencia del petróleo, y sobre todo, en comenzar a preparar la colonización de nuevas regiones del Universo en que vivimos.

Un lugar muy hostil para la vida, por cierto; a diferencia de lo que hemos creído los occidentales durante los últimos dos mil años.

Para mí una idea justa, para ser más claro, ajustada a nuestras actuales necesidades, es por tanto aquella que nos propone una superación del Capitalismo, no su aniquilación. Sin embargo para Fidel Castro consiste más bien en lo segundo, y en un regreso a las sociedades pre-capitalistas. Al menos es esto lo único que puede desprenderse de su insistencia en mencionar a las sociedades que surgieron de la Revolución Rusa o China, como ejemplos de convivencia humana justa.

Las llamadas sociedades socialistas rusa o china, no son en realidad más que remedos de aquellas otras, que en los albores de la civilización crecieron a la orilla de algunos grandes ríos. Las basadas en la irrigación y cimentadas en una perfecta estructuración jerárquica. Sociedades rígidas, poco creativas, que al basarse en estructuras anacrónicas han sido en consecuencia incapaces, en cualquiera de sus casos, no ya de asegurarle a sus integrantes un nivel de vida correspondiente a los tiempos que corren, sino incluso de alimentarlos. Así ocurrió en la URSS, en China, y hasta en la Cuba que el propio Fidel Castro gobernó durante medio siglo como un monarca premoderno.

Pero es más, esas sociedades se han demostrado, a pesar de su pretensión de una mayor racionalidad, tan o más dañinas para el medio ambiente que las Capitalistas. Al carecer de mecanismos de control público sobre la gestión ambiental su capacidad para corregir los fallos y errores que siempre se cometerán ha sido constatablemente muchísimo menor. Un par de ejemplos aparte de los muy conocidos del Mar Caspio, o el smog pekinés: En la tan preocupada Cuba por el destino de la Humanidad, la de un ecologista Fidel Castro que desde los ochentas entona cantos apocalipticistas, no existe ninguna política de recogida segura de baterías usadas, y el consumo percápita de agua en Cuba, a pesar de su infinitamente menor desarrollo industrial, es hoy por hoy comparable al de los EE.UU.

Es realmente alucinante que uno de los últimos líderes del socialismo de inspiración leninista invoque la supuesta cantidad de vidas potenciales que se podrían salvar en el mundo si este aceptara someterse a los supuestos principios humanistas del mismo. ¿Es que olvida a los millones que murieron de hambre cuando la colectivización forzosa en la URSS, o los muchos más a resultas del Gran Salto Adelante maoísta? De hecho ese socialismo que él invoca solo parece poder imponerse mediante la eliminación metódica, y crónica, de enormes contingentes humanos: los más inteligentes, los más creativos, los más necesitados de esa libertad que el socialismo leninista se apresura por sobre todo en ahogar.

Contingentes que es cierto, en algunos lugares han logrado escapar hacia otras tierras, como en Cuba. Mas no ha sido siempre ese el caso. No lo será cuando el socialismo leninista logre imponerse al mundo entero y no quede en consecuencia ningún lugar adonde escapar de él.

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De cómo los compañeros segurosos se convirtieron en guardianes de Parque Temático


Tanto se repetían frente al espejo que ellos eran unos patriotas, que en general los segurosos llegaron a creérselo. Esa sencilla gimnasia matutina después de afeitar sus bien alimentadas mejillas, consiguió que al montar en sus motos suzuki, minutos después, ya no les costara poner aquellas caras satisfechas de perdonavidas, que junto a sus pulóveres de rayas horizontales y sus carpetas mugrosas, llegaron por entonces a identificarlos.

No es que fueran muy dados a las dudas. De procedencia guajira en primera, o si acaso segunda generación, no podían aún percibir esas particulares sutilezas del estado civilizado, a que solo puede acceder un miembro de tal estrato si es que es un genio, o está a un paso de serlo; y ninguno de ellos lo era, porque en primer lugar una institución como a la que pertenecían nunca le daría entrada a tan problemáticos individuos. Aun con rimbombantes títulos universitarios en sus paredes, lo entendían todo de una manera muy plana y rígida. Ellos no armaban mundos en su interior, vastos y coherentes, coloridos y a la vez inestables. Y es que se entiende, no había tampoco mucho espacio detrás de esas satisfechas expresiones, que no se les salían del rostro ni aun cuando en las avenidas, con un vigoroso golpe de timón, le escurrían la cabeza a una cornisa, o un fragmento de balcón en caída libre.

Pero aunque no eran para nada dados a las dudas, no obstante en los tiempos en que comienza nuestro relato La Cosa estaba fea. La Cosa, se entiende, ese amorfo estado desde el que en cualquier momento podría aparecerles alguna sorpresa que rompiera la tranquila ausencia de actividad cerebral, al menos superior a la memorización, que ellos se ocupaban de mantener. Por el bien de la Patria, claro está.

Eran tiempos difíciles en verdad: Por entonces los niños con aspiraciones a cineastas no querían que ellos, los encargados de vigilar las mentes, les revisaran sus guiones; o  incluso a algunos les había dado por pretenderse escritores a pesar de no haber sido avalados por el coronel correspondiente.

Mas por fortuna ocurrió entonces un hecho que los ayudó a salvar a la Patria: Se murieron Los Viejos.

La reacción de los segurosos no se hizo esperar. Debido a que la muerte de los viejecitos ocurrió en la madrugada, renunciaron a su gimnasia matutina. O sea, y una vez más por el bien de la Patria, no se repitieron una y otra vez que ellos eran unos patriotas. Así, para el siguiente amanecer ya habían pasado por las armas a cuanto tipo muy fuera de lo normal anduviera por las calles, terraplenes o trillos de la Isla.

Es bueno aclarar que ellos tenían muy bien contralado en sus archivos hasta al último habitante del país; que por otra parte fuera de lo normal significaba para ellos cualquiera que aun en la más extrema e improbable situación resultara potencialmente capaz de rebelárseles; y que en esas veinticuatro horas el país se redujo a poco más de la mitad de su población original.

La felicidad no llegó tan rápido, no obstante. Esa misma mañana, mientras hacían su ya tan mentada gimnasia matutina, detectaron un muy serio problema. Tanto que algunos, los más impresionables, se cortaron mientras se afeitaban. Y es que el patriotismo de los segurosos se había relacionado hasta entonces con vigilar, asustar y reprimir de cuando en cuando a esa mitad de la población que ahora ya no estaba -más que camino de las fosas comunes, por lo que si querían mantener sus carpetas mugrosas, sus caras bien alimentadas, sus pullovers de rayas horizontales y, sobre todo, sus suzukis, necesitaban asentar su patriotismo sobre nuevas bases.

La solución no tardó en encontrarse, cual siempre ocurre cuando sentimos amenazadas esas vanidades de la vida, que, sin embargo, tanto colorido le insuflan. Un intelectual, de los emplantillados en la institución, tuvo la providencial idea de que la verdadera Patria había sido la de los Taínos. La idea, no obstante, fue pronto mejorada por cierto coronel, que argumento que lo mejor, por si las moscas y la economía seguía sin funcionar al nivel agrícola-alfarero, era rebajar la Patria a la de los guanajatabeyes. Si total, eran ellos los primeros que en verdad se habían asentado en la Isla, y lo principal, su economía era solo de recolección.

La idea, por supuesto, solo sería aplicable si se rebajaba aún más la población de la Isla. Lo que se logró mediante el siempre efectivo método del sorteo.

Como convertir a la Patria en Guanajatabey implicaba aislar a la Isla, de inmediato se levantó todo un sistema de vigilancia en las costas, para que nadie entrara o saliera. Los segurosos, de más está decirlo, se ocuparon de dicho sistema de vigilancia. Para ellos y sus familias se reconvirtieron las antiguas zonas turísticas de los cayos en complejos residenciales, con lo que una vez más se demostró ante el maledicente mundo capitalista su inquebrantable capacidad para el sacrificio patriótico. Porque al hacerlo tuvieron necesariamente que renunciar a poder compartir las verdaderas condiciones originarias, patrióticas y guanajatabeyes, de nuestro pueblo.

Y es que alguien tenía que contener al mundo exterior, para que no se entrometiera en la más absoluta autodeterminación que la Isla hubiera alcanzado alguna vez en su historia. Excepto, claro, antes de la llegada de los Taínos.

Al menos eso se repetían ahora frente al espejo, tras afeitarse y antes de subir a sus modernas motos acuáticas. Suzukis, por cierto, porque le habían tomado el gusto a la marca.

En el interior de la Isla, por su parte, quedó la mitad de la mitad de la… de la población original, que seleccionada entre los más faltos de imaginación, sumisos, vagos, sin iniciativa o criterio, al cabo de veinte años ya vivía en efecto como guanajatabeyes.

En sus cayos los segurosos siguieron con sus vidas, sacrificadas por el supremo bien de… Durante décadas se vivió allí de todo lo que debieron requisar en la Isla, poco antes de abandonarla, para acercar así al nivel propuesto a los que quedaban atrás. Mas finalmente estos recursos comenzaron a agotarse y ante los segurosos se abrió de nuevo un dilema: ¿Qué hacer para subsistir en su patriótico desprendimiento? Porque de modo evidente, si querían defender a los de la Isla del exterior, no podían vivir como aquellos de cangrejos, caracoles, o cortezas de marabú, y sin más herramientas que conchas, piedras mal pulidas y alguna vara para nada recta.

Por fortuna para esa fecha ya había llegado a la adultez una nueva generación de segurosos, en la que el refinamiento había comenzado a aparecer. En no poca medida ello se debió a que en años previos, ante el hecho de que los viejos programas en video-tape que se habían traído de la Isla, sus En silencio ha tenido que ser, sus Julito el pescador, sus novelas de la serie Horizontes, sus Día y Noche, sus Sector 40… ya todos se los sabían de memoria, se había comenzado a transmitir una selección de programas copiados de otros países, exteriores. Selección que un lustro después fue sustituida por la libre recepción de cada cuál, en los modernos equipos satelitales que los nuevos coroneles, delgados gracias a sus dietas y horas de gimnasio, permitieron que la firma suzuki distribuyera gratuitamente por los complejos residenciales de los cayos.

Claro, esta apertura no se logró con tanta facilidad. Entre otras medidas hubo que empujar de un barco, en medio de un ciclón fuerza 5, al ya mentado y para entonces muy envejecido intelectual de plantilla, que en cuanto se propuso lo de la selección, o paquete, de inmediato clamó que si yanquización y otras boberías que no cayeron bien en los delicados oídos de nuestros gimnásticos coroneles. Cuarentones a quienes paladear con lentitud un buen whiskey, y escuchar un vinilo de jazz clásico, todo ello mientras se contemplaba desde la cubierta de un reluciente yate una puesta de sol, les resultaba mil veces más atractivo que pasar las tardes en los interminables y bulliciosos juegos de dominó adobados con mala cerveza y puerco frito, que por generaciones de segurosos habían constituido el supremo modo de divertirse los domingos en las tardes.

En fin, que cuando se llegó al dilema, la nueva generación tenía lo necesario para dar con la respuesta indicada: Se podía vivir de los salvajes que sus padres les habían dejado a su cuidado, no entendían muy bien por qué. La Isla, en un final, podía ser convertida en uno de esos grandes parques temáticos que ellos veían, en sus televisores o computadoras, tan redituables por allá afuera, por la civilización.

Estos coroneles, amantes del buen whiskey y del excelente jazz, quienes en definitiva empujaron más que nadie aquella trascendental, actualización, son los que hoy dirigen “Cuba, 3959 antes de Cristo”, el más exitoso parque temático el pasado año, 2059, según la bien informada revista Anthropology Today. Son ellos y sus descendientes, esos dorados y muy refinados muchachos vestidos de caqui, quienes hoy controlan las expediciones por la Isla, o quienes en modernísimos deslizadores anti-gravedad, marca Suzuki, se encargan de evitar que cualquier cavernícola isleño pueda traer a la civilización su carga de virus, bacterias, parásitos y violencia y mal olor. Seguir leyendo De cómo los compañeros segurosos se convirtieron en guardianes de Parque Temático

El 71, según Jorge Fornet


Acabo de leer uno de los libros más interesantes que se hayan publicado en Cuba en los últimos 43 años. Interesante no solo por el acontecimiento diseccionado, y por la posición abiertamente asumida desde la que se lo ha hecho, para nada coincidente con la del gobierno, sino por sobre todo por su seriedad, profundidad y amenidad. O sea, que aparte del dato nada despreciable de haber sido publicado en la Cuba de Raúl, interesa al público informado más por su rigor y claridad que por la valentía que demuestra el haberlo escrito, y más aún, dado a la imprenta; y esto es algo que se agradece hoy en Cuba, donde suele haber mucho de lo segundo, pero muy poco de lo primero entre quienes adoptamos una posición independiente o crítica del gobierno.

El 71, Anatomía de una crisis, publicado por Letras Cubanas, se enfoca en los acontecimientos que tuvieron como eje a Cuba en el año de 1971. Porque lo que se disecciona aquí la trasciende. Como constata Jorge Fornet en su Epílogo, a modo de prólogo, en las décadas de los setentas y ochentas se percibe una conservadurización intelectual, derechización según él, siguiendo a Edward Said, la cual es indudable que tiene su origen en toda una larga serie de desilusiones de la intelectualidad occidental a fines de los sesentas, entre las que la llamada Revolución Cubana quizás sea la última y definitiva.

Si consideramos que en el Capitalismo Democrático, el sistema político-económico-cultural entonces predominante, los intelectuales tienen dos funciones básicas: la primera mantener las libertades que dicho sistema ha sido el primero, y único hasta ahora en garantizar a un grado realista, y la segunda buscar vías de superar a su vez ese propio sistema, entonces podemos aventurarnos a esquematizar que durante los sesentas los intelectuales a nivel mundial se han preocupado mucho más por su segunda función que por la primera, mientras en las dos décadas siguientes el orden de prioridades se ha invertido a un punto en que incluso se ha llegado a negar la real necesidad de la segunda función. Dicho cambio de prioridades intelectuales se ha debido a que toda una serie de paradigmas político-económico-culturales en que creyeron encontrar la superación, se han demostrado muy pronto incapaces o de mantener las libertades.

Uno de ellos, claro, lo fue La Revolución Cubana de 1959; la revolución de unos jóvenes greñudos y en apariencias desenfadados en las mismas narices del núcleo del sistema que había que superar: Los EE.UU. O sea, y sobre todo en su segunda mitad, El 71 es una historia de la desilusión de la vanguardia intelectual mundial en la Revolución Cubana, y por sobre todo de la latinoamericana.

Pero El 71 es más y menos que eso. Es también la historia de los acontecimientos cubanos, en su lógica interna; los acontecimientos en una Isla en medio del Atlántico, que le dieron el definitivo empujón al mundo intelectual occidental para cambiar de mano, al menos hasta el final de la Guerra Fría.

En cuanto a la propia dinámica interna de lo sucedido en Cuba, Fornet supone que ante la carencia de una crítica al interior de la sociedad cubana, el régimen buscó la que necesitaba para corregir su rumbo en el afuera. Porque para él es evidente que ya para la fecha en que comienza su análisis, en 1966 con el ataque intelectual cubano a Neruda, el régimen ha perdido toda posibilidad de retroalimentación en la sociedad sobre la que ejerce el poder.

No obstante este argumento resulta flojo, ya que lo último que busca cualquiera que ejerza el poder omnímodo hacia el interior de su sociedad, cualquiera que por sobre todo tenga por suprema aspiración la independencia a ultranza de su voluntad de la de todo el resto del mundo, es mantener un espacio no subordinado a él desde el que se lo corrija. En todo caso, este pudo ser el espejismo que animó a algunos intelectuales europeos y latinoamericanos a acercarse, sobre todo los que creían que la evidente falta de crítica interna nacía de la incapacidad de las masas cubanas, más que de la naturaleza de un poder que cada vez las amordazaba más y más. En la realidad los regímenes semejantes al cubano, y por sobre todo el específico tipo humano que los encabeza, no buscan corrección, sino corregir a su imagen el mundo a su alrededor.

O sea, Fornet vuelve a cometer el mismo error que aquellos intelectuales, y todo por no atreverse a manosear bien al mono. Un error ridículo, ya que es evidente que él ha transgredido la clara línea que el régimen no ha estado nunca dispuesto a tolerar sea cruzada: No solo ha jugado con la cadena, sino también con el mono mismo.

Lo que en verdad el régimen buscaba era atraer a las masas occidentales, mediante el expediente de poner trabajar para sí a los líderes de la opinión pública de entonces: los intelectuales de izquierda. El plan de Fidel consistía en conseguir el apoyo de las masas de las sociedades occidentales, para a través de ellas presionar a sus gobiernos en la dirección que a él le conviniera. Este mecanismo de presión le permitiría en un final gobernar a su país sin interferencias de americanos, pero también de soviéticos.

Obsérvese, no obstante, lo paradójico de este plan: Fidel, un confeso escéptico en la democracia, cree que puede alcanzar a gobernar sin interferencias a Cuba si manipula correctamente los mecanismos democráticos de las sociedades occidentales, ¡que por tanto para él son democracias y funcionan como tal!

Fornet también se sitúa en el lugar de la otra parte. Los intelectuales occidentales u occidentalizados, que se habían acercado a la Revolución Cubana al verla como una posible vía de superación del Capitalismo Democrático, deseaban en consecuencia que el régimen demostrara su capacidad de permitir y hasta de fomentar una crítica interna. Recordemos que en los sesentas, aunque los intelectuales buscaban cumplir con una de sus funciones dentro del Capitalismo Democrático, una función que habían sobredimensionado sobre la otra, sin embargo aún no las habían reducido a solo una como ocurriría en las siguientes décadas. Pretendían superar al Capitalismo, pero sin renunciar a las libertades que este había asegurado históricamente.

Mas el régimen encabezado por Fidel Castro era incapaz de semejante liberalidad. Por sobre todo por la propia personalidad de Fidel.

En el libro se narra con bastante prolijidad el desarrollo de los acontecimientos entre 1968 a 1971. Entre enero de ese primer año, en que durante el Congreso Cultural de La Habana se llegó al momento de mayor simbiosis entre poder revolucionario e intelectuales occidentales, y abril del segundo, en que con las soberbias palabras de Fidel Castro ante el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura se produce el rompimiento.

Es por tanto una historia intelectual, pero cosa rara en Cuba donde los intelectuales no suelen salirse del área intelectual, no se cierra sobre sí misma. No se reduce a la complicada interacción entre régimen e intelectuales occidentales, con los intelectuales nacionales jugando a su vez un inestable, y peligroso, papel en el medio. Todo el proceso es visto también, y explicado, desde la economía, la política, y hasta la demografía: Para Fornet no solo se llegó al citado Congreso del 71 porque ya no pudo mantenerse la simbiosis, sino por, además, razones económicas o de geopolítica que obligaron al gobierno a alinearse férreamente tras la URSS. El régimen debió aceptar por entonces el fracaso de su quijotesco proyecto de exportación de la revolución a América Latina, de su arbitrista proyecto de desarrollo económico independiente, y a la vez debió enfrentar el reto de educar a una cantidad inusitada de jóvenes, los hijos del baby boom de inicios de los sesentas.

En este sentido el libro no tiene, como señala el mismo Fornet, a Heberto Padilla como el personaje principal, a pesar de que es él quien sirve para enfocar la evolución intelectual interna en Cuba. Mas tampoco lo es solo Fidel Castro. Los verdaderos protagonistas de este libro son los dos bandos en disputa, pero también la “atmósfera”: Fidel Castro como cabeza visible, y en realidad como voluntad de un régimen, y los intelectuales occidentales de izquierda, por sobre todo los latinoamericanos, ambos recortados sobre el riquísimo fondo del mundo de finales de los sesentas y comienzos de los setentas. De un lado un dictador que pretende mantenerse independiente de tirios y troyanos invocando el apoyo de la opinión pública de los tirios (los troyanos, los soviéticos, no tenían esa exquisitez, más rara por allá que el caviar); por el otro los intelectuales de izquierdas, buscando un modelo a seguir, pero también, como señala Fornet, debiéndole en buena medida, al menos los noveles, su prestigio a su alianza con la Revolución Cubana. Al fondo la Guerra Fría, las guerrillas, un país de gente joven que en su gran mayoría no tienen noción más que de “el país de Fidel”.

Un libro que se agradece, por sobre todo por lo que escribe el autor en las últimas líneas de su Epílogo:

“El 71 –el año 71- fue un punto de inflexión de buena parte de nuestra historia cultural, y continuará pesando sobre ella cuando muchos de los hechos abordados en estas páginas no sean sino anécdotas extraviadas en la memoria. El 71 –este libro- es un intento por tratar de entenderlos y de ubicarlos, desde el epílogo que es nuestro presente, en el centro de una discusión inconclusa”. Seguir leyendo El 71, según Jorge Fornet

Una Historia Ilustrada de la Guerra Hispano-Cubano-Americana


Es poco común que los cubanos de dentro de la Isla busquemos informarnos acerca de nuestras Guerras de Independencia en fuentes españolas. Más es en las americanas en las que casi nadie escudriña. Revise sino en las bibliografías de todos los libros sobre el tema, y a su alcance, que se hayan publicado en Cuba aún en el periodo republicano.

No voy a reflexionar en tan breve espacio sobre las razones de esta exclusión nuestra, injustificable si advertimos que ya no solo en 1898, sino desde los inicios mismos de lo que Fernando Ortiz llamó nuestra Guerra de los Treinta Años por la Independencia, debe considerarse a los EE.UU como un tercero en disputa. Ilustraré tan solo, con una fuente en concreto, lo mucho que perdemos a resultas de esa exclusión cultural premeditada: Pictorical History of Our War with Spain for Cuba’s Freedom, del corresponsal de guerra Trumbull White, libro publicado por Freedom Publishing co. cuando las armas todavía humeaban.

Aquí va a encontrar, por ejemplo, una versión americana de la Batalla Naval de Cavite. Se enterará así de que la de nuestros ideólogos, y hasta de buena parte de la historiografía cubana, es más que falsa malintencionada. No fue este el enfrentamiento sumamente desigual entre una flota de alto tonelaje y un “grupo de cañoneras”. Si se deja de lado la desafortunada práctica naval española de mantener una gran parte de la arquitectura interna de sus naves de guerra de madera, lo que las convertía en una hoguera potencial flotante, nos veremos obligados a admitir que los contendientes se encontraban en realidad a la par.

Consideremos en primer lugar que la flota española se mantuvo todo la batalla bajo la cobertura de sus baterías costeras; los americanos del Almirante George Dewey, del otro lado, carecían de semejante ventaja. Tonelaje, armamento y velocidad comparada completan nuestro argumento. No se puede más que catalogar de patraña lo de que la flota española solo se componía de cañoneras. Su nave almiranta, el Reina Cristina, era un moderno crucero de acero, de 3520 toneladas, poderosamente artillado y de velocidad comparable al Olympia, el buque insignia americano, que desplazaba 5870 toneladas. Les seguían en las respectivas líneas el Castilla y el Baltimore, de 3342 y 4413 toneladas. Los españoles completaban el núcleo de su flota con otros cinco cruceros ligeros de más de 1000 toneladas, mientras los americanos solo poseían tres naves más por encima de ese tonelaje; sus otras cuatro eran dos transportes y dos cañoneras.

Gracias a la lectura de History of… se comprenderá lo que de veras sucedió. En primer luga    r los españoles no fueron capaces de sacar provecho a su superior velocidad y capacidad de maniobra, ya que salvo honorables excepciones prefirieron mantenerse en una línea estática, bajo la cobertura de su artillería costera; y en segundo, que el fuego de sus cañones fue tan ineficiente como poco después frente a Santiago de Cuba.

Por cierto, este bien informado libro nos dará la pista necesaria para entender porque los españoles no solían atinarle ni a un acorazado de 11000 toneladas a media milla de distancia: Resulta que el disparo de un cañón de 13 pulgadas costaba nada menos que 800 dólares de la época. Toda una pequeña fortuna, la cual no logramos imaginar que la poco práctica, y tacaña administración española, hubiera llegado a permitir se gastara solo en prácticas.

No obstante, lo más valioso que sacaremos de la lectura de este libro de más de quinientas páginas, escrito en ese estilo concebido para atraparlo a uno del buen periodismo americano de siempre, es conocer qué pensaban de nosotros estos vecinitos nuestros, con los cuales nos criamos pared con pared. Traduzco para concluir dos fragmentos, en los cuales se evidencia que al menos el exitoso publicista Trumbull White, y sus muchos lectores, no sentían el altivo desprecio que algunos, aquejados de un evidente complejo de inferioridad, movidos por insanas intenciones, o ambas razones a la vez, pregonan ha sido el sentimiento americano predominante hacia nosotros, los cubanos, en todas las épocas.

“Con la muerte de Maceo la causa cubana perdió a uno de sus más fuertes sostenedores. Aparte de ser un hombre de aguda inteligencia y un general de grandes habilidades militares, poseía además el raro don del magnetismo personal, y nadie nunca siguió su liderazgo que no sintiera por él la devoción que con frecuencia da coraje a los cobardes y hace héroes en los tiempos en que se los necesita.” (Capítulo XXVII)

“La falta de municiones es una de las debilidades de los insurgentes. Coraje, habilidad y hombres dispuestos ellos los poseen en abundancia, pero la escasez de cartuchos ha interferido con muchos de sus mejor preparados planes, y les ha impedido aprovechar por sí mismos oportunidades favorables. Tres o cuatro balas por hombre es nada en acción, en especial cuando los españoles van siempre abundantemente aprovisionados. No obstante en ellos hay determinación, y como la incapacidad española se hace cada día más evidente, sienten que es solo cuestión de unos pocos meses hasta que la causa por la que han peleado con tanta bravura y por tan largo tiempo, triunfe gloriosamente.” (Capítulo XXI) Seguir leyendo Una Historia Ilustrada de la Guerra Hispano-Cubano-Americana

Atrapados en la Pirámide


La Ley nº 72 regula la elección de los delegados a las Asambleas Municipales del Poder Popular, equivalente post-revolucionario de lo que los hispanohablantes hemos nombrado siempre concejales. Algunos extranjeros, y no pocos cubanos, consideran que esta elección es una sincera puesta en práctica de la más genuina democracia, participativa. ¿Es realmente así?

Los delegados, para abreviar, son nominados en asambleas de barrio que se convocan con este objeto. Según el artículo 81: “Todos los electores participantes en la asamblea tienen derecho a proponer candidatos”.  Las propuestas  son sometidas a votación directa y pública por separado, en el mismo orden en que fueron formuladas. Cada asamblea solo puede nominar a un candidato, aquel que obtenga el mayor número de votos entre los propuestos. En caso de que en todas las asambleas de una circunscripción electoral nominen al mismo candidato, en la última asamblea de la misma se procede a nominar un segundo. Son estos candidatos los que son luego sometidos a votación secreta entre los ciudadanos con derecho a hacerlo.

Hasta aquí todo parece funcionar. Un grupo de factores, sin embargo, lo impiden en la práctica.

En el estado cubano, por ejemplo, los recursos son siempre administrados según altos fines, según el artículo 5 de la vigente Constitución de la República, los de “la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. En semejante concepción es claro que el delegado carece de autonomía. Solo resulta un obrero más en la consecución de dichos fines, a los cuales debe rendir sus deberes representativos hacia sus electores, siempre que entren en conflicto con aquellos.

Esto que podría parecer no tan grave, ya que en apariencias los conflictos de intereses entre los altos fines y los de los barrios no deberían ser tan abundantes, es la causa directa del poco prestigio que tiene entre los electores la labor del delegado. La razón es evidente. Si hay altos fines debe de haber también quienes los definan e interpreten: En nuestro caso toda una serie de instituciones y mecanismos verticales que gravitan sobre el llamado Poder Popular, y sobre los que este último no tiene posibilidad real de influir. En un final humanos que ejercen un poder incontrastable, y que como tal tenderá a crecer y crecer, en el intento de someterlo todo a su discreción.

En consecuencia los delegados resuelven muy pocos problemas del barrio, ante una administración de recursos ejercida desde “arriba”, en base a criterios estratégicos que teóricamente no tienen porque coincidir con los de sus electores y en la práctica rara vez lo hacen.

Debemos añadir que las instituciones y mecanismos verticales no son más que las nuevas formas de un viejo poder, anterior a la actual Constitución que instituye los Poderes Populares y los delegados. De hecho la Ley de Leyes, que no fue consensuada por una Asamblea Constituyente pública, electa por la ciudadanía, sino producto de una comisión designada por el gobierno precedente, no es más que el recurso mediante el cual dicho poder se ha asegurado en el papel de guardián de los fines, a la vez que se daba cierta imagen de institucionalidad democrática y participativa a la vida política nacional. Seguir leyendo Atrapados en la Pirámide

Carácter Monárquico de la Constitución de 1976


¿Por qué afirmo que, a pesar de la superficial y aparente semejanza entre ambas, la Constitución Cubana de 1976 es otra cosa bien distinta que la soviética de 1977?

Si la segunda define en teoría un régimen parlamentario, y en la realidad el gobierno consensuado de una elite de funcionarios, la nuestra, por su parte, más que uno presidencialista, prefigura uno monárquico. Si en la soviética en su artículo 121 se definen las atribuciones del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, y en el 131 los límites de las atribuciones del Consejo de Ministros, en cambio falta ese larguísimo, semejante al 91 de la nuestra del 76, o el aun un tanto más largo 93 de la de 1992, en que se establecen con claridad los muchos poderes del equivalente cubano del Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS, el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Es así que uno no se explica (bueno, en verdad uno si se lo explica…) que alguien tan agudo como el relevante jurista cubano, Julio Fernández Bulté, escriba en su ensayo “El proceso de institucionalización en Cuba” que, “la Constitución de 1976 nos aproximó, funcional y estructuralmente, a los países socialistas de Europa del Este y nos separó en cierta medida de nuestras tradiciones presidencialistas”. Porque en la realidad, más que en la teoría, y no “en cierta medida”, sino en una inusitada, la Constitución de marras fue más que presidencialista, monárquica, y ni tan siquiera a la manera de la Inglaterra del siglo XVIII, sino a la de la Francia de 1700, bajo el Rey Sol.

En este sentido resulta sumamente locuaz el siguiente fragmento tomado del libro “Comentarios a la Constitución Socialista”, del “miembro clave de la comisión encargada de redactar el Anteproyecto de la Constitución Socialista”, profesor y diplomático Fernando Álvarez Tabío:

“La función múltiple atribuida al Presidente del Consejo de Estado, en lo político, en lo económico, en lo legislativo, en lo gubernamental, en lo administrativo, en lo militar, la cual ostenta como máximo depositario de la soberanía nacional y defensor más representativo de la causa de la democracia y del socialismo, solo podemos concebirla en quien, desde las epopeyas del Moncada y la Sierra Maestra, guiado por el pensamiento de José Martí, condujo la Revolución a la victoria. En la historia de todos los pueblos hay grandes hombres cuya vida y obra están estrechamente ligadas a las más gloriosas etapas históricas de la nación. Estos hombres simbolizan las más altas cualidades de su pueblo; dedican toda su vida a la lucha por su independencia y su felicidad; sus palabras y sus acciones reflejan las aspiraciones más acariciadas y la voluntad más firme de la Nación.”

“El presidente del Consejo de Estado de nuestra República, compañero Fidel Castro Ruz, es uno de ellos. Consideramos, pues, que el artículo 91 de la Constitución es un justo homenaje a su persona.”

Solo la aceptación desprejuiciada de este carácter monárquico de nuestra Ley de Leyes, nos ayudará a comprender por qué, según lo expresa el catedrático Walter Mondelo en “Constitución, regla de reconocimiento y valores jurídicos en el derecho cubano”, nuestra Carta Magna no ha podido consolidarse como el patrón de la constitucionalidad y la legalidad. En definitiva por qué la misma no es “usada regularmente como criterio para identificar el derecho válido y para fundamentar el deber de obediencia a sus normas”.

Apartándonos de divagaciones kelsenianas o hartianas, concebidas para no tener que ver lo evidente, sin perder prestigio académico de paso, el hecho de que aún se debata “si los decretos-leyes (del Consejo de Estado) tienen igual jerarquía que la ley, cuando la Constitución faculta únicamente a la Asamblea Nacional a promulgar leyes y, además, a revocar los decretos-leyes del Consejo de Estado si se oponen a la ley o a la Constitución”, el que por otra parte en casi 38 años la Asamblea Nacional no haya nunca ejercido su derecho a “decidir acerca de la constitucionalidad de (los) decretos-leyes”, o “revocar en todo o en parte los decretos-leyes que haya dictado el Consejo de Estado”, solo se comprende a cabalidad si aceptamos que dicha constitución se ha hecho a la medida del imperante carismático, Fidel Castro.

Y es que en esencia dicha Constitución no consiste más que en una reescritura de las constituciones socialistas de corte soviético, redactada por los seguidores más próximos del líder carismático y bajo su directa supervisión, con el fin de obtener los beneficios de la pertenencia al CAME sin a la vez verse obligados a desprenderse de las particulares formas que ha terminado asumiendo el poder en la Cuba revolucionaria. De este modo todo lo que no este escrito allí para legitimar dicho poder carismático, o que pueda entrar en contradicción con el mismo, ha sido expurgado cuidadosamente de todo valor real. Como por ejemplo la grandilocuente declaración que es en sí el artículo 69 de la versión de 1992, que establece que “La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado. Representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo”.

Tal declaración carece de la más absoluta realidad, si comprendemos no solo que reuniéndose a lo sumo una semana al año es imposible ejercer semejante poder, sino también que por el actual sistema electoral, que impide el surgimiento de otras figuras políticas de alcance nacional independientes de las previamente existentes, la Asamblea se encontrará siempre, y por completo, en manos de poderes anteriores a su elección: el imperante carismático, y a quienes este tenga a bien designar para sucederle. Seguir leyendo Carácter Monárquico de la Constitución de 1976

Innovación y crecimiento en el Socialismo


El intento más importante de superar al capitalismo ha sido el llamado socialismo real, cuyos orígenes teóricos se encuentran en la obra de Carlos Marx. Según lo concibiera dicho autor, el socialismo liberaría las capacidades humanas, en concreto las del proletariado, para así garantizar que “crezcan las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”[i].

No obstante el socialismo real no ha conseguido jamás y en ninguna parte semejantes despliegues hidráulicos. Su historial se ha asociado más bien, desde un inicio, con el estancamiento y la escases. Para entender porque ha ocurrido así nada mejor que, aun de modo somero, observar el desenvolvimiento de la innovación dentro del mismo.

La innovación es siempre obra de individuos dotados de mentes no comunes, dados a formas de pensamiento lateral y que a su vez hayan sido, por accidente biográfico, mucho menos influidos por el paradigma vivencial vigente que el común. Individuos, por otra parte, demasiado orgullosos como para aceptar otra forma de hacerse que no sea por sí mismos.

Es claro que semejantes tipos humanos solo se desarrollan en determinados ambientes sociales. En primer lugar en aquellos en que los valores más apreciados, si no lo son los relacionados con la innovación propiamente dicha, influyan positivamente en su desenvolvimiento al no funcionar como trabas a la misma. En sociedades muy complejas, como cualquiera de las actuales, incluyendo la socialista real, se necesita además de mecanismos que faciliten la movilidad social al individuo bien dotado, para que pueda ascender el largo camino hasta las posiciones desde las cuales poder innovar, sin que por otra parte tal ascensión sea percibida por él como resultado de la magnanimidad de nadie: Él ha subido porque otros necesitaban sus cualidades extraordinarias, y en base a esa necesidad le han propuesto, o han establecido con él una alianza tácita, mutuamente ventajosa y que en nada ofende su orgullo.

En el capitalismo existe un ambiente con características semejantes. Max Weber escribió: “Superior en saber a la burocracia- conocimiento de la especialidad de los hechos dentro del círculo de su interés- solo es, regularmente, el interés privado de una actividad lucrativa. Es decir, el empresario capitalista. Es realmente la única instancia inmune frente a la ineludibilidad de la dominación científico-racional de la burocracia”[ii]. Por su propio interés personal los empresarios se encargan no solo de estimular la invención y el descubrimiento científicos, sino de facilitar que se les halle aplicaciones prácticas a estos. Cuando no son ellos mismos los que toman en sus manos tal actividad. Pero además, la pluralidad de poderes económicos, socio-políticos y hasta culturales, que los empresarios constituyen en sí mismos, le permiten a los individuos atrevidos escalar por entre las contradicciones naturales a esa multipolaridad de poderes.

En el socialismo real, sin embargo, se eliminó el interés privado de la administración económica, y con ello el mecanismo completo que se había gestado en el capitalismo para facilitar la innovación, desde la incremental hasta la revolucionaria, sin que a su vez se lo sustituyera por otro nuevo en realidad eficiente. Muy por el contrario, al estatalizar por completo la propiedad, concentrando de modo solo visto en la Antigüedad el poder de vida o muerte en las manos de una pirámide de administradores de unos bienes de producción solo en teoría colectivizados, se eliminó toda posibilidad de ascenso a los individuos más aptos para innovar. Tengamos presente que en una sociedad humana absolutamente centralizada en una única línea vertical, el único camino que se abre para ascender resulta del respeto irrestricto de las precedencias. Algo a lo que no suelen anotarse los individuos de alta creatividad.

Pero aclaremos que la barrera no tiene que ver únicamente con la verticalización. Tampoco los valores mismos que fundamentaban al socialismo real podían en modo alguno estimular la innovación. El altruismo, por ejemplo, se basaba allí en que el individuo debía creer, y hacer, lo que la entelequia “sociedad en su conjunto”, y en la práctica las élites al frente del Estado, le impusieran que era su deber para con ellas, en contraposición del verdadero altruismo, en el que el individuo entiende que debe hacer hacia los demás solo lo que por sí mismo opina que es su deber hacia ellos, extraída esa opinión no de religiones u ideologías, sino de su personal experiencia de lo que no desearía se le hiciese a él mismo.

En un sistema de valores tales como los que fundamentan al socialismo real, a quienes hayan sido relativamente poco influidos por el paradigma productivo y socio-cultural imperante, y que practiquen formas de pensamiento o actuación no comunes, no puede esperarles más que el peor de los anatemas socialistas: el de antisocial, con su consiguiente exclusión del cuerpo social[iii].

De lo dicho hasta aquí cabría esperarse que en los socialismos reales la innovación revolucionaria o la radical debieran de haber estado absolutamente ausentes. Sorprendentemente, sin embargo, no se ha dado nunca tan absoluta sequía. Dichos tipos de innovación se han seguido dando allí donde la cúspide del aparato administrativo ha asumido directamente[iv] su estímulo; donde la élite aceitó los pesados y herrumbrosos mecanismos socialistas. ¿Pero a qué se debe esta selectividad?

Pues a que el socialismo real convive con el capitalismo, del que se ha pretendido la superación. El socialismo real adopta en consecuencia, en algunas muy puntuales ramas de la ciencia, la tecnología y la economía, una estructura favorable a la promoción de la alta creatividad: Los aspectos puntuales que le permitan no ya competir, que eso pronto se demuestra imposible, al menos desde el punto de vista económico, sino mantener independiente a su élite gobernante de los grandes centros de poder capitalista: Lo militar, por consideraciones obvias; lo espacial, por razones de prestigio, y todas las ramas técnicas y científicas muy directamente relacionadas con ellas, al menos según el criterio de esas élites.

No debemos no obstante sobredimensionar este efecto: Aunque la elite socialista sea capaz de promover ramas puntuales en la ciencia, la tecnología y la economía, mediante la apertura de pequeñas “islas”, comunidades científico-técnicas en que cierto reblandecimiento de los controles favorecen la creatividad, el hecho de que todas las demás ramas sufran las mismas barreras a la innovación, connaturales al socialismo real, le impedirá a las privilegiadas poder retroalimentarse en ellas de las soluciones imprescindibles para superar los innúmeros desafíos, desde pequeños problemas técnicos, hasta grandes dificultades teóricas, que necesariamente encontrarán en su camino.

Un muy claro ejemplo de esa imposibilidad de llevar muy lejos ese desarrollo preferencial de áreas o ramas restringidas, sin terminar en el estancamiento de las mismas, lo descubrimos en la industria espacial soviética: Ya a inicios de los ochentas había perdido de modo evidente la carrera espacial, entre otras razones por el estancamiento en que en la URSS se encontraban la informática y las industrias relacionadas con ella.

[i]Carlos Marx. Crítica del programa de Gotha. 2009, Editorial Ciencias Sociales, páginas 65-66.

[ii]Max Weber. Economia y Sociedad, tomo I. 1971, Editorial Ciencias Sociales, página 179.

[iii]En la novela de Iván Efremov, La Nebulosa de Andrómeda, todo un documento de las aspiraciones de la sociedad soviética en su época pujante, a tales individuos se los enviaba a una isla selvática. Al parecer Australia.

[iv]Dos ejemplos de innovaciones radicales dan buena cuenta de lo dicho. Mientras al descubrimiento de la pantalla de cristal líquido por la ciencia soviética la industria no alcanzó a hallarle aplicación práctica, y su patente terminó vendida al exterior, la cohetería hace increíbles avances, hasta competir de tú a tú con la norteamericana. La segunda, claro, es de interés “nacional” de la suprema jerarquía de la burocracia socialista, la primera no.