De cómo los compañeros segurosos se convirtieron en guardianes de Parque Temático


Tanto se repetían frente al espejo que ellos eran unos patriotas, que en general los segurosos llegaron a creérselo. Esa sencilla gimnasia matutina después de afeitar sus bien alimentadas mejillas, consiguió que al montar en sus motos suzuki, minutos después, ya no les costara poner aquellas caras satisfechas de perdonavidas, que junto a sus pulóveres de rayas horizontales y sus carpetas mugrosas, llegaron por entonces a identificarlos.

No es que fueran muy dados a las dudas. De procedencia guajira en primera, o si acaso segunda generación, no podían aún percibir esas particulares sutilezas del estado civilizado, a que solo puede acceder un miembro de tal estrato si es que es un genio, o está a un paso de serlo; y ninguno de ellos lo era, porque en primer lugar una institución como a la que pertenecían nunca le daría entrada a tan problemáticos individuos. Aun con rimbombantes títulos universitarios en sus paredes, lo entendían todo de una manera muy plana y rígida. Ellos no armaban mundos en su interior, vastos y coherentes, coloridos y a la vez inestables. Y es que se entiende, no había tampoco mucho espacio detrás de esas satisfechas expresiones, que no se les salían del rostro ni aun cuando en las avenidas, con un vigoroso golpe de timón, le escurrían la cabeza a una cornisa, o un fragmento de balcón en caída libre.

Pero aunque no eran para nada dados a las dudas, no obstante en los tiempos en que comienza nuestro relato La Cosa estaba fea. La Cosa, se entiende, ese amorfo estado desde el que en cualquier momento podría aparecerles alguna sorpresa que rompiera la tranquila ausencia de actividad cerebral, al menos superior a la memorización, que ellos se ocupaban de mantener. Por el bien de la Patria, claro está.

Eran tiempos difíciles en verdad: Por entonces los niños con aspiraciones a cineastas no querían que ellos, los encargados de vigilar las mentes, les revisaran sus guiones; o  incluso a algunos les había dado por pretenderse escritores a pesar de no haber sido avalados por el coronel correspondiente.

Mas por fortuna ocurrió entonces un hecho que los ayudó a salvar a la Patria: Se murieron Los Viejos.

La reacción de los segurosos no se hizo esperar. Debido a que la muerte de los viejecitos ocurrió en la madrugada, renunciaron a su gimnasia matutina. O sea, y una vez más por el bien de la Patria, no se repitieron una y otra vez que ellos eran unos patriotas. Así, para el siguiente amanecer ya habían pasado por las armas a cuanto tipo muy fuera de lo normal anduviera por las calles, terraplenes o trillos de la Isla.

Es bueno aclarar que ellos tenían muy bien contralado en sus archivos hasta al último habitante del país; que por otra parte fuera de lo normal significaba para ellos cualquiera que aun en la más extrema e improbable situación resultara potencialmente capaz de rebelárseles; y que en esas veinticuatro horas el país se redujo a poco más de la mitad de su población original.

La felicidad no llegó tan rápido, no obstante. Esa misma mañana, mientras hacían su ya tan mentada gimnasia matutina, detectaron un muy serio problema. Tanto que algunos, los más impresionables, se cortaron mientras se afeitaban. Y es que el patriotismo de los segurosos se había relacionado hasta entonces con vigilar, asustar y reprimir de cuando en cuando a esa mitad de la población que ahora ya no estaba -más que camino de las fosas comunes, por lo que si querían mantener sus carpetas mugrosas, sus caras bien alimentadas, sus pullovers de rayas horizontales y, sobre todo, sus suzukis, necesitaban asentar su patriotismo sobre nuevas bases.

La solución no tardó en encontrarse, cual siempre ocurre cuando sentimos amenazadas esas vanidades de la vida, que, sin embargo, tanto colorido le insuflan. Un intelectual, de los emplantillados en la institución, tuvo la providencial idea de que la verdadera Patria había sido la de los Taínos. La idea, no obstante, fue pronto mejorada por cierto coronel, que argumento que lo mejor, por si las moscas y la economía seguía sin funcionar al nivel agrícola-alfarero, era rebajar la Patria a la de los guanajatabeyes. Si total, eran ellos los primeros que en verdad se habían asentado en la Isla, y lo principal, su economía era solo de recolección.

La idea, por supuesto, solo sería aplicable si se rebajaba aún más la población de la Isla. Lo que se logró mediante el siempre efectivo método del sorteo.

Como convertir a la Patria en Guanajatabey implicaba aislar a la Isla, de inmediato se levantó todo un sistema de vigilancia en las costas, para que nadie entrara o saliera. Los segurosos, de más está decirlo, se ocuparon de dicho sistema de vigilancia. Para ellos y sus familias se reconvirtieron las antiguas zonas turísticas de los cayos en complejos residenciales, con lo que una vez más se demostró ante el maledicente mundo capitalista su inquebrantable capacidad para el sacrificio patriótico. Porque al hacerlo tuvieron necesariamente que renunciar a poder compartir las verdaderas condiciones originarias, patrióticas y guanajatabeyes, de nuestro pueblo.

Y es que alguien tenía que contener al mundo exterior, para que no se entrometiera en la más absoluta autodeterminación que la Isla hubiera alcanzado alguna vez en su historia. Excepto, claro, antes de la llegada de los Taínos.

Al menos eso se repetían ahora frente al espejo, tras afeitarse y antes de subir a sus modernas motos acuáticas. Suzukis, por cierto, porque le habían tomado el gusto a la marca.

En el interior de la Isla, por su parte, quedó la mitad de la mitad de la… de la población original, que seleccionada entre los más faltos de imaginación, sumisos, vagos, sin iniciativa o criterio, al cabo de veinte años ya vivía en efecto como guanajatabeyes.

En sus cayos los segurosos siguieron con sus vidas, sacrificadas por el supremo bien de… Durante décadas se vivió allí de todo lo que debieron requisar en la Isla, poco antes de abandonarla, para acercar así al nivel propuesto a los que quedaban atrás. Mas finalmente estos recursos comenzaron a agotarse y ante los segurosos se abrió de nuevo un dilema: ¿Qué hacer para subsistir en su patriótico desprendimiento? Porque de modo evidente, si querían defender a los de la Isla del exterior, no podían vivir como aquellos de cangrejos, caracoles, o cortezas de marabú, y sin más herramientas que conchas, piedras mal pulidas y alguna vara para nada recta.

Por fortuna para esa fecha ya había llegado a la adultez una nueva generación de segurosos, en la que el refinamiento había comenzado a aparecer. En no poca medida ello se debió a que en años previos, ante el hecho de que los viejos programas en video-tape que se habían traído de la Isla, sus En silencio ha tenido que ser, sus Julito el pescador, sus novelas de la serie Horizontes, sus Día y Noche, sus Sector 40… ya todos se los sabían de memoria, se había comenzado a transmitir una selección de programas copiados de otros países, exteriores. Selección que un lustro después fue sustituida por la libre recepción de cada cuál, en los modernos equipos satelitales que los nuevos coroneles, delgados gracias a sus dietas y horas de gimnasio, permitieron que la firma suzuki distribuyera gratuitamente por los complejos residenciales de los cayos.

Claro, esta apertura no se logró con tanta facilidad. Entre otras medidas hubo que empujar de un barco, en medio de un ciclón fuerza 5, al ya mentado y para entonces muy envejecido intelectual de plantilla, que en cuanto se propuso lo de la selección, o paquete, de inmediato clamó que si yanquización y otras boberías que no cayeron bien en los delicados oídos de nuestros gimnásticos coroneles. Cuarentones a quienes paladear con lentitud un buen whiskey, y escuchar un vinilo de jazz clásico, todo ello mientras se contemplaba desde la cubierta de un reluciente yate una puesta de sol, les resultaba mil veces más atractivo que pasar las tardes en los interminables y bulliciosos juegos de dominó adobados con mala cerveza y puerco frito, que por generaciones de segurosos habían constituido el supremo modo de divertirse los domingos en las tardes.

En fin, que cuando se llegó al dilema, la nueva generación tenía lo necesario para dar con la respuesta indicada: Se podía vivir de los salvajes que sus padres les habían dejado a su cuidado, no entendían muy bien por qué. La Isla, en un final, podía ser convertida en uno de esos grandes parques temáticos que ellos veían, en sus televisores o computadoras, tan redituables por allá afuera, por la civilización.

Estos coroneles, amantes del buen whiskey y del excelente jazz, quienes en definitiva empujaron más que nadie aquella trascendental, actualización, son los que hoy dirigen “Cuba, 3959 antes de Cristo”, el más exitoso parque temático el pasado año, 2059, según la bien informada revista Anthropology Today. Son ellos y sus descendientes, esos dorados y muy refinados muchachos vestidos de caqui, quienes hoy controlan las expediciones por la Isla, o quienes en modernísimos deslizadores anti-gravedad, marca Suzuki, se encargan de evitar que cualquier cavernícola isleño pueda traer a la civilización su carga de virus, bacterias, parásitos y violencia y mal olor.

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