Declaración del Partido Arco Progresista sobre la flexibilización de las relaciones Cuba-Estados Unidos


arton8543En el momento en que la administración norteamericana hace efectivas las primeras medidas de flexibilización de las relaciones Cuba- Estados Unidos anunciadas el pasado 17 de diciembre de 2014, los miembros y simpatizantes del Partido Arco Progresista reafirmamos nuestro respaldo a este proceso de distensión que debe contribuir a la creación de mejores ambientes internos y externos de cara al reto de hacer avanzar a Cuba hacia las más plenas democracia e igualdad social.

Nuestro partido, comprometido desde su fundación y sus bases programáticas con el respeto a las libertades y los derechos humanos, la soberanía nacional y popular y la justicia social, ha rechazado por principio la confrontación y los patrones de guerra fría entre los dos países, los cuales han sido utilizados como persistente justificación para mantener la intolerancia que ha caracterizado a los gobernantes cubanos durante más de medio siglo

El alto liderazgo de La Habana no ha demostrado hasta el momento voluntad de comprometerse de manera explícita y efectiva con el respeto a los derechos fundamentales de los ciudadanos, sin embargo la real posibilidad de desmontar la dinámica de plaza sitiada propicia la creación de un nuevo escenario para el debate político cubano.

El planteamiento del presidente Raúl Castro sobre su disposición a discutir con el tradicional enemigo sobre cualquier asunto sin condiciones, reafirma la legitimidad de la demanda de reconocer y respetar la diversidad y el pluralismo al interior de la sociedad cubana.

En las nuevas condiciones y en el marco de este complejo proceso de redefinición de las relaciones entre los dos países, los demócratas de ambas naciones debemos imaginar las vías idóneas para potenciar el pleno desarrollo y fortalecimiento de la sociedad civil independiente, así como su reconocimiento en los organismos internacionales.

En estas circunstancias, consideramos necesario y posible que la comunidad internacional preste mayor atención a los enormes traumas que sufre el pueblo cubano, amén de brindar el más consecuente respaldo a los esfuerzos encaminados a restaurar la democracia plena en Cuba.

Independientemente de las particularidades y resultados de este proceso de nueva interrelación bilateral, los socialdemócratas cubanos reafirmamos nuestro compromiso y sensibilidad con los problemas, necesidades y anhelos de las minorías y sectores más vulnerables de la sociedad y la indeclinable determinación de luchar pacíficamente por alcanzar el  pleno respeto a los derechos de todos los cubanos sin distinción. Seguir leyendo Declaración del Partido Arco Progresista sobre la flexibilización de las relaciones Cuba-Estados Unidos

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¿Revolución sin enemigo?


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Jean Paul Sartre lo dijo bien en 1960: “Si Estados Unidos no existiera, Cuba debería inventarlo”. Pero Barack Obama desinventó a los Estados Unidos de Castro.

Analizar esta mutación geopolítica, que descoloca todo un proyecto concebido desde y para la confrontación, requiere más perspectiva para entender con claridad la derrota estratégica del régimen cubano, pero lo que acaba de acontecer el 17 de diciembre no puede entenderse con los criterios normales de la política mediana. Se sitúa en el espacio decisorio de los hombres de Estado que apuestan por la sabiduría política, más que por la continuidad que impone la realpolitik. Y la sabiduría política sienta a los enemigos en la mesa. Para sorpresa de uno de ellos.

Ese tipo de decisiones sabias, y también riesgosas, no abundan. En la época moderna lo he visto solo en tres ocasiones: en la India de Mahatma Gandhi, en los Estados Unidos de Martin Luther King y en la Sudáfrica de Nelson Mandela. En los tres momentos, y a contrapelo de la realpolitik ―que se define bien como la política desde el status quo―, se rompió el curso de los acontecimientos, que marcaban una deriva violenta como solución aparente de conflictos históricos, a favor de la visión de lo que es mejor según criterios morales, políticos, civilizatorios y de eficacia. Por ese orden.

Barack Obama tiene límites inmediatos para ser comparado con esos tres íconos de la historia moderna, pero el proceso de normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos que puso en marcha, hace saltar por los aires la realpolitik en el hemisferio occidental en tres zonas diferenciadas: Miami, América Latina y Cuba.

En estas tres zonas la realpolitik la determina más el discurso que los hechos. Cuba, después de 1959 es eso: la hegemonía de la autonarración y el raquitismo de los hechos. La narrativa emocional y su percepción derivada han sido la base del tipo y de la estructura de relaciones que ellas han sostenido por más de medio siglo con los Estados Unidos.

Fue la narrativa la que convirtió el acontecimiento de la revolución cubana en un proceso contra los Estados Unidos. El gusto ideológico y cultural por el relato atrapó a un evento de restauración democrática abierto al futuro, según su pacto y discurso original, dentro de un conflicto utópico permanente, casi naturalizado, pero con poca densidad histórica acumulada. A partir de aquí nació en Miami un contra relato que fijó, hasta bien entrado el siglo XXI, las opciones reales de la política estadounidense. Y América Latina, a derechas, y sobre todo a izquierdas, redactó su propio relato intensamente superficial: una ficción sobre una Cuba que ignora contra unos Estados Unidos que resiente.

Lo que ha hecho Obama es desarticular a tres centros de poder que se constituyeron por la narrativa; poniéndolos a la defensiva. La exaltación en Miami, el silencio en La Habana y el discurso de izquierda reminiscente en América Latina son reacciones distintas ante un mismo hecho: después del 17 de diciembre los Estados Unidos han dejado sin narrativa ideológica al hemisferio occidental.

Un reciente artículo en este mismo periódico de un prominente líder progresista del hemisferio, Ricardo Lagos, refleja la perplejidad con la que se recibe en cierta izquierda la noticia de la normalización entre Los Estados Unidos y Cuba. Como si no hubiera ocurrido nada en los últimos veinte años, el texto se recrea en un paseismo mítico y reproduce de forma intacta el lenguaje de los “gloriosos sesenta”, en el entendido de que la revolución cubana habría sido una utopía posible si no se hubiera topado con la oposición de los Estados Unidos. Cuando lo contrario es lo cierto: Cuba fue una utopía gracias a los yanquis.

Desde Miami, aunque no en todo Miami, el paseismo se invierte. Los Estados Unidos, se dice, han traicionado la causa, desconociendo la memoria de miles de muertos y de desaparecidos en la empresa de recuperar la democracia. Esos sectores ―bien comprometidos con Cuba por cierto―, no se dan cuenta, sin embargo, que el enemigo inventado era el enemigo necesario para impedir, con bastante éxito, que la controversia democrática alcanzara los primeros planos de la escena pública cubana. Y occidental.

La Habana, por su parte, alimenta su pasado con el vacío narrativo. De ahí el silencio y la ausencia de un discurso alternativo para tiempos de paz. La destrucción de su narrativa es de tal calado que no encuentra cómo responder al dilema del enemigo por transitividad. Hasta ayer, la comunidad prodemocrática cubana era el enemigo agregado porque era amiga del enemigo principal. ¿Qué debe pasar ahora, siguiendo el hilo del alegato histórico, cuando se normalizan las relaciones entre dos Estados enemigos? ¿No sería lógico iniciar el proceso de normalización entre el Estado y la sociedad cubanos? ¿Se ha roto de pronto la transitividad?

Después del 17 de diciembre ya no se puede narrar en el hemisferio occidental. Dicho con mejor exactitud: solo se pueden narrar la democracia y sus valores. Y esta narración se abre por obligación a la política y a lo político si quiere sobrevivir como articulación de la sociedad. El desafío mayor recae, no obstante, sobre lo que insisten en llamar Revolución Cubana: ella se enfrenta a su propio origen revolucionario, en el que se inscriben las libertades fundamentales, el Estado de derecho y las elecciones libres y democráticas.

Para corregir a Sartre: esa es la única revolución en Cuba que no necesita inventar a los Estados Unidos.

El amedrentador terrorizado


 

Tras el acuerdo para normalizar las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, y no en pese las declaraciones del dictador Raúl Castro de que el régimen no cambiaría  su carácter totalitario y socialista, hubo muchos que incautamente han pensado que esto significará un cambio hacia una apertura y liberalización en su naturaleza despótica.

La ilusión duró poco. A escasos días del sorpresivo anuncio, una actriz cubana, Tania Bruguera, decidió hacer un simple acto (‘performance’) llamado el ‘El Susurro de Tatlin # 6’ en el centro neurálgico del poder en Cuba, la Plaza de la Revolución, en donde opositores, simpatizantes y gente de pueblo expresaran aquellas cosas que deberían cambiarse en el país.

Ella quiso hacerlo contando con el permiso del gobierno y  para lo cual solicitó la anuencia del Consejo Nacional de las Ares Plásticas (CNAP), quienes ipso facto le negaron el permiso, por lo que ella decidió hacerlo a como diera lugar y convocó al pueblo para la emblemática plaza.

Así las cosas, la actriz, quizás sin preverlo, apretó el ‘panic botton’ de la tiranía y raudo y veloz comenzaron un operativo represivo, desproporcionado e histérico, arrestando a líderes de la oposición como Antonio Rodiles, presidente de Estado SATS y Eliezer Ávila dirigente de la organización Somos Mas, fotógrafos como Claudio Fuentes, Damas de Blanco como Aliuska Gómez y Lourdes Esquivel, periodistas independientes como Reinaldo Escobar, esposo de la bloguera  Yoani Sánchez, y a quien, a esta última, la mantuvieron en detención domiciliaria, y a otros opositores más incluyendo a la actriz Tania Bruguera, a quien la retuvieron en una estación de policía y tras soltarla, la arrestaron de nuevo llevándola al centro de interrogatorios y torturas de la Seguridad del Estado, Villa Marista.

Pero, ¿Por qué tanta reacción represiva desproporcionada? Un régimen que se repute de ser verdaderamente sólido y fuerte no tiene por qué temer a los comentarios y criticas pacíficas  de sus ciudadanos. Un gobierno que en verdad goce del apoyo masivo del pueblo, no tiene que cogerle miedo a que unos cuantos ciudadanos se reúnan públicamente y expresen su sentir político y social. ¿Por qué tanto miedo? ¿O será que no son tan fuertes como aparentan?

Los gobiernos verdaderamente fuertes son aquellos en donde el pueblo es libre para labrar su destino, ya que la fuerza del pueblo reside en el respeto a los derechos de sus ciudadanos y sus instituciones democráticas.

Por el contrario, las dictaduras no son pueblos, sino minorías que con engaño y fuerza usurpan un poder que corresponde al pueblo; razón por la cual, han de ampararse en las bayonetas y los tanques para sostenerse y ejercer impositivamente su ilegítimo poder.  Y he ahí el origen de su debilidad intrínseca y la causa del miedo que las dictaduras tienen a las libres expresiones y actuaciones de un pueblo.

El miedo. He aquí la razón de la irracional represión contra la actriz Tania Bruguera,  los opositores y ciudadanos dispuestos a participar en el ‘performance’.

Resulta que el amedrentador del pueblo cubano , general de ejército Raúl Castro y su camarilla le tienen miedo — yo diría terror — a una inofensiva joven dama, actriz de profesión, y unos cuantos ciudadanos que en una plaza pública iban a expresar pacíficamente unas opiniones… Y contra ellos, asustados, reaccionaron lanzándoles armados policías y encarcelándolos.

El amedrentador esta aterrorizado de su pueblo ante la imagen de lo que sería — como lo fue — un pueblo en las calles tumbando un muro como en Berlín, o de verse en los zapatos de un Ceacescu ante un pueblo en las calles de Bucarest tumbando un sanguinario tirano, o ante la posibilidad de ser confrontado por un pueblo demandando libertad como ocurrió en Tunes.

Y es que estos hechos dramáticos de la historia en donde los pueblos  se alzan contra sus opresores, ocurren cuando estos se percatan del terror que los dictadores les tienen y la debilidad intrínseca de los tiranos, y cobran conciencia de que la fuerza y el poder radican en la voluntad de ser libres.