Los delitos de información y el racismo


Publicado por: Manuel Cuesta Morúa

Como sugería Sor Juana Inés de la Cruz de acuerdo con el excelente libro Las Trampas de la fe, del escritor mexicano Octavio Paz, de los mínimos acontecimientos de la vida siempre vale la pena concitar reflexiones mayores sobre la sociedad.

Aprovecho esta perspectiva casi epistemológica para aproximarme al tema del racismo en Cuba y su relación controversial con un derecho que no es ni debería ser discutible: el ejercicio de la opinión.

Como más o menos se sabe, estuve detenido a fines de enero de 2014, a propósito de la reunión en La Habana de la Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), por el intento de organizar un foro alternativo desde la sociedad ci-vil. La detención sería —y fue— una anécdota re-presiva más, en medio del esquema fallido de anular los pulsos vitales que conforman y dan carta de naturaleza a la sociedad. Es importante notar que la sociedad solo existe como espacio autónomo respecto del Estado. En ausencia de esta distancia, nos encontramos ante el fenómeno de los Estados socializados que, como reflejo del totalitarismo social, son otra cosa distinta de la sociedad.

La detención dejó de ser una anécdota, sin embargo, por la salida política que el régimen dio al asunto,  en una movida extraña que proyectó inconscientemente, como toda proyección, la mentalidad profunda del poder en dos direcciones clave: su negación estructural a la validez de la opinión ―la opinión es un hecho como pluralidad de opiniones, es decir: diversidad de parece-res― y el ropaje legal de sus políticas racistas.
Me concentro aquí en la segunda de las direccio-nes. Al igual que la peligrosidad social como fi-gura delictiva, que permite el encierro de los marginados ―mayormente personas negras en los es-tratos sociales más bajos― porque constituyen una amenaza al orden racista de los criollos blancos, que se instituyó en Cuba desde tiempos memoriales, la difusión de noticias falsas ―de lo que fui acusado― y la propaganda enemiga o la supuesta filtración de información a potencias o países extranjeros pueden comenzar a ser utiliza-das como expedientes legales para contener la crítica intelectual o política al racismo estructural que se profundiza en la Isla.

Esa es la tradición cubana en su proyecto logrado de gestión eficaz del racismo histórico: cubrirlo y llenarlo de justicia y legalidad para compensar su culpa a través de la criminalización racial, como a principios del siglo XX. Quienes están familia-rizados o estén dispuestos a familiarizarse con esta tradición de criminalizar a los otros, a partir del triángulo perfecto de represión, antropología y legalidad, les recomiendo leer al primer Fer-nando Ortiz, el de Los negros brujos, y toda la antropología criminal de la época. Lo importante no tiene que ver con el pensamiento y los paradigmas de entonces, sino con que siempre concluían en un artículo del código o la ley de procedimiento penales para explotar la diferencia cultural y la anomía social, gestionándolas en los tribunales y recluyéndolas en las cárceles.

Nunca se ha tratado en Cuba de un racismo de apartheid o segregación; eso es bueno entenderlo, pero sí de un racismo bien filtrado a través de la judicialización del comportamiento social y culturalmente diferente. La idea de que hay racismo exclusivamente donde se articula una intención socialmente evidente de marcar las diferencias en el espacio público tiende a no entender el racismo fuera del mundo germánico y anglosajón.

Por eso y aquí, para gestionar el racismo del poder en la esfera informativa, intelectual o de opinión vale interpretar la ley en sentido amplio. Si para aquellos que no tienen voz basta la ley de peligro-sidad social; para los que tienen una narrativa que contar es necesario utilizar figuras “delictivas” como la difusión de noticias falsas, la propaganda enemiga o los delitos contemplados en Ley Mor-daza. Ellas atacan al sujeto en el nivel de las ideas, un nivel muy peligroso, porque instaura la duda donde solo se permiten las certezas del poder.

Lo interesante, y lo que muestra el núcleo racista de ese poder, es justamente la fácil transferencia de la ley a un ámbito que funda su relato precisa-mente en las intersecciones de lo social, en los vericuetos de la mentalidad, en la demostración conceptual de lo oculto, en la develación del significado de los símbolos, en la interpretación de una estética ancestral y en el mundo de las relaciones intersubjetivas de la sociedad. Por aquí se llega a no comprender que juzgar a un afrodescendiente por sus opiniones sobre el racismo es una expresión precisa del racismo.

Objetivamente hay una manera estadística de de-mostrar que Cuba es un país racista. Por ejemplo, la universidad cubana es casi totalmente blanca, mientras la prisión es eminentemente negra. Pero como se sabe en historia de las mentalidades, la información objetiva necesita la premisa de la formación intersubjetiva para captar la informa-ción medible. Los datos por sí solos nada demues-tran en una sociedad que no está culturalmente preparada para recepcionar los hechos constata-bles de la realidad. En psicología se sabe bien que el estado de negación es la primera y más pro-funda actitud reactiva en las culturas de matriz unilateral y cerrada. Negar los hechos forma parte de la realidad cotidiana en cualquier sociedad y ha servido para toda una rama del psicoanálisis: la que tiene que ver con el auto bloqueo cons-ciente de la percepción para evitar el trauma. Los cubanos estamos más que preparados para vivir de espaldas a la información demostrable.

Esta es la razón por la cual, en materia educativa, se trata más y mejor de enseñar a pensar que des-plegar series informativas que no pueden ser leí-das o interpretadas por falta de información para la formación. Nadie ha podido demostrar en nin-guna parte del mundo la existencia del racismo sin una previa imaginación cultural e intelectual que lo perciba antes de la eminencia y explosión de los datos demostrativos. Previo al positivismo, la discusión de las certidumbres. Para obtener los datos hay que visualizarlos antes.

El combate contra el racismo se sitúa así, y en primer lugar, en la opinión. ¿Cómo y por qué juz-garla como un crimen? A través del uso político de unas leyes anti modernas diseñadas por la higiene totalitaria del Estado en su intento de reciclar forzadamente lo que considera excrecencia social; y porque es necesario mantener a raya la crítica antirracista en un momento en el que las formas arcaicas de capitalismo se instauran sobre la creciente marginación y marginalidad raciales.

El capitalismo de Estado tercermundista que viene cociendo el estamento militar en la cocina del poder es profundamente segregacionista. Por segunda vez en la historia de Cuba, los modelos económicos segregan en vez de integrar. La esclavitud moderna de los siglos XVIII y XIX fue la primera edición de ese modelo. La esclavitud pos moderna del siglo XXI, que se viene diseñando con paciencia, complacencia y complicidad globales, actualiza ese viejo modelo; en Cuba, de una manera particular y torcida.

Ella profundizará el racismo en sus formas segregacionistas. Lo que está por venir es profundamente terrible en términos de racialidad. Segmentos enteros de afrodescendientes en los núcleos fundamentales de población, marginados en torno a zonas industriales o de servicios corporativos, en cuyo interior la elite cubana asociada al capital extranjero circulará endogámicamente recursos, poder, símbolos de estatus, entretenimiento y estética.

Frente a esta avalancha del pasado, cínicamente revisitado, el poder necesita neutralizar la crítica antirracista que podría crecer en proporción simétrica al crecimiento del capitalismo de Estado. La ecuación es simple: a más capitalismo de Estado más racismo estructural.

Para que la crítica social se reduzca a una crítica heroica, difícil de articular, costosa en sus consecuencias y de alcance reducido, el régimen utilizará la ley penal retomando su origen histórico en Cuba: un ordenamiento jurídico con fuerza legal proyectado como protección frente a la sociedad, pero real y culturalmente concebido como castigo a las transgresiones del otro racial. Esa es la historia penal de Cuba. Una codificación de la ley como castigo contra los afrodescendientes. Hoy y ahora extendida al pensamiento de esos otros irreductibles.

Publicado originalmente en Revista Identidades., Mayo 2014

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