Precios de los productos agrícolas y retroceso cultural


En vista de que las formas privadas de producción agropecuaria se han demostrado las únicas eficientes en Cuba, el raulato se ha visto obligado a estimularlas. Pero como teme a su vez que tal proceder cree una clase económicamente independiente, ha optado por establecer barreras y restricciones de los más variados tipos a esas formas, y por sobre todo, ha decidido fragmentar lo más posible la tierra, y multiplicar los productores. Con esta última medida se pretende por lo tanto matar dos pájaros de un tiro: Por un lado suponen lo ya señalado de que en virtud de lo pequeño de sus tierras y lo corto de las cosechas que de ellas obtendrán les será imposible a los productores agrícolas capitalizar, e independizarse; por el otro que de esa manera se tirarán los precios hacia abajo con relativa rapidez, a consecuencia de la feroz competencia entre los muchos productores.

Lo segundo es evidente que hasta ahora ha fallado a consecuencia de obviar del análisis dos factores: Los costos de producción, por debajo de los cuales ninguna mágica interpretación de la ley de la oferta y la demanda conseguirá se vendan los productos, y que siempre crecerán en la misma medida en que disminuye el tamaño físico de la unidad productiva agrícola promedio; y el límite cultural, por debajo del cual en un específico momento histórico los productores no admitirán vivir, y el cual también implica por tanto un límite mínimo de entradas por debajo del que los productores harán lo imposible para no caer.

Poco más diré en cuanto a los precios de producción, salvo que cualquiera comprenderá que no pueden esperarse significativas caídas de precios, tras darse un paseo por las tiendas en que se venden guatacas y machetes de pésima calidad como si de espadas toledanas se tratara.

En cuanto al límite cultural, que es el que aquí nos interesa, debo aclarar porque prefiero esta expresión a, por ejemplo, la entelequia academicista denominada límite de subsistencia elemental: En primer lugar debido a que las llamadas necesidades básicas del ser humano dependen de su estado cultural. Aunque a algunos les cueste admitirlo los seres humanos de hoy, los romanos de los tiempos de Marco Aurelio, o los trogloditas que habitaban en Francia hace 30 000 años, no morirán en las mismas proporciones luego de traspasar ciertos límites inferiores abstractos, establecidos por el hombre e idénticos para todos. Sino por otra razón, por el hecho evidente de que en cualquiera de las sociedades referidas sobreviven cantidades desproporcionadas de individuos “enfermos”, que morirían casi de inmediato de retroceder estas a los niveles normales de cualquiera de las anteriores.

La segunda razón de mi preferencia por el límite cultural está dada por la mayor plasticidad del mismo. Este se mueve, a diferencia del abstracto y estático límite de subsistencia elemental, cuando la comunidad humana en cuestión se mueve culturalmente hacia arriba o hacia abajo.

Debemos concluir de lo dicho hasta ahora que si se quiere hacer caer los precios de los productos agropecuarios, al menos a la manera que propone el raulato solo hay una forma efectiva de conseguirlo: al rebajar el nivel cultural de los productores agrícolas. Una, porque la otra que parecería posible, el rebajar los costos de producción, no resulta para nada viable, ya que el régimen por su misma naturaleza hará, e implantará todo lo que pueda para que los productores no lleguen a convertirse en una clase económica independiente, sea impuestos, regulaciones, cuotas, límites máximos a la unidad productiva y mecanismos para desalentar la contratación de jornaleros, todo lo cual influirá a la larga o a la corta de modo negativo en la disminución de esos mismos costos de producción.

Esa única solución que ante el raulato queda para rebajar los costos de los productos agropecuarios resulta en esencia paradójica: En vista de sus innumerables tabúes, dizque socialistas, las reformas de Raúl se ven obligadas a retrotraer al país a los años cincuenta, en que si se lograban mantener bajos los precios de los productos agropecuarios, y hasta rentable la agro-industria azucarera, se debía por sobre todo a que los jornaleros agrícolas se mantenían en un estadio cultural extremadamente inferior al de la población urbana.

Al presente ya se nota la disminución del nivel cultural de nuestros campos, fundamentalmente en los del Oriente, en que los precios de los productos agrícolas son constatablemente más bajos que en las demás regiones. Pero este fenómeno es ya incluso visible en zonas campesinas históricamente más avanzadas. Por ejemplo, la mía.

¿Se atreverán a informárnoslo como de un logro de su Actualización? Quién sabe que sorpresas pueda depararnos el próximo encuentro para almorzar de la tal Asamblea Nacional.

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