Innovación y crecimiento en el Socialismo


El intento más importante de superar al capitalismo ha sido el llamado socialismo real, cuyos orígenes teóricos se encuentran en la obra de Carlos Marx. Según lo concibiera dicho autor, el socialismo liberaría las capacidades humanas, en concreto las del proletariado, para así garantizar que “crezcan las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”[i].

No obstante el socialismo real no ha conseguido jamás y en ninguna parte semejantes despliegues hidráulicos. Su historial se ha asociado más bien, desde un inicio, con el estancamiento y la escases. Para entender porque ha ocurrido así nada mejor que, aun de modo somero, observar el desenvolvimiento de la innovación dentro del mismo.

La innovación es siempre obra de individuos dotados de mentes no comunes, dados a formas de pensamiento lateral y que a su vez hayan sido, por accidente biográfico, mucho menos influidos por el paradigma vivencial vigente que el común. Individuos, por otra parte, demasiado orgullosos como para aceptar otra forma de hacerse que no sea por sí mismos.

Es claro que semejantes tipos humanos solo se desarrollan en determinados ambientes sociales. En primer lugar en aquellos en que los valores más apreciados, si no lo son los relacionados con la innovación propiamente dicha, influyan positivamente en su desenvolvimiento al no funcionar como trabas a la misma. En sociedades muy complejas, como cualquiera de las actuales, incluyendo la socialista real, se necesita además de mecanismos que faciliten la movilidad social al individuo bien dotado, para que pueda ascender el largo camino hasta las posiciones desde las cuales poder innovar, sin que por otra parte tal ascensión sea percibida por él como resultado de la magnanimidad de nadie: Él ha subido porque otros necesitaban sus cualidades extraordinarias, y en base a esa necesidad le han propuesto, o han establecido con él una alianza tácita, mutuamente ventajosa y que en nada ofende su orgullo.

En el capitalismo existe un ambiente con características semejantes. Max Weber escribió: “Superior en saber a la burocracia- conocimiento de la especialidad de los hechos dentro del círculo de su interés- solo es, regularmente, el interés privado de una actividad lucrativa. Es decir, el empresario capitalista. Es realmente la única instancia inmune frente a la ineludibilidad de la dominación científico-racional de la burocracia”[ii]. Por su propio interés personal los empresarios se encargan no solo de estimular la invención y el descubrimiento científicos, sino de facilitar que se les halle aplicaciones prácticas a estos. Cuando no son ellos mismos los que toman en sus manos tal actividad. Pero además, la pluralidad de poderes económicos, socio-políticos y hasta culturales, que los empresarios constituyen en sí mismos, le permiten a los individuos atrevidos escalar por entre las contradicciones naturales a esa multipolaridad de poderes.

En el socialismo real, sin embargo, se eliminó el interés privado de la administración económica, y con ello el mecanismo completo que se había gestado en el capitalismo para facilitar la innovación, desde la incremental hasta la revolucionaria, sin que a su vez se lo sustituyera por otro nuevo en realidad eficiente. Muy por el contrario, al estatalizar por completo la propiedad, concentrando de modo solo visto en la Antigüedad el poder de vida o muerte en las manos de una pirámide de administradores de unos bienes de producción solo en teoría colectivizados, se eliminó toda posibilidad de ascenso a los individuos más aptos para innovar. Tengamos presente que en una sociedad humana absolutamente centralizada en una única línea vertical, el único camino que se abre para ascender resulta del respeto irrestricto de las precedencias. Algo a lo que no suelen anotarse los individuos de alta creatividad.

Pero aclaremos que la barrera no tiene que ver únicamente con la verticalización. Tampoco los valores mismos que fundamentaban al socialismo real podían en modo alguno estimular la innovación. El altruismo, por ejemplo, se basaba allí en que el individuo debía creer, y hacer, lo que la entelequia “sociedad en su conjunto”, y en la práctica las élites al frente del Estado, le impusieran que era su deber para con ellas, en contraposición del verdadero altruismo, en el que el individuo entiende que debe hacer hacia los demás solo lo que por sí mismo opina que es su deber hacia ellos, extraída esa opinión no de religiones u ideologías, sino de su personal experiencia de lo que no desearía se le hiciese a él mismo.

En un sistema de valores tales como los que fundamentan al socialismo real, a quienes hayan sido relativamente poco influidos por el paradigma productivo y socio-cultural imperante, y que practiquen formas de pensamiento o actuación no comunes, no puede esperarles más que el peor de los anatemas socialistas: el de antisocial, con su consiguiente exclusión del cuerpo social[iii].

De lo dicho hasta aquí cabría esperarse que en los socialismos reales la innovación revolucionaria o la radical debieran de haber estado absolutamente ausentes. Sorprendentemente, sin embargo, no se ha dado nunca tan absoluta sequía. Dichos tipos de innovación se han seguido dando allí donde la cúspide del aparato administrativo ha asumido directamente[iv] su estímulo; donde la élite aceitó los pesados y herrumbrosos mecanismos socialistas. ¿Pero a qué se debe esta selectividad?

Pues a que el socialismo real convive con el capitalismo, del que se ha pretendido la superación. El socialismo real adopta en consecuencia, en algunas muy puntuales ramas de la ciencia, la tecnología y la economía, una estructura favorable a la promoción de la alta creatividad: Los aspectos puntuales que le permitan no ya competir, que eso pronto se demuestra imposible, al menos desde el punto de vista económico, sino mantener independiente a su élite gobernante de los grandes centros de poder capitalista: Lo militar, por consideraciones obvias; lo espacial, por razones de prestigio, y todas las ramas técnicas y científicas muy directamente relacionadas con ellas, al menos según el criterio de esas élites.

No debemos no obstante sobredimensionar este efecto: Aunque la elite socialista sea capaz de promover ramas puntuales en la ciencia, la tecnología y la economía, mediante la apertura de pequeñas “islas”, comunidades científico-técnicas en que cierto reblandecimiento de los controles favorecen la creatividad, el hecho de que todas las demás ramas sufran las mismas barreras a la innovación, connaturales al socialismo real, le impedirá a las privilegiadas poder retroalimentarse en ellas de las soluciones imprescindibles para superar los innúmeros desafíos, desde pequeños problemas técnicos, hasta grandes dificultades teóricas, que necesariamente encontrarán en su camino.

Un muy claro ejemplo de esa imposibilidad de llevar muy lejos ese desarrollo preferencial de áreas o ramas restringidas, sin terminar en el estancamiento de las mismas, lo descubrimos en la industria espacial soviética: Ya a inicios de los ochentas había perdido de modo evidente la carrera espacial, entre otras razones por el estancamiento en que en la URSS se encontraban la informática y las industrias relacionadas con ella.

[i]Carlos Marx. Crítica del programa de Gotha. 2009, Editorial Ciencias Sociales, páginas 65-66.

[ii]Max Weber. Economia y Sociedad, tomo I. 1971, Editorial Ciencias Sociales, página 179.

[iii]En la novela de Iván Efremov, La Nebulosa de Andrómeda, todo un documento de las aspiraciones de la sociedad soviética en su época pujante, a tales individuos se los enviaba a una isla selvática. Al parecer Australia.

[iv]Dos ejemplos de innovaciones radicales dan buena cuenta de lo dicho. Mientras al descubrimiento de la pantalla de cristal líquido por la ciencia soviética la industria no alcanzó a hallarle aplicación práctica, y su patente terminó vendida al exterior, la cohetería hace increíbles avances, hasta competir de tú a tú con la norteamericana. La segunda, claro, es de interés “nacional” de la suprema jerarquía de la burocracia socialista, la primera no.

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