El Café Literario de Santa Clara


Santa Clara es la segunda urbe de la parte occidental de la Isla, y lo que en otras latitudes se catalogaría como una ciudad universitaria: o sea, una ciudad con una o varias universidades en su interior o sus inmediaciones, proporcionalmente demasiado populosas en comparación con ella. Santa Clara es también una ciudad mediana que, a pesar de un deficiente sistema de transporte, mantiene el hálito centralizador que la ha caracterizado a lo largo de los trescientos y pico de años que lleva de fundada. Porque es incuestionable que aun hoy, cuando la ciudad se ha extendido de manera considerable, el parque Leoncio Vidal se conserva como su centro de gravedad; es más, como el centro de toda la provincia de Villa Clara.

Mas el Parque de Santa Clara tiene un claro defecto: entre mayo y octubre, y entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, es un lugar insufrible. Un ser humano normal no suele soportar sus condiciones extremas ni aun cuando las brisas del noreste desembocan en él por las calles Del Buen Viaje o Gloria. Un arbolado poco frondoso, en combinación con la relativa altura de las edificaciones que lo rodean y por sobre todo una excesiva área pavimentada, generan ese microclima de arenal sahariano al que solo parecen adaptarse los parcómanos más empedernidos, quienes no obstante a ratos libran pequeñas escaramuzas por las raquíticas sombras de los árboles.

A esas horas es imprescindible meterse en alguna parte, ¿y qué mejor lugar que el Café Literario, el único sitio con aire acondicionado y amplia vista al parque, que por demás le protegerá contra no sé cuántas radiaciones y consecuentes cataratas un eficiente acristalado, de esos que acá no abundan, al menos en establecimientos con precios accesibles? Podrá encontrar al Café casi en esquina a Colón, entre un expendio de perros calientes servidos sin servilleta, a pesar de la mucha tinta que el semanario local, Vanguardia, ha gastado en denunciarlo, y una cafetería dizque más económica, por los precios del inmundo brebaje; aunque en la realidad no sea tan exactamente así, si se piensa en los virus y bacterias que puede usted recoger en sus desorejadas y mugrientas tazas, y que luego lo condenarán a gastarse una bonita suma en recuperar lo que acá llamamos salud.

En lo particular, no me convertí en el cliente fijo del Café que soy empujado por el calor y los soles de mediodía. He ensayado antes solo una de las muchas maneras posibles de conducirlos hasta él, pero los motivos de mi asiduidad tienen que ver más bien con esa atracción ancestral que sobre los herederos de las culturas mediterráneas tienen dichos establecimientos.

El Café llevaba ya abierto cuatro años cuando en el 2010 comencé a frecuentarlo en compañía del poeta Alain Alba; quien ahora creo vive de cazar ardillas mediante disparatadas trampas, allá por Montreal. Poeta de verdad, aunque solo nos dejó un libro antes de emigrar, Concreciones, tenía una virtud muy rara en este presente metrosexual: los sentidos de Alain solo parecían percibir a los perros y a las mujeres, pero solo a las mujeres de campeonato. No en balde Jamila Medina en uno de sus ensayos, en que intentó ponerle un marbete a cada poeta joven cubano, lo catalogó, bastante atinada en su caso, de poeta-cama.

A tal punto ha llegado mi asiduidad al Café en ciertas épocas, que según Pepe, ese flaco enguayaberado que lo atenderá desde la misma puerta con su invariable sabrosura cubana: “solo te falta tirar un colchón en un rincón y dormir aquí también”. O según la china del otro turno, con ese desparpajo de las mujeres que han sido y siguen siendo bellas: “mijo, por qué tú no viniste a la reunión del sindicato; así nos defendías”.

Porque si algo bueno tiene el Café, ya que no el propio café, que es el mismo achicharado y achicharrado de la cuota, es su personal. Son ellos quienes lo mantienen abierto desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, entre semana, o hasta las doce menos cuarto, los sábados; quienes se agencian por su cuenta las piezas para la máquina coladora, cuando se rompe; quienes compran con dinero de sus bolsillos los útiles necesarios para la limpieza; o quienes continúan en sus puestos aun cuando el aire acondicionado deja de funcionar, o la empresa lo hace dejar de funcionar, “porque están pasados en corriente, compañeros”, al decir de algún rubicundo y barrigudo funcionario, y entonces el local se convierte en un invernadero en medio del desierto namibio.

En este Café he ampliado sobremanera mi conocimiento de las personas. Aparte de mis acompañantes habituales, casi a diario me pide permiso para compartir la mesa conmigo la más variopinta muestra de la sociedad cubana. Un anciano destruido por completo, a quien le acaban de matar a su único hijo, y a quien he intentado dar algún consuelo; el jefe de sector de la policía, que me confiesa que en el parque no se atreve a sentarse, por las muchas cámaras; un par de mulatos reguetoneros, que ni permiso me piden para ocupar mi mesa y ensordecerme con un tal “Polígrafo de la República”, que al oído salta no es Don Fernando Ortiz; un espirituano de paso por acá, quien me presume en su hablar atropellado de unas riquezas de por allá que solo puedo contemplar con suspicacia, a resultas de sus zapatos de medio pelo; un proxeneta y su puta, que cuchichean una sucia malandrinada mientras me finjo atento al televisor…

Aquí también he compartido la mesa con casi todos aquellos cuyas fotos cubren sus paredes: Con el gordo Lorenzo Lunar, con Arístides Vega, con Ricardo Riverón, con Luís Pérez Castro, con Yamil Díaz; pero también con Reinaldo Escobar o Henry Constantín o Julio César Guanche… He discutido durante horas con polemistas tan difíciles como René Koyra o Idiel García, he escuchado los siseos de ciertos Ofidios, he dejado pasar días enteros, encerrado en mis pensamientos, he visto llover interminablemente y a raudales, a la manera particular de esta ciudad, pero también he conocido de amores perros, de esos que ni el tiempo ni todo un océano de por medio sirven de nada para curarlo a uno.

Algo me atrevo a asegurarle: Si por el calor, o por cualquier otra razón, llega usted a adentrarse en este universo, el Café Literario de Santa Clara, es casi seguro que me encontrará en él, solo o acompañado, calmo o en medio de alguna discusión, mas siempre atento a la puerta: en la añoranza de una mirada de comisuras caídas.

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