Carácter Leninista de la Constitución de 1976


La Constitución de 1976 por razones obvias no responde a las expectativas de los sectores o individuos no socialistas de nuestra sociedad. Pero hay más: La Constitución de 1976 tampoco responde a las expectativas de aquellos a quienes optamos por llamar con más exactitud postcapitalistas, o sea, de todos los que creemos en la necesidad humana de no detenerse nunca en lo logrado, y en consecuencia de construir una sociedad que supere a la más avanzada que hasta ahora hayamos tenido sobre el planeta Tierra: la capitalista, u occidental moderna.

La causa tiene que ver con una realidad: El ideal político en que se basa no es para nada un proyecto de superación del capitalismo. En él, por el contrario, lo que predomina es lo precapitalista: Hipertrofia del estado, estructuraciones similares al estado burocrático confuciano, adoración cuasimágica de líderes carismáticos, doctrinas de los iluminados por la verdad, o de las vanguardias, reducción de los individuos a mecanismos de la Gran Maquinaria Estatal, o lo que es lo mismo, a ocupantes disciplinados y sin fanfarrias del lugar asignado…

Esa amalgama precapitalista, a la que forzando el término se llamó Socialismo, adopta un modelo constitucional, el leninista.

En el artículo Un socialismo de ley, escrito a cuatro manos por Julio Antonio Fernández Estrada y Julio César Guanche, y publicado en su número 57 por la revista Caminos, los autores pretenden que la perversión del “constitucionalismo socialista” comenzó con la polémica entre Solts y Krylenko, en 1925. Nada más inexacto, sin embargo, ya que tal perversión es en realidad obra de Vladimir Ilich Lenin y no de ningún funcionario estalinista, y mucho menos del propio Stalin.

Para el mejor Marx, y no el de sus devaneos hasta genocidas que podemos leer en la Nueva Gaceta del Rin, la creencia en la inexorable proletarización casi total de la sociedad capitalista, lo lleva a concluir que basta con que el poder pase a manos de esta “inmensa mayoría”, para que mediante el ejercicio democrático de dicho poder al interior de dicha clase (dictatorialmente no obstante hacia las escasas minorías exteriores: funcionarios del estado y burguesía industrial y financiera, hez de las metrópolis o lumpemproletariado, pequeños propietarios rurales…), la Humanidad se conduzca segura y definitivamente al Reino de la Libertad. No hay por tanto divergencia entre soberanía y finalismo comunista: el proletariado, dejado al mando de la sociedad, por su misma situación en el conjunto de relaciones productivas, porque, como se nos aclara en el Manifiesto Comunista, “las condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya abolidas” en sus particulares condiciones de existencia, no puede más que conducirla al comunismo.

Lenin, sin embargo, un hombrecito gris obsedido con la dialéctica (su peor descalificativo es: “no domina bien la dialéctica”), no está tan seguro de que el proceso funcione precisamente así. Y su ejercicio del poder, en las condiciones de la Rusia de la primera posguerra mundial, lo lleva a reafirmarse en sus dudas de que en realidad el proletariado lleve en sí mismo a la nueva sociedad sin clases ni estado. Para él, el comunismo es más que el resultado de los consensos al interior de una clase cualquiera, una obra de ingeniería social. Es por ello que se inventa una nueva teoría: la de la necesidad de una vanguardia política, que no solo guíe al proletariado, y en general a toda la población a la toma del poder, sino que después se haga cargo del mismo como especialistas en lo que debe hacerse para arribar al comunismo.

En lo profundo por tanto la diferencia se encuentra en que para el mejor Marx (repetimos que él también tuvo sus devaneos, como todo verdadero gigante…) las leyes de la evolución social poscapitalista no son algo suprahumano, sino que se concretan en la lógica del ejercicio democrático del poder al interior de la mayoritaria clase obrera, mientras que para Vladimir Ilich Lenin (el hombrecito gris), estas mencionadas leyes tienen su asiento en las profundidades ontológicas de las cosas, en una mística arquitectura del espacio-tiempo absoluto que contiene a los hombres, y por tanto requieren de un grupo especial, el partido, que primeramente las descubra y luego sea capaz de utilizarlas en la construcción del redencionista “porvenir luminoso”.

Esta particular visión leniniana se transubstancia por primera vez en derecho en la Constitución Soviética de julio de 1918. Allí los legisladores de la “comisión especial del Comité Central del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia encabezada por Lenin” tendrán muy en cuenta (faltara más) la segunda de las “Diez Tesis sobre el Poder Soviético” suyas, de marzo de 1918, que dice: “Agrupación de la parte más dinámica, activa y consciente de las clases oprimidas, de su vanguardia, la cual debe educar a toda la población trabajadora, sin excepción, a que participe por su cuenta en el gobierno del país en la práctica, y no en teoría”

Y es tras ese loable deseo de educar para el ejercicio del poder, que se agazapa el escamoteo de la soberanía tan característico de los leninismos, y es a su vez la razón de porqué los socialismos leninianos tienen que ver más en realidad con lo pre que con lo postcapitalista. El ejercicio de la soberanía queda en manos de quienes por especiales condiciones, sea gracia divina, suerte genética o afortunada consecuencia del cúmulo de sus circunstancias formativas (dialécticas), tienen privilegiado acceso al verdadero, y único, conocimiento; o para satisfacción póstuma de Platón, en manos de los “reyes filósofos” del Comité Central.

En  realidad el “constitucionalismo socialista leniniano”, digámoslo sin retóricas academicistas, se reduce en la práctica a un único artículo realmente efectivo. El que señala al partido, pitoniso de la necesidad histórica, como el soberano. Artículo al que para acallar “el qué dirán”, se le añaden a veces otros muy progresistas, tomados en lo fundamental de la práctica política de las socialdemocracias alemanas e inglesas, o hasta de la del rey del conservadurismo europeo decimonónico, Otto Von Bismark, pero válidos, no obstante, solo mientras no entren en contradicción con ese único.

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