Los desafíos de la nación cubana: breve aproximación


Una nueva era comenzó. Desde Pretoria, en Sudáfrica; pasando por la Paz, en Bolivia, hasta llegar a Washington, en los Estados Unidos. ¿Su fundamento? Un movimiento cultural que ha venido forjando nuevos contratos sociales y políticos para la mayoría de las sociedades. En el Norte y en el Sur.

El fin del apartheid en Sudáfrica fue la cruda expresión política de ese movimiento cultural, que mostró la inviabilidad ética de las hegemonías culturales en territorios poblados de diversidad. La solución reconciliatoria de Nelson Mandela captaba el mensaje de que el nuevo contrato sudafricano no podía basarse en una nueva hegemonía, que arrinconara a las diversas tradiciones dentro de una misma nacionalidad.

En el hemisferio occidental ese nuevo contrato empezó por Bolivia, con el ascenso de Evo Morales al poder como representante de la América ancestral olvidada y expoliada. Y aún cuando este amenaza con repetir el mismo esquema de hegemonías contra el que luchó, su importancia está ahí: el hemisferio occidental se abre a ese movimiento cultural que define la nueva legitimidad de los contratos sociales y políticos del futuro: la diversidad cultural vehiculada a través del ciudadano político.

La última y más vigorosa expresión de ese movimiento fue el ascenso de Barack Obama en 2008 al poder en los Estados Unidos. Y su llegada introdujo un matiz que confirma la irreversibilidad de ese movimiento cultural: el ascenso de las minorías culturales, dada su capacidad para construir mayorías, al campo legítimo de las decisiones políticas.

La nueva era comienza pues con dos poderes conectados: el poder de la diversidad para la reconstrucción civil de los Estados y el poder de la imaginación que esta diversidad provee, para la solución de los problemas que el mundo ha heredado del exceso de hegemonías fundadas en criterios de superioridad. Es el triunfo claro de la nueva antropología y de su estética asociada, lo que tiene pocos precedentes globales.

Cuba, necesitada de firmar este nuevo contrato para estructurar un nuevo país, se aleja peligrosamente de esta corriente global, más de medio siglo después del fracaso de su propio esquema de hegemonías.

En julio de 2006 parecía que las autoridades cubanas se acercaban a la sociedad para entrar en esa nueva era, y para dar los pasos iniciales en dirección a este nuevo contrato. Ocho años después desaprovechan irresponsablemente la oportunidad, solo para contemplar cómo los Estados Unidos le tomaron la iniciativa dentro de este movimiento cultural.

Más allá del contraste o la comparación entre las dos sociedades, el asunto es capital, desde el punto de vista estratégico, debido al diferendo político y cultural que enfrenta al gobierno cubano con la clase política estadounidense, y a la importancia de las decisiones políticas de Washington para el tipo de respuestas defensivas del gobierno de Cuba.

La parálisis en el proyecto  —que no proceso— de “cambios estructurales y conceptuales” que exige el país viene a reflejar, en todo caso, tanto la falta de imaginación de la actual hegemonía política de Cuba como su incapacidad para absorber la fuerza, los elementos y las consecuencias civiles de nuestra propia diversidad cultural, lo que estaría poniendo en peligro la continuidad de Cuba como nación viable en el mediano y largo plazos.

El peligro es también inmediato, aunque sus consecuencias sean estratégicas. La pérdida acelerada de confianza en el gobierno acelera la pérdida del tiempo-confianza en la sociedad y, lo más importante, la confianza-país. El hecho de que cada vez más ciudadanos estén dispuestos a dejar atrás la ciudadanía revolucionaria a favor de la doble ciudadanía es una muestra de desconfianza en las posibilidades de Cuba como nación. Un mensaje de que en Cuba se puede vivir como español, francés, norteamericano o italiano es decir, como ciudadano global, pero no como cubano. Pero otro hecho relacionado asusta: en 2013 más de 44.000.00 cubanos dijeron adiós al país, superando el abandono de la isla de toda una década. Toda una estampida silenciosa frenada por las políticas migratorias de países sensatos.

Hay aquí una primera ruptura fundacional que en estos momentos se enfrenta a otros dos peligros: el primero, la ausencia de liderazgo y visión del gobierno para afrontar los desafíos del país en una época global; y, el segundo, su perseverancia metafísica en la idea de una “Revolución” que aceleradamente va perdiendo sus registros sociales para fortalecer sus registros punitivos. Ella se apoya en la policía más que en los filósofos. Da primero un pan, bastante agrio, para ofrecer más tarde el castigo.

Ciertamente el gobierno cubano acumula mucho poder pero carece de liderazgo. Tiene un exceso de temperamento pero carece de carácter. El que se necesita para la clase de liderazgo que demanda un país cuando se enfrenta, cumulativamente, a un desafío económico, a un desafío cultural, a un desafío sociológico, a un desafío de información, a un desafío del conocimiento y a un desafío generacional; más los peligros evidentes de toda nueva época. Aquellos desafíos podrían resumirse, por tanto, en el siguiente dilema: ¿cómo el gobierno logrará mantener un modelo político que se encuentra por debajo de la inteligencia básica, la experiencia acumulada de la sociedad cubana y el pluralismo cultural?

Ante ese dilema, el gobierno ha sacrificado las opciones posibles de un nuevo liderazgo ante la metafísica de la “Revolución”. Y se dedica a sacarle dinero a la liberalización sin atreverse a convertir los cambios de gestión en auténticas reformas: esas que son estructurales y que se enfocan en la economía del conocimiento.

Se compromete con ello el país porque se engancha cada vez más a los vaivenes de la economía global. Vivir de las remesas, de lo que traen los cubanos cuando viajan al exterior, de los cubanoamericanos que visitan la isla, de la exportación cautiva de médicos  ―cautivo porque depende de simpatías políticas, no de racionalidad económica, es un malísimo proyecto de futuro, rematado por una apuesta a la economía de enclave que significa la Zona de Desarrollo del Mariel: la prueba monumental de que el gobierno cubano no sabe bien lo que hace. ¿A quién se le ocurre competir en juego cuya partida está sellada de antemano a favor de Panamá y de los Estados Unidos por la ampliación del Canal y los trabajos de dragado en las costas de la Florida? ¿Cómo depender de inversionistas cuyo flujo de activos depende de los estornudos de las Bolsas para un proyecto incierto?

Las últimas medidas para obtener dinero son alarmantes: vender automóviles de uso al precio de un Porsche o un Ferrari, ocho veces por encima del precio de ese mismo automóvil nada más y nada menos que en Londres es una profunda llamada de atención en varios de los sentidos más importantes de todo liderazgo: el sentido de realidad, el sentido del ridículo, el sentido del escándalo y el sentido común. La cuestión no es puntual sino de capacidad.

Los Estados serios no viven de la liberalización de restricciones absurdas. La liberalización es apenas el primer paso, mejor dicho, el paso preliminar para desengrasarse, facilitar el movimiento de tierras y comenzar a levantar el edificio cierto de reformas sólidas que permitan a un país gestionar sus necesidades con algo más de lo que proporciona el cobro de peajes.

Reinventemos el liderazgo, algo mejor que competir por el poder, si queremos tener de verdad un proyecto de nación. Los desafíos están ahí.

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