Payá y Varela, entre silencios y bullas


No entendí el gesto de mi madre. Sobre el retrato de Varela aparecido en una Bohemia a inicios de los noventa, había escrito “padre” junto al nombre y con bolígrafo, como una recordación a que Varela, más allá de un pensador, había sido un cura. Lo hizo como un gesto de íntima rebeldía, ante un gobierno que durante décadas hizo cuanto pudo por opacar la catolicidad del patriota reducido a una única frase descontextualizada: el primero que nos enseñó a pensar.

Demasiado joven yo para entender aquel gesto que se me antojó un pataleo de ahorcado. Aquel gesto que, según el canon en que me formé, restaba prestancia a la figura histórica que inútilmente pretendían venderme como relevante. Así que el primero que nos enseñó a pensar, repetía yo aburrido. Esa frase que había aprendido yo de memoria a pesar que aprender de memoria fuese el mayor de los absurdos, según reza la otra frase que cerraba una obra que, recalco, se me antojaba magra, reducida a ese par de algoritmos que sonaban a metáfora piadosa para un menguado sacerdote, cuya obra era lugar común entre tantos próceres decimonónicos mucho más relevantes, con todo y eso, opacados en su mayoría por el legado martiano.

Según avanzó la década, aumentó la batahola entorno al legado de Varela. De un lado, la revista Palabra Nueva promoviéndolo, junto a la Virgen del Cobre, como alternativo ícono patrio. Del otro, el gobierno reeditando su obra escrita para darle un rinconcito en sus altares impíos. Motivo: el proceso de canonización. Entonces el gobierno todavía se ocupaba de su imagen. No querría, pienso yo, que lo acusaran de haber condenado al ostracismo a un futuro santo.

Es el contexto que aprovecha Oswaldo Payá. Si bien la labor pedagógica e independentista de Varela ubica a este último en un lugar relevante en el siglo XIX, su obra cumbre, las Cartas a Elpidio, le dan una connotación de indiscutible de actualidad en la Cuba de fines del XX. Seis cartas contra la impiedad que, en el momento de su reedición dentro de Cuba, 1997, lega a los demócratas del patio una legitimidad histórica de incalculable valor. Como distinguir una estrella en la noche tormentosa fue descubrir que, anterior al antiimperialismo martiano que durante décadas nos vendieron como esencia de una cubanía ya desactualizada, brillaba un anticomunismo vareliano de aplastante vigencia.

Sin embargo y como en 1836, año de la primera edición del documento, la universalidad de Varela le queda grande a Cuba. No es el momento histórico. Por aquel entonces, la ley del Patronato Regio ahuyenta al catolicismo de la fundación de la nación cubana, lo que explica el silencio de los fundadores de la nación entorno a las desaprovechadas Cartas…

Siglo y medio después, a cien años de suprimida esa ignominiosa ley dictada por la corona española, el ateísmo militante condiciona la circunstancia de un pueblo adoctrinado en el anticlericalismo, así como condiciona la circunstancia de una iglesia arrasada por la impiedad y el fanatismo de un tirano que se apoya en una ideología criminal, lo que explica el controvertido respaldo del clero al proyecto de Payá.

En su momento, Varela apela a sus amigos laicos, ex alumnos del seminario, para dar a conocer su obra. En ningún caso se dirige a la iglesia. Varela sabe distinguir entre compromiso con la patria y compromiso con la religión. Una iglesia decimonónica signada por el Patronato Regio, ya tenía su propia guerra de subsistencia como cuerpo tangible. Definitivamente, no está en condiciones de echarse otra cruz en la espalda.

En el caso de la obra imperecedera de Payá, o sea su proyecto político, los roces con la iglesia, que no el silencio de sus compatriotas respecto a su obracomo sí ocurre a la obra de Varela, es lo más visible. Payá tiene que lidiar con una iglesia acorralada no solo pon un patronato mucho más regio que el del siglo XIX, sino condicionada por una feligresía con gran poder mediático, y fuertemente adoctrinada en su contra.

Pero la muerte es nula cuando se ha cumplido la obra de la vida. Y Oswaldo Payá la cumplió, y además reivindicó un legado vareliano que sacudió a la patria siglo y medio después de redactado. El nombre de ambos próceres, uno de la independencia y el otro de la democracia, pasará a la historia definitivamente ligado en el amor por Cuba. Y los roces con la iglesia quedarán sepultados bajo las siete varas de tierra que sepultan las discrepancias entre hermanos que, a la hora de la verdad, superan las diferencias y reafirman con mucha más fuerza los lazos que los unen.

Recorriendo a través de los siglos los anales de los pueblos, el orbe nos presenta un inmenso campo de horror y de exterminio, donde el tiempo ha dejado algunos monumentos para testimonio eterno de su poder asolador y humillación de los soberbios mortales. Más, entre tantas ruinas espantosas, se descubre varios puntos brillantísimos que jamás oscurecieron las sombras de la muerte: vense, querido Elpidio, los sepulcros de los justos, que encierran las reliquias de aquellos templos de sus almas puras que volaron al centro de la verdad, cuyo amor fue su norma y por cuyo influjo vivieron siempre unidos y tranquilos.

Tomado de las Cartas a Elpidio

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