Parte VI: El fango al pecho


Aguas inmundas

Nada como un temporal de verano, para tomar consciencia de la precariedad de los villorrios de la costa sur occidental. La mala noche esquivando goteras o chorros de lluvia que bajan del techo, la mala noche poniendo nylons sobre el televisor o los escaparates o sobre o el mosquitero, por no hablar de sacar el colchón del cuarto y tirarlo en el piso de la habitación más seca para poder dormir.

Y el mosquero que desata. No sé de donde sale tanta mosca llegan del monte, llegan de los basureros de los chiqueros, huyéndole a la lluvia. Invaden la terraza la cocina, de nada vale limpiar. Entras al baño, y más de un centenar zumbando caminándote por la cabeza la espalda, y las azoras de la cocina por la ventana, y dan la vuelta qué inteligentes y vuelven a entrar, a sacarte del paso, a meterse en el plato de comida, a posarse en el pan que estás comiendo.

Tanta lluvia desborda las zanjas, canales de drenaje que surcan el pueblo villorrio, arrasado por la indolencia y la desidia. Y para rematar se planta el viento del sur, el remanente de la onda tropical del golfo de México, que se encarna en la costa baja. Se planta se clava, y el oleaje frena el drenaje natural del terreno, y el agua rojiza que baja de los campos tierras altas desborda las fosas inunda las calles bajas, se une a la fangosa agua de mar que entra por el sur acorralando al pueblo, a los cinco mil habitantes del pueblo, haciéndolo más triste más feo más deprimente, más insalubre inhóspito de lo que ya es, que no son dos o tres días, es el doble o el triple, una semana o más pudriéndose uno en el agua infecta que da por la mitad de la pierna, que da hongos en los pies y horribles granos y erupciones en el resto del cuerpo.

El manglar que rodea al pueblo, la sabana costera que empieza en el fondo del patio, se ha vuelto una laguna gigante que en una semana pudrirá, de cuyas aguas eclosionará senda plaga de mosquitos. Por ahora son larvas inofensivas miles de millones de larvas bailando preparando la invasión, y los muchachos aprovechan se pertrechan con botas de agua y mangas largas para evitar picaduras, y van con machetes a capturar las cláreas que bajan de las presas desbordadas aguas arriba, de los lagunatos o de la fosa gigante a cielo abierto que hay detrás del cementerio. Hay que ver el grueso, el tamañazo el tenebroso aspecto de este clonado pez gato africano.

Sábado domingo, y en el pueblo no hay cerveza. Ya recorrimos seis siete kilómetro a la redonda y ni pan, ni circo. Qué vergüenza de dictador, que ni eso es capaz de garantizar. Otra tarde viéndonos las caras azorando moscas en la esquina o viendo el futbol callejero, que a pesar de todo hay vida en esta cloaca. Son los jóvenes, que se resisten a vegetar. Cada calle sin agua es un estadio improvisado en el que queman la energía prisionera, corriendo tras un balón o bateando a la mano hasta que cae la noche, la noche aburrida, aburridísima, estancada como el agua inmunda, como el futuro.

En una abandonada y húmeda caballeriza, hecha de podridos palos de mangle y latones oxidados, en el patio de una  casa junto al monte, empolla un artefacto hecho a base de tubos de regadío unidos entre sí con remaches y brea. Una nave a la libertad.

Los dueños de la casa no han tenido tiempo de reparar en las malditas aguas por todas partes que han invadido al pueblo, a la sabana a los manglares, a la vida misma. No han tenido tiempo de pensar en el mosquero sobre el plato de comida, ni en los hongos que germinarán en los pies. El miedo al chivatazo, a la multa, les quita el sueño. Más que las goteras o que los chorros de agua, que bajan del techo en la noche tormentosa.

Los muchachones del barrio tampoco han reparado en que no hay cerveza. La discoteca ha dejado de ser importante el trapo que estrenarán, la chica que ligarán, total. Basta verlos correr en las calles llenos de vida hijos de su tiempo, basta verlos discutir pelear que si fue out o no, que si fue gol o no, para notar que sus cabezas están en otra parte, en una idea fija, en una carta en la que, se han jugado la vida, para ganar la libertad.

Han vendido lo poco que tienen de valor, para reunir los cinco o diez mil pesos que cuesta armar el artefacto. Desde cadenas de oro, hasta las zapatillas Adidas que costaron un ojo de la cara a lo padres, quienes se lo dieron todo creyendo que se lo daban todo. Los padres se resignan. No hay remedio. De nada han valido los regalos caros para reafirmarse como buenos padres. No les ha faltado nada a los muchachos eso creen para eso han luchado se lo han dado todo eso creen, solo que, todo, menos el futuro. Las aguas pútridas que infectan hunden a la patria, matan la esperanza de una generación que se niega a vegetar. De una generación que se niega a vivir estancada con el fango al pecho, a vivir como han vivido sus padres.

El futuro empolla en la destartalada caballeriza del patio, a la espera que pase el temporal que crispa las aguas del estrecho de Yucatán. Los espera Cancún México lindo y querido, México lindo y corrupto, con su controvertida y maleable ley de ajuste mexicano que los pondrá en tierra firme, a salvo de la maldita circunstancia.

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