Parte VII: El fango al pecho


El campo pa los pájaros

De la siega a la siembra / Se vive en la taberna

Pueblo blanco, J. M. Serrat

Me pareció exagerado el tópico de una entrevista de Radio Nederland, a la miembro del proyecto español Abrazar la Tierra. Como dijo ella, se pueden dar casos de personas de la ciudad, que se aventuren a los pueblos en busca de trabajo agrícola como alternativa a la crisis. Pero de ahí a especular sobre un éxodo…

Soy de la opinión que es más sencillo fabricar profesionales, que fabricar campesinos. A la universidad se va con lo que se lleva puesto, que el talento y la voluntad hace el resto. Y claro, la infraestructura que la financia, ya sea el Estado, una institución religiosa o laica, y/o el bolsillo de la familia. Pero en resumidas cuentas, la plaza universitaria y las posibilidades futuras que brinda, ofrecen un atractivo de comodidad, movilidad civilidad y protagonismo, al que ni remotamente podría aspirar el aspirante a campesino, si es que la lógica admite hablar en dichos términos.

Para comenzar, un pedazo de tierra no se crea como se crea una plaza universitaria. La universidad, como espacio, es obra humana, mientras que la tierra, como espacio, es creación anterior al hombre, estática como espacio físico, imposible de fomentar multiplicar con políticas afines. Ello sin contar con que los siglos de expansión agrícola a cuestas de los bosques caducaron, se llegó al límite en la primera mitad del XX con el fenómeno medioambiental. Por lo tanto, el utópico aspirante a campesino tropezará con un escollo definitivo: no tendrá dónde ejercer una vez graduado.

La portavoz del proyecto español dejó en claro el asunto, pues Abrazar la tierra tiene más de idealismo que de objetividad. Si bien el campo necesita de jornaleros, dicha demanda se resuelve o, con inmigrantes de tránsito, o con jóvenes que buscan solventar sus estudios o sus vacaciones y se sacrifican una temporada. Una cosecha se siembra o se recoge en tres días. La lluvia, el sol y la fotosíntesis, hacen el resto. Entonces el problema a resolver sería el del arraigo, el de la alternativa rural a la urbana como empleo fijo, por lo que el jornal no pasa de ser un dedo en la llaga.

Cuba es el mejor ejemplo. Mucha cooperativa agropecuaria mucho invento, y al final son los inmigrantes de la región oriental los que cultivan las llanuras occidentales. Ya no se ven naturales de la zona rural trabajar la tierra como jornaleros, a no ser que sean propietarios de la misma, y a no ser que la ganancia contante y sonante vaya a su bolsillo. Y ahí está el punto.

El campo solo para emprendedores, aclara la portavoz, que el campo no admite obreros en el sentido contemporáneo de la acepción: jornada de ocho horas, sindicatos, etc. Ni a peón, ni mucho menos a un campesino, pueden medírseles con la vara de derechos sindicales con que se mide al obrero. El campesino solo necesita de un derecho: el respeto a su propiedad, que incluye la libre asociación para protegerse, la libre competencia para progresar, y la libertad para disponer del fruto de su trabajo así como de los medios de producción. El resto de los derechos tienen sus lógicas solo en la industria. La jornada laboral de ocho horas las vacaciones etc., son lógicas ajenas al trabajo de la tierra.

Por lo tanto, el éxodo al campo es tan virtual como el transporte por tracción animal. Un viaje en la máquina del tiempo. Puede que unos cuantos españoles sin trabajo anden explorando un abrazo a la tierra, pero a ver qué tierra. Porque abrazar tierra ajena es como abrazar mujer ajena. La tierra crea lazos de amor con el dueño, sea campesino o terrateniente.

Y en cuanto al usufructo ese que inventó el gobierno de acá, será cuestión de tiempo. A quien único puede ser que le de negocio, es al campesino asentado de antaño que ensancha su finca con tierras ociosas colindantes, pero con expectativas futuras de quedárselas cuando se reparta el pastel.

Aquí todo está inventado, como dicen por ahí. Los que pensaron Cuba como nación en el siglo XIX, estuvieron claros al promover una política de inmigración europea por familias. Asentar familias campesinas en los campos profundos creaba una clase media emprendedora, con sentido de pertenencia, lo que favorecía el arraigo en detrimento de los latifundios con mano de obra esclava que arruinaron no pocas colonias. Cómo fue que se arruinó el campo cubano en la segunda mitad del XX, sino con la irrupción de aquel fanático voraz latifundista, que acabó esclavizando la mano de obra rural a una ideología absurda. Fenómeno que provocó la despoblación no fruto de la industrialización urbana o el turismo, como en España, sino fruto de un despojo calculado de la propiedad, un mal de muy difícil reversión. Porque la propiedad es negociable, pero no la cultura campesina, no el amor a la tierra.

Como dice la portavoz de Abrazar…, el éxodo al campo en España no pasa de ser una utopía que choca con la realidad. Allá también hay tierras ociosas, solo que los propietarios no están en disposición de arrendarlas por si las moscas con la crisis. Y acá… no sé lo que diga. Difícil que, quien haya probado el asfalto, se aventure a empezar de cero en la zona rural. Difícil que quien conozca la libertad urbana, la cambie por esa esclavitud voluntaria que significa ser campesino responsable de una propiedad. Dudo que quiera aventurarse a dar ese abrazo que redundaría en el abrazo del oso, en el caso improbable que al oso se le pueda abrazar.

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