Parte IV: El fango al pecho


Castropolitik

Sostener que en ocasiones en política debe bajearse al oponente, es políticamente suicida. No acatar esta posibilidad, también lo es. El quid está en el ejercicio a discreción. La masa castiga con su voto a quien no sepa crear expectativas, aunque las mismas no tengan la menor posibilidad.

En las relaciones entre países o instituciones de peso, contradecir una que otra vez determinado conjunto de valores identitarios, puede ser vital para el éxito. En la Alemania de Bismarck, se le llamó realpolitik al arte de sobrellevar ciertos flagelos, propios y ajenos, para que la convivencia transcurra sin más sobresaltos ni contratiempos de los necesarios. La realidad por encima de la teoría y la ética. El equilibrio de poderes significaba la paz, y, de hecho, la realpolitik logró contener la carrera armamentista hasta 1890, año en que Guillermo II le puso fin, en aras de un imperio alemán que desembocó en las dos primeras guerras mundiales.

Durante el tercer conflicto es decir la guerra fría, a la nueva versión se le llamó ostpolitik. Fue agenda no solo de la Alemania Federal con el bloque soviético, sino también de la Santa Sede, en aplicación de la llamada diplomacia realista (es decir, buscar la mejor situación posible, ante un gobierno contrario o abiertamente hostil).

En la Cuba actual, la posibilidad de una castropolitik se complica. Una castropolitik ya sea entre Estados, partidos políticos del exterior o instituciones internacionales de peso, con el gobierno de Cuba, tendría como requisito primordial la discreción absoluta exigida por los Castros, en una época dominada por la transparencia informativa.

La emergente sociedad civil no ha asimilado los intentos habidos hasta el momento. Por citar un ejemplo, el acercamiento del PSOE a La Habana. La visita del canciller Moratinos a Cuba causó un revuelo mayúsculo, por la negativa del mismo a reunirse con la disidencia.

El costo político para el español fue alto. Si bien la oposición y la emergente sociedad civil dentro de la Isla constituyen un embrión social, en el exterior dicho embrión cuenta con un apoyo, desproporcionado, en relación al peso real que tiene en la escena política nacional. No pocos analistas aseguran que, la torpe castropolitik del PSOE, fue decisiva a la hora de tronar a Moratinos de su cargo, pues coincidió con el premio Sajarov otorgado a Fariñas. Otro mal trago de castropolitik se lo dio Lula da Silva, cuya visita coincidió con la muerte de Zapata Tamayo en huelga de hambre.

Cualquier variante de castropolitik parece condenada al fracaso. Sino que lo diga la jerarquía católica cubana, que desde 2010 no ha parado de recibir palos, tanto del oponente en el ring, como del público.

En mi opinión, el fracaso se ha debido no a la agenda política como tal, sino a la torpeza de los rivales implicados. A la castropolitik, lo que le ha faltado es buenos ¨politiks¨. Políticos con capacidad para lidiar con la fuerte presión mediática ejercida desde el exterior, controlada la misma por la oposición al régimen. Para la historia quedará un Moratinos bajo presión del PP en el parlamento, suicidándose en defensa propia al confesar que su brújula no pasaba por los derechos humanos, sino por los intereses de los empresarios españoles en la Isla. Quedará un Lula acosado por la prensa llamándole delincuente a un mártir fenecido en huelga de hambre, y quedará un puñado de laicos nacionales que se las dieron de inteligentes y reventaron como cafunga, más un cardenal que, después de tanto tropiezo y a juzgar por la reunión del último jueves con las Damas de Blanco, quizás empiece a dar pasos en el sendero correcto.

El político que ignore la fuerza del cuarto poder en Cuba, que deje la política y se ponga a vender maní. Porque a los demócratas nos están vedados bajo siete llaves el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. Ah, pero el mediático… No seremos buenos políticos, pero con un teclado o un micrófono somos la pata del diablo denunciando, pobre del que nos ignore lo amoratinamos como a Moratinos, porque el que intente apoderarse de nuestro protagonismo sin antes legitimarnos, solo recogerá el polvo de su estrategia anegada en  fracaso, si no lo tronan en la contienda.

No sé en lo adelante qué será más difícil para la castropolitik; si bajear a los castros, o bajear a la oposición para que la misma no impida bajear a los castros. Yo, de lejos, no se escape una trompada. Yo solo tengo un blog. Yo me abstengo.

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