Parte III: El fango al pecho


El telegrama nos llegó en marzo. Un par de docenas, entre miles de aspirantes, tendríamos el altísimo honor de viajar a España como mano de obra barata. No, perdón; viajar a España como internacionalistas obreros de la construcción, a recaudar divisas para la patria.

El suplicio duró seis largos meses. La incertidumbre que se dé el viaje o no, la desazón, el tormento, el sobresalto. Demasiado bueno para ser cierto. Poco más de veinte seleccionados entre miles que se anotaron qué digo miles, entre millones apuesto, que durante ese tiempo fui la sana envidia de todos mis conocidos.

Nos reconcentraron en Mantilla, a una cuadra de la torre japonesa que tiene en la cima un busto de Martí, en un campamento de la UNECA. Nos hicieron test mentales. Nos pidieron cartas del partido, cartas del sindicato del CDR, nos pidieron títulos, evaluaciones. Nos orientaron andar en grupos para no caer en la tentación de desertar. Decir a los obreros españoles que nosotros en Cuba no teníamos coches como ellos, pero en cambio nos empastaban gratis las muelas. Nos preguntaron qué haríamos si al llegar a Barajas alguien nos provocase llamándonos esclavos de Castro. ¿Yo?, dije. Acusarlo de contrarrevolucionario gusano traidor vende-patria mercenario escoria… El seguroso de la UNECA tuvo que frenarme yaaaaa, no tanto.

La edad promedio de la brigada, calculo, se arrimó a los cincuenta. Yo, el único veinteañero. Yo, el único que no había estado ni en Berlín ni Checoslovaquia, ni Angola, ni Etiopía, ni en el Vietnam de posguerra ni en la Granada de Tortoló. Sí señor, envidiable para cualquier escritor diría usted, qué manojo de historias, pero no. Con todo y trozo de carne congelado en la intemperie de un balcón berlinés. Con todo y negritas de los quimbos o vietnamitas de posguerra casi niñas que se vendían por una lata de sardinas, con todo y soldados yanquis a los que no se les abrió el paracaídas y rebotaron como pelotas en las playas de Granada, el material de archivo no dio ni para un mini cuento de los que promueve el Centro Onelio del chino Heras.

Ah, pero esta brigadita… Esta arria de albañiles y carpinteros cogida a lazo en las barracas de los contingentes extraviados a lo largo y ancho de la isla… no quiera verla usted en una democracia cosmopolita primermundista como lo es Madrid. No un cable; se comerá unos cuantos.

Desde el vicio pacotillero que halló pasto en el dominical Rastro de Madrid, hasta el arroz blanco que faltaba en el almuerzo de siete euros que nos pagaban los jefes españoles en un Carrefour. La pobreza que padecemos los cubanos no es irradiante, como teorizó un burgués castrista llamado Cintio Vitier. Que una cosa es verla desde la azotea de un barrio rico de La Habana, y otra bien distinta es tragarla a pulso. Nuestra pobreza irradia sí, pero no luz, sino sombras que no pocas veces nos hacen miserables.

Las camareras del restaurant acabaron aprendiendo a lidiar con nosotros. A los cubanazos que exigían arroz blanco como guarnición los complacieron, pero a cambio de sacrificar la papa frita. Remedio santo para que, en lo adelante, nadie se acordara de nuestro alimento base y abrazáramos la cocina ibérica. En otra ocasión les dio por solicitar a los jefes españoles los siete euros en lugar del almuerzo, que ya nos la arreglaríamos con algo más ligero y sobre todo barato, para ahorrar. Pero los jefes que de eso nada, que no querían hombres fatigados en la obra, y que, si jodíamos mucho, nos quitaban esa prebenda que no estaba en el contrato. Remedio santo para nuestro arrogante ventajismo, que no pocas veces escupe la mano que nos da de comer.

Prevénganse los futuros líderes de ese rebaño hambriento, explotado y simulador, por el que hoy luchan. Porque mañana, ya sin la garra del MININT, correrá en desbandada a la plaza pública a exigirlo todo sin estar dispuesto a sacrificar casi nada. Más que pueblos y ciudades arrasados por la desidia, más que una agricultura arrasada por el marabú, cinco décadas de castrismo pondrán al desnudo a un pueblo infectado por la condición de masa acéfala que no escatimará en exigir y exigir mucho, muchísimo más allá del sacrificio individual que estará dispuesto a hacer para salir adelante.

Quisiera estar equivocado. Quisiera pensar que en el futuro no actuaremos con mentalidad tercermundista. Que no actuaremos como esos pueblos que, en nombre de la diversidad cultural, se niegan a tomar las herramientas del progreso y la responsabilidad individual, para andar con taparrabos pretendiendo vivir de la indemnización por el cambio climático que exigen a los países ricos. Quisiera pensar que, como los alemanes o los japoneses o los mismos españoles posfranquistas, resurgiremos de nuestras cenizas. Pero me temo que no será fácil, tras cinco décadas como rebaño quejumbroso berreando que la política es cochina.

Ojalá y no vayamos por el mundo como mi brigada de constructores por las calles Madrid, creyendo que lo merecemos todo sin esforzarnos por nada, asumiendo que el progreso se da en los árboles como los aguacates, a golpe de sol y lluvia.

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