I Parte: El fango al pecho


Cuando agarré el negocio, creí sería coyuntural. Mi plaza de representante de una empresa pinera en el puerto de Batabanó, devino en el chivo expiatorio de una guerra por el control de los recursos. Se fajaron los directores de la pecuaria en Isla de Pinos. Por el control del pienso animal, para ser exacto. Se fajó el director de Avícola y el de Porcino con el de Suministros, y mi plaza fue la que salió por techo.

Una vez desempleado, vender pizzas emergió como la única degradante opción. Incluso más que ser constructor, el obrero carnero de más bajo rango en Cuba, en cuyas huestes estuve tres años antes de hacerme funcionario del puerto. Ya había roto con el martillo, el serrucho, la cuchara y la frota. Ya había renunciado a seguir criando puercos y sembrando arroz. Ya le había dado la mano a Vargas Llosa en el parque del Retiro en Madrid. ¡Uf! Ya había pasado el curso del Centro Onelio para narradores con el chino Heras, zar literario de los muchachitos que empiezan, ya había cerrado el ciclo de las graaaaandes lecturas de juventud ya me había puesto a escribir en serio y de pronto… ¿yo, pizzero?

Cuestión de tiempo. Cuestión de que gane un concurso literario que me de un rinconcito en los altares de la crema y nata… me autoestimulaba, desde mi perdido rincón entre manglares infectados de mosquitos y humo de hornos de carbón.

Y en una casita, a la orilla del pueblo… como dice una canción pop. Un par de noveluchas apolillándose en la gaveta, y una ensarta de pósteres desafortunados. Un Raskólnikov que no mata ni una mosca para probar su idea. Un atormentado personaje de Dostoievski, crédulo como Aliosha, e idealista aberrado como Iván. Sin epilepsia, pero con migrañas. Nadie me conoce como escritor, ni menos como bloguero. Primero, porque en este pueblo nadie sabe lo que es un blog, y segundo, porque la blogósfera ya tuvo sus quince minutos de fama. Pero bueno, soy el tipo de las pizzas de La Carretera*. Las pizzas más ricas… uf, que se comen por acá, según mi centenar largo de clientes.

El fango al pecho no será un Generación Y., ni un Cruzar las alambradas, ni un Sin Evasión ni un Lunes de post revolución. El fango al pecho es solo eso, literalmente, un blog con el fango al pecho. El fango al pecho llegó tarde a la repartición del capital simbólico o sea, no cogió cajitas ni caramelos en la piñata.

Pero no me quejo; las pizzas de La Carretera han tenido mejor suerte. ¡Ah!; las pizzas de La Carretera llegaron a tiempo, cuando la fiebre no era el cuentapropismo, sino la licenciatura instantánea municipalizada. Las pizzas de La Carretera sobrevivieron al terror del otoño post ciclónico de 2008, cuando la satanización del cuentapropismo llegó al paroxismo y todo el mundo cerró por miedo a caer preso. Y sobrevivieron a la competencia primaveral de 2011, cuando los mismos verdugos reivindicaron a la oveja negra, y todo el mundo abrió un negocio en su portal y entonces decayó la clientela, subió la materia prima, y bajó la ganancia.

En lugar de limones del cielo me cayó queso, harina y puré de tomate y aquí estoy, que felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace. Y a mal tiempo buena cara, y al que Dios se lo dio, y a falta de pan, y al que no quiere caldo, que la opción es la poción.

 No seré un bloguero de referencia, pero mi negocio es la Generación Y. del pueblo. Y es más, apuesto me juego lo que sea con cualquiera, a que soy el bloguero sin lectores que mejores pizzas hornea.

*La Carretera: barrio a la entrada del Surgidero de Batabanó

Por: Roberto Castell

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