La cruz mediática


Como en cualquier escuela, ha llegado al aula un chico diferente. Y no es que el resto del grupo sea idéntico. De hecho, bastante difieren entre sí. Pero ocurre que el nuevo alumno, José K., ha llegado con ideas que no se ajustan a la media y está dispuesto a llevarlas hasta el fin, al precio que sea.

Su actitud se vuelve centro de atención. El resto de la clase, la única decidida a enfrentar abiertamente el despotismo del director-, ha echado a un lado las discrepancias en cuanto a métodos de lucha, y ha cerrado filas contra el nuevo individuo que no solo no acusa explícitamente al director, sino que ha sido designado por éste como diplomático interlocutor con las organizaciones estudiantiles que abogan por el impostergable salto al siglo XXI.

Imperdonable.

José K. tiene cierta influencia moral por su inteligencia y vasta cultura, aunque dentro de la escuela sobresalga más su desdén por los placeres mundanos. Ello lo hace blanco de burlas y chistes de mal gusto. No es carismático ni deportista, no busca pleitos, no canta, no baila, no come frutas, y lo peor: no dice lo que piensa para no zaherir susceptibilidades. La clase, la única de la escuela reconocida, premiada y apoyada por las organizaciones estudiantiles debido a su valiente postura, reconocida premiada y apoyada por sus encendidos discursos, no concibe no acepta, no tolera, no asimila, y más; sospecha, de éste “cuestionable” valor de la prudencia que predica el tal José K.

José K. sabe que el régimen del director agoniza. Desde el inicio supo que el régimen  estaba condenado al fracaso, y la imprudencia que mostró entonces la pagó caro. La investidura de héroe que arrasa con que se presentó el director, deslumbró a no pocos de sus actuales acérrimos detractores, quienes que en su momento le hicieron corro.

El director, por su parte, sabe que el trabajo está hecho. El director sabe que con su estalinista método de enseñanza logró convertir en masa a toda la escuela, transformarla en masa rebelde que dice lo que piensa que estalla de pasiones humanas a la primera, y ahora se las está arreglando –y muy bien-, para encauzar dicha energía contra el prudente José K. desviándola un poco de sí, matando de esta forma dos pájaros de un tiro. A K., lo desestabiliza emocionalmente. Y al grupo rebelde, lo presenta al exterior como intransigente y vulgar iconoclasta.

José K. no encaja en el grupo debido a que reconoce se rige por instancias superiores a él. Acepta el principio de Autoridad. La filosofía que predica, la institución que milita que representa la institución que lo apoya, tiene una experiencia milenaria en el trato con los déspotas. La institución que representa pasó la prueba de los siglos, sorteó crisis de toda clase tiranos de toda clase, y logró llegar al siglo XXI como la más influyente autoridad moral, no obstante acumular también un inalcanzable récord de detractores.

El resto del grupo, de manera individual, no reconoce autoridad externa. Desconoce el valor de la prudencia al equipararla a la hipocresía, y proclama el derecho a la libre expresión a ultranza. Una libre expresión que en nombre de la libertad cuestiona todo cualquier proyecto que requiera la menor dosis de prudencia para ser llevado a cabo. Todo debe ser transparente, según la postura del grupo rebelde. Todo ser publicado, todo wikilikiado en nombre de la libertad de expresión, pues todo ser humano debe ser considerado apto para discernir la diferencia entre información y demagogia, so pena de ofenderle si se le considerase no apto.

Pero José K. avanza por un camino milenario, y deja que digan. Está acostumbrado a ser la oveja negra, a ser blanco de críticas y burlas de la masa que cree estar segura que, con lo que ya sabe, tiene más que suficiente. Por esto José K. asume que resulta inútil explicarle al resto del grupo sus razones, puesto que el mismo no tiene la más mínima curiosidad en saberlas. El grupo está más que complacido en su impresión nativa y radical de que la vida es simple, sin limitaciones trágicas. Por tanto, encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual, lo que le lleva a cerrarse, a no escuchar, y por tanto interviene en todo imponiendo su llana opinión sin contemplaciones, según un régimen de “acción directa”.

Por  Roberto Lazaro Castell

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