La silenciosa primavera de Cuba


Elegía a Wilman Villar Mendoza

En la doctrina católica, fortaleza es una de las cuatro virtudes cardinales. Esta virtud  consiste en vencer el temor, y al mismo tiempo, huir de la temeridad. La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando, incluso, a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la vida propia, si es por una causa justa.

La universalidad de esta virtud es incuestionable. La fortaleza como virtud está presente en la mayoría de las culturas e ideologías, aunque no en el materialismo relativista de la Cuba post muro de Berlín.

Al castrismo esta virtud cardinal le funcionó. El castrismo explotó esta virtud como banderín desde inicios de los cincuenta, hasta finales de los ochenta. La causa justa fue, durante los cincuenta, la democracia. Dar la vida por la democracia. Castro encendió la chispa en el 53, en el año del centenario del Apóstol. Castro comandó a un grupo de jóvenes y luego a todo un pueblo, vendiéndose él mismo como el adalid de la fortaleza virtuosa, aunque supo bañarse y esconder la ropa y así no poner el ahogado.

Del sesenta para acá, la causa justa fue la implantación del socialismo soviético en África y Latinoamérica, a donde miles de jóvenes cubanos fueron a echar su suerte con los pobres de la tierra, inspirados en los himnos de los nuevo-trovadores. Y en las escuelas exaltaron la fortaleza virtuosa del tocororo, ave nacional, entre otras cosas, porque moría si perdía su libertad. Eso nos decían mientras nos recalcaban machacaban que, morir por la patria, era vivir.

Del noventa para acá, el mapa cambia de color. Se hacen ricos los nuevo-trovadores y, automáticamente, dar la vida por una causa justa se vuelve cosa de memos.

Solo que el pudor, ese homenaje que el vicio le rinde a la virtud, ha empezado a cubrir de moho la filosofía del listo, y allá a donde se acumula en demasía, forma un sustrato a donde empieza a florecer la dignidad. Una dignidad que no se ve que no se vislumbra pero que está ahí, presa, bajo la capa de hielo.

Qué ciegos qué cortos de luces quienes no la ven, quienes no miran a lo profundo de las almas a lo profundo del corazón del pueblo.

Y aquí no me resisto, y aunque lo odie, saco al sol el cubanazo que llevo dentro. Saco al cubanazo prepotente engreído que trece millones de seres humanos llevamos dentro, y ese cubanazo ahora tiene el teclado y escribe, escribe no, teclea, y teclea que nuestra primavera empezó primero que la del mundo árabe. Como lo oye como está leyendo usted, no el de al lado no el de atrás usted, el que sonríe bien el que sabe callar, y sobre todo cuestionar y criticar. No ha leído mal, y lo reitero, sin modestia aparte.

Nuestro detonador de la primavera, que no delimitador, no se dio candela a lo bonzo en la plaza pública, sino que se extinguió en las mazmorras castristas. Y el eco de su Reina madre rebotó en las redes sociales, y nuestros indignados huelguistas e indignadas de blanco y más tarde indignados de toda clase tomaron calles, y dinamitaron corazones mucho antes que los de España tomaran la plaza del Sol y los egipcios la Tahir.

Nuestra primavera no será aurora producida por un volcán. Un volcán alumbra, pero el alba alumbra más. La dignidad el reclamo de dignidad no será, de hecho no es, la rebeldía por la rebeldía. No es a lo imagine all the people living at the world. Emergerá, de hecho emerge ya, de la fortaleza virtuosa de cubanos anónimos que han hecho, de esta virtud cardinal, el fin último de su vida.

Por Lázaro Castell

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s