2012: ¿Un año de transición hacia la verdadera nación cubana?


—La experiencia deLa Escalera.

—El “negro escarmentado”, la perentoriedad del “negro frustrado” y el “negro folclorizado”.

—1868, 1895, 1901, 1902, 1930, 1953, 1959, décadas de poder castrista.

—De la colonia formal a la colonia de facto: reeditando estereotipos del “buen negro”.

—El milagro de transparentar “lo negro”.

“La negritud” no es lo negro; es el negro con conciencia y acción.

—El peligro mayor de la nación no está afuera, sino adentro.

—El peligro mayor de la nación está dándose ya: pasar de la fragmentación a su desintegración.

—El reto de no reeditar proyectos excluyentes de nación.

—Unidad no implica subordinación.

—El poder del conocimiento y el conocimiento del poder.

—El símbolo de la representación y de la representatividad; la representación de la representatividad del símbolo; y, la representatividad de la simbología de la representación: la semiótica explicando a la sociedad en sus fuerzas ¿vivas? y ¿pasivas?, en sus fuerzas de poder y de autoridad, y en sus transiciones más o menos veladas.

—Revisitando y releyendo la historia: hablen los símbolos en sus espacios; los símbolos y sus espacios; los símbolos y sus inspiradores; los símbolos con sus sostenedores; defensores y detractores.

PARTE PRIMERA.-

     Está por concluir el Año Internacional dela Afrodescendencia.Quizásnos alistamos ante el nada minúsculo hecho de que, finalmente, quienes en los organismos internacionales detentan el poder de decisión para delinear y aprobar ejes fundamentales para las vidas de los millones que cada vez más difícilmente habitamos este caótico sistema-mundo, aprueben el reclamo de inaugurar por vez primera un decenio para poner en lugar protagónico las históricas frustraciones, necesidades, reclamaciones y reivindicaciones de la afrodescendencia, todo lo cual hace mucho tiempo debió haberse traducido en derechos, legales y efectivos y que, desde los inicios republicanos, se fueran postergando en uno o ambos dominios, convirtiéndonos en letra muerta las cartas magnas de más avanzadas formulaciones.

     Indoafrohispanoamérica, de un punto cardinal a otro de su geografía física, gubernamental y cívicamente ha aprovechado los meses en curso para diseñar, articular, readecuar y ejecutar políticas que, teniendo como destinatario más evidente a la población afro, poseen un alcance mayor, pues su subyacente prioridad se encamina —estén o no conscientes los mandatarios continentales, les interese o no a tantos blancos criollos latinoamericanos monopolizadores de los poderes desde la independencia respecto a la metrópoli colonial española— a la ya inevitabilidad de enfrentar la reconfiguración estructural de esas sociedades, dando paso a la conformación coherente y al consecuente funcionamiento sociopolítico, económico y cultural de las verdaderas naciones multiétnicas y multi-raciales que desde sus forzados orígenes coloniales estuvieron destinadas a ser, pero habiendo venido funcionando en la práctica a partir de sustituciones disímiles forzadas por imposiciones y opresiones, en pares dicotómicos con exigidos sometimientos, marginaciones y exclusiones, obligando a la invisibilización en los poderes de los más amplios sectores poblaciones —a decir, las poblaciones autóctonas, africanas y afrodescendientes—, y a la incorporación en estas de la enajenación como escape o de la resistencia como práctica de vida.

     Las fundacionales relaciones de poder, colonialistas ayer y de coloniaje desde la independencia formal hasta el presente, nos impusieron unos proyectos de nación enajenantes. De Bolívar a los más variados gobiernos totalitarios, autoritarios o francamente dictatoriales, de los hermanos Castro Ruz, al nicaragüense Daniel Ortega y al ecuatoriano Rafael Correa, en cada uno de nuestros países lo que esos dirigentes políticos han considerado nuestra “libertad” ha reproducido la exclusión y el sometimiento de los nos blancos o de los no mestizos asimilados, buscadores de una “blanquitud” espuria y de una tradición occidental incoherente con nuestras etnogénesis. Se han impuesto proyectos nacionales que, burgueses o “revolucionarios”, unos y otros (auto)reivindicados “nacionalistas”, con el devenir histórico y los acelerados procesos de mestizajes biológicos y culturales, han añadido a sus cualidades reaccionarias y fundamentalistas ese integrismo que habitualmente criticamos al mundo árabe sin detenernos a identificar sus múltiples y cotidianas expresiones en este, nuestro hemisferio.

     Todos estos, sin distinciones, han dejado sumergidos e invisibilizados, negados y frustrados a los más auténticos proyectos nacionales, los incluyentes, pues la inclusión no se avenía con sus interesados propósitos jerarquizadores, marginadores y excluyentes, ni con el elitismo burgués ni con el revolucionario, con los cuales la blanca-criolla aristocracia se ha hecho de los poderes y forzado a los más amplios sectores poblacionales a reeditar la posición del esclavizado productor de riquezas para el disfrute de aquellas. Derechos civiles y humanos no corresponderían en esos diseños; la universalidad de la ciudadanía naufragaría, restringida a los participantes del poder o a los que tendrían representación en este.

     Fuera de lugar de esa Modernidad republicana americana quedarían, en el escenario rápidamente rememorado, las mayorías, resistiendo y, en palabras del afroecuatoriano Adolfo Albán Achinte[1], re-existiendo, reelaborando “la vida en condiciones adversas intentando la superación de esas condiciones para ocupar un lugar de dignidad en la sociedad”. Fuera han sido dejadas esas mayorías obligadas a la subalternidad, casi siempre manipuladas por fuerzas contendientes como, por ejemplo, las viejas, tradicionalistas y ajenas teologías cristianas versus una teología americana de la liberación restrictiva en sus interpretaciones, en donde como en los proyectos nacionales al uso las poblaciones originarias y la afrodescendencia, las mujeres y otros sectores sociales sometidos y/o desechados, no hallarían espacios de realización propios sino a través del prisma del marxismo europeo con su reducción de todo análisis a la prioridad de la categoría clase social.

 

PARTE SEGUNDA.-

     En esa abigarrada paisajística de la nacionalidad en Indoafrohispanoamérica, que no puede obviar el Caribe y sus fronteras imperiales de las cuales en este espacio territorial y en sus imaginarios, ambos históricamente construidos, somos productos y legatarios, hasta la más somera revisión histórica de la construcción del impuesto proyecto de nación cubana nos remite a la práctica impositiva y excluyente, en este caso, de un no-persona primero y de un otro después invariablemente identificado con la afrodescendencia. Esa revisión de lo que nos han dado por historia nacional cubana se hilvana del pasado al presente con hilo sostén y conductor que ha mantenido con firmeza en sus manos la blanca-criolla élite en el poder: burgués ayer, castrista en este presente que ha perseverado por más de cinco décadas, y que amenaza con trascender estructural e ideológicamente a los hermanos Castro pese a su amplia distancia de la cosmovisión de las amplias mayorías isleñas y no obstante sus profundas discordancias con esta.

     La nación, en tan certera definición de Benedict Anderson, es una comunidad imaginada que se expresa en el lenguaje verbal y extra verbal. En la pertinente perspectiva analítica de Homi Bhabha, la nación supone la duplicidad de una doble construcción: la manifiesta en la narrativa cotidiana de quienes la vivencian, y la manifiesta en la narrativa de quienes la discursan y construyen las narrativas que sobre esta trascienden.

     Atendiendo a esa duplicidad sobre la nación, en el caso cubano nos encontramos que la unidad, políticamente interpretada como subordinación y sometimiento, nos conduce por el mismo vaso comunicante de la filosofía martiana a la praxis del castrismo —este con sus demagógicos discursos plagados de estereotipos—, pasando por cada uno de los gobiernos republicanos previos a este, todos usufructuarios de los mismos presupuestos o falsas verdades, utilizando interna y externamente motivos de la afrocubanidad como pintoresquismo politiquero. Entramado en el cual la coartación y la manipulación de sacerdotes y sacerdotisas de las afrorreligiones, han transcurrido en paralelo a la censura, desacreditación y estigmatización de estos, sin diferencias sustanciales atendiendo a épocas históricas y sistemas de gobierno.

     El derecho cívico reivindicado como donativo y su detentación como agradecimiento, a la par que el pedido implícito de los gobernantes a la no reclamación por la sociedad del ejercicio de aquel; la cultura asimilada como la ascendencia ibero y el folklor como la ascendencia afro; el núcleo conformador de la nación intelectualmente decretado como el ibero y el afro intelectualmente explicitado como secundario e infecundo; la independencia política y el fin del sistema de esclavitud falsamente presentados como ofrendas resultantes del sacrificio del blanco-criollo, dejando de lado la perenne historia de rebeldía africana y afrocubana y la temprana toma de conciencia política y de identidad nacional de estos expresada en hechos de histórica comprobación y de muy escasa mención, incluso en la historiografía, son elementos fundamentales estructuradores de un imaginario de nación condicionado por las omisiones, falseamientos y tergiversaciones de los hechos de relevancia que manifiestan la primacía en la fundación de la identidad nacional y de la nacionalidad de la afrodescendencia, imaginario que a su vez se reproduce en función de la fijación como dogmas de las falsedades antes mencionadas.

     Proyecto de nación impuesto por la fuerza y expresión de unas atrofiadas relaciones de poder que, de la época colonial hispana al coloniaje con ropaje burgués o revolucionario, se reedita sin vacilaciones ni oscilaciones, donde la legítima nación no ha podido cristalizar, ahogada por esas fuerzas retardatarias de su proceso de fragua y de consecución.

     Proyecto de nación originalmente impuesto en contubernio con fuerzas foráneas (ibéricas y estadounidenses) y escudados en estas, pero que correspondía a la voluntad de la blanca criollada isleña, que desde la larga guerra por la independencia evidenció su ambición de poder, mostró su desprecio y menosprecio hacia los afrodescendientes cubanos, y una obstinada perseverancia para relegar a los cubanos negros/mulatos. Iniciada la república burguesa los mejores ejemplos de ello serían el tratamiento otorgado al general Quintín Bandera y finalmente su asesinato, así como la aniquilación de las fuerzas de pensamiento y acción más radicales e integradoras entre los afrocubanos, entiéndase, de los organizados en el Partido Independiente de Color, que siguiendo el proyecto cultural y racialmente integrador de nación que propugnara Antonio Maceo, abogaron por el primer proyecto republicano verdaderamente incluyente e igualitario de nación.

 

PARTE TERCERA.-

     Del pasado al presente, el imaginado diseño nacional racial y culturalmente jerarquizador, autoritario y totalitario, ahistoricista, fundamentalista e integrista, ha sido el reproducido en el ámbito de la política, de la mayoría de las narrativas intelectuales y en no pocas artísticas. La oficial y oficiosa intelectualidad, la academia, la mayor parte de la historiografía conocida y reconocida, expresiones estas racial, cultural e ideológicamente coherentes con ese imaginario proyecto nacional, le han buscado fundamentos, justificaciones y han manipulado sus explicaciones en cada época de crisis, actuando como componentes del andamiaje retardatario de construcción de la verdadera nación cubana, eternizándonos así el pretérito poder colonialista con ropaje neocolonizador una veces y de coloniaje otras, o inclusive, de ese par en conexión.

     Si el conocimiento entraña poder, la participación en este último ha sido sistemáticamente negada a la afrodescendencia cubana con la omisión y manipulación de aquel y, llegados al caso, con la represión. La maniquea presentación de los Independientes como “ingenuos” apátridas, proimperialistas, “burgueses” negros ávidos de protagonismo y de posiciones de poder, elementos divisores, violentos y fomentadores de una posible intervención militar estadounidense, en este 2012, a las puertas del centenario de su “protesta armada” malsanamente presentada entonces como “guerra racial”, dan cuenta del conocimiento por parte de los monopolizadores del poder y de sus secuaces —incluidos sus ideólogos—, de que la ilegitimidad de su proyecto enérgicamente defendido por la blanca criollada a la cual representa y de la cual se presenta como parte sin serlo —el general-presidente Raúl Castro, hermano de su antecesor, ha públicamente declarado (auto)percibirse como “un gallego nacido en Cuba”—, sería insostenible si en amplios sectores poblacionales dela Isla permeara el arresto encauzado por el poder del conocimiento.

     1868, 1895, 1901, 1902, 1930, 1953, 1959 y, desde entonces, estas largas y extenuantes décadas de poder castrista, han sido la reedición de la constante confrontación exclusión versus integración. Consecuentemente, cada uno de esos momentos ha contado con el sostén intelectual adecuado a su fin. La especulación y la aseveración han actuado por igual, con el único propósito de inmovilizarnos dentro de una “Cuba para los cubanos”, entiéndase “blancos”, masculinos, misóginos, homofóbicos y cristianos, sustituida esta última condición entre las décadas del ’60 y el ’80 del siglo XX por la de ateos y ateizantes, para ser luego aquella retomada y convenientemente utilizada a su favor por el poder político, nuevamente con la asistencia de la intelectualidad revolucionaria.

     La alianza del poder político castrista con la jerarquía de la junta directiva del Consejo de Iglesias de Cuba, con la nunciatura católica primero y con la jerarquía de los obispos católicos en la Isladespués, la visita del Pontífice Juan Pablo II (enero 21-25 de 1998) entonces y la anunciada visita del facistoide e inquisidor Ratizinger, ahora en su rol de Pontífice Benedicto XVI (para abril del 2012), siendo partes de ese trazado de cosmovisión excluyente, antinegro y antinacional, actúan en igual dirección: el intento de reforzamiento de una Cuba blanca —calificativo cada vez más relativo—, machista y misógina, cristianocéntrica y antinegra, de una Cuba falsa para las narrativas de quienes la vivenciamos en su cotidianidad pero real en las narrativas de quienes la monopolizan en los poderes y en las trascendencia de las narrativas por estos visibilizadas. Una Cuba en donde la estructura ha sido diseñada para que la subalternidad no alcance más espacios que los donados y donde la invisibilización y la tergiversación de sí, la marginación y la exclusión, les siguen siendo impuestos y en la que se proyecta su eternización en esa circunstancia. Una Cuba en la que la ciudadanía no es un derecho sino un privilegio donado a discreción del sistema y con las restricciones que este le impone.

     Esa es la Cubaen la cual, de la colonia formal a la colonia de facto, se prosigue la repetición de los estereotipos del “buen negro”, el que, según la interpretación cristiana —tan similar a la castrista—, “perdona” y “pone la otra mejilla”, del que se alía a los poderes y, siempre en subordinación, le favorece actuando en contra de su gente, de sí mismo en tanto sujeto colectivo e individual, recibiendo en pago el beneficio de alguna prebenda, nunca el reconocimiento y, menos, la estimación y el respeto que implicarían el trato entre iguales, pues el sometimiento no es caldo de cultivo para el enaltecimiento y la consideración sino para la deshonra y la desmoralización. Es esala Cuba que no contempla la existencia del sujeto individual y colectivo afro como afrocubano, con la militancia que se correlaciona con la conciencia de sí, de su entorno y su pertinente accionar.

     No obstante, traidores, timoratos y enajenados han existido/existen en todas las agrupaciones y segmentos sociales. A la par, coinciden con estos las fuerzas socialmente más vivas, legítimas representantes de los sectores sociales excluidos y, tantas veces, sometidas estas a las más denigrantes campañas de tergiversaciones de su imagen pública, o sometidas a la invisibilización, métodos ambos de intento de su anulación del panorama en el cual se expresa la dinámica de las múltiples, variadas y puede que divergentes fuerzas cívicas y políticas de la nación.

 

PARTE CUARTA.-   

     El milagro de transparentar “lo negro”, conseguido por los Castro, coherentes con el proyecto blanco-criollo de nación que nos ha despigmentado a Antonio Maceo, nos ha ocultado a José Antonio Aponte, no ha desacreditado a los Independientes de Color, nos ha desaparecido al movimiento afrofeminista y nos ha mutado a Juan Gualberto Gómez de uno de nuestros más preclaros pensadores y excelsos periodistas a un mulato segundón del blanco José Martí, en quien recaen todos los honores de pensador y organizador independentista y revolucionario.

     En hilo directo, nos ha ocultado la existencia de un movimiento de reivindicación de la afrocubanidad divergente del negrismo a lo José Zacarías Tallet, nos ha negado la existencia de una afrodiáspora producida por la conjunción de los arrebatos autoritarios, totalitarios e integristas de los hermanos Castro Ruz y de su racismo antinegro, y ha pretendido la reedición (pseudos)científica de la existencia del etnos-nación cubano y la imposición de la tesis del mestizaje como falsa solución ante la evidencia del racismo estructuralmente reeditado y de sus correlativas inequidades e iniquidades racialmente ancladas.

     Esta posición ideológica, que ensalza a un independentista blanco-criollo linchador de negros como el presidente José Miguel Gómez, exaltado en la actual historiografía revolucionaria como “patriota” y defensor de la soberanía patria, y no como el traidor de la legítima nación que nos correspondería ser y no hemos sido, no como el traidor de aquellos a los que hace un siglo debió haber visto como a sus hermanos de nación, contribuyó a la reproducción del  “negro escarmentado” que, tras la ejemplarizante masacre con la que se frustrara la llamada Conspiración de La Escalera y —en paralelo y fundamental— se minaran las posibilidades de ascensión económica y sus concomitantes anhelos de ascensión social y, a la postre, política, del afrodescendiente cubano, produjera la perentoriedad del “negro frustrado” y la construcción intelectual del “negro folclorizado”, ambas imágenes de utilidad al poder político hasta la actualidad.

     Por eso el peligro mayor de la nación cubana no está, nunca ha estado, afuera, sino adentro de sus cada vez más porosas fronteras. No han sido fuerzas exógenas a esta, sino endógenas, sus verdaderas anuladoras o postergadoras. Ayer, su mayor peligro radicó en su limitación práctica de la identificación del carácter nacional a su descendencia ibero, luego en la folklorización de su negritud, hasta hoy mal interpretada por reconocidos estudiosos de la temática racial como sinónimo de “negro” y de “lo negro”, no como el negro con nítida conciencia de su situación y con la correspondiente y meridiana acción.

     Hoy, el peligro mayor de la nación está librándose ya, y consiste en la obstinación en el anclaje desfasado en el modelo blanco-criollo y antinegro, excluyente de toda perspectiva diferente de cosmovisión. Es ese el peligro que sitúa a la nación ante el desafío fundamental: el de pasar de la fragmentación en la que se ha regodeado y prorrogado, a su verdadera integración, o insistir en transitar hacia su desintegración. Razón por la cual, de cara al futuro inmediato, el reto mayor de cualquier proyecto nacional establecido en el poder o en pugna por conseguirlo, será el de la inclusión de todos sus componentes, es decir, la no reedición de diseños nacionales excluyentes y jerarquizadores. Por consiguiente, el reto radica en la potenciación, reestructuración y reequilibrio de sus fuerzas vivas.

     En ese escenario de polifacéticas fuerzas se inscriben las heterogéneas perspectivas analíticas y de gestión de la afrodescendencia, de las propugnadoras del status quo a las impugnadoras de este, ambas con sus correspondientes posicionamientos, ambas con sus respectivas cuotas de costos éticos y morales como sujetos individuales y colectivos, etno-raciales y nacionales, en atención a sus imaginarios, patrocinios, demandas y procedimientos, en atención a sus comprometimientos y militancias, en atención a sus tácticas y estrategias.

     Ambas tendencias moviéndose en un escenario de juego de luces y sombras. De la visibilidad que ofrece la representatividad adulteradora que un recién incorporado 30 por ciento de negros/mulatos —mayoritariamente mujeres y jóvenes— a un comité central de la fuerza que se impuso como rectora de la nación, el Partido Comunista (PCC) y la celebración de un taller de la afrodescendencia, excluyente interna y externamente pero visibilizado por los medios masivos nacionales y con la anuencia dela Organizaciónde Naciones Unidas (ONU), a la imposición gubernamental de la opacidad de las iniciativas de las fuerzas vivas de la afrodescendencia en pugna con el proyecto excluyente de nación, con lo cualla Primera Asambleapor los Derechos Civiles dela Afrodescendencia(2010), el Primer Foro sobre Raza e Identidad (2010) y la segunda edición de este Foro (2011), esta vez en articulación con voces prestigiadas de intelectuales de la afrodiáspora fomentada por los gobernantes hermanos Castro Ruz, quedan a trasluz pese a sus encomiables y legítimos esfuerzos de participación ciudadana, no obstante su empeño en el reempoderamiento de la afrodescendencia.

     Así, por obra y gracia de la revolucionaria invisibilización de la auténtica militancia afrocubana, del pasado al presente, el símbolo de la representación y de la representatividad de la afrodescendencia nacional es usurpado unas veces por y donado otras a, un apócrifo sector de esta, viciado de las secuelas de las frustraciones del “negro escarmentado”, del “negro frustrado” y del “negro folclorizado”, y no pocas veces, resultante de la trágica sumatoria de estos.

     Es ese el producto exhibible por el mundo. Es ese el afrodescendiente desentendido de los suyos, sin conciencia de sí u ocultador de esta, enajenado, simulador y/o tergiversador, que usualmente enarbola los discursos que otros, blancos-criollos, le dictan, o que facturan ellos para agradar a aquellos, discursos cuyos destinatarios suelen ser ingenuos y crédulos auditorios internacionales, desconocedores de los intersticios de las complejidades de la realidad nacional isleña y de las particularidades en las cuales se desenvuelve su afrodescendencia, aunque no deja de llamar la atención la intencionalidad de importantes sectores de esos despistados y a veces deslumbrados auditorios de conceder crédito a la falsa idea de la homogeneidad de la afrodescendencia cubana y de la igualmente falsa linealidad y uniformidad de su pensamiento.

     Escenarios en los cuales la representatividad de la militancia afrocubana más radical en sus posicionamientos y en sus producciones intelectuales, dela Islao del exilio, queda ordinariamente excluida, silenciada e ignorada, escamoteándose la fundamental simbología de la representación, rehusándose la validez de la semiótica explicando a la sociedad en sus fuerzas ¿vivas? y ¿pasivas?, en sus fuerzas de poder y de autoridad, y en sus transiciones más o menos veladas, en sus juegos de fuerzas expresados en sus simuladas e impuestas representaciones y en sus impuestas omisiones.

     Es esa la causa de que, mal que les pese a algunos, los cubanos del presente estamos obligados y urgidos de revisitar, releer, reanalizar y de desentrañar nuestra propia historia, de hacerlo en las complejidades particulares de esta y en sus articulaciones nacional, regional, continental, internacional, siempre con perspectiva transnacional, buscando los símbolos y espacios, intentando reinterpretar estos en sus espacios, hurgando en las historias e intenciones de sus inspiradores y de sus sostenedores, de sus defensores y de sus detractores.

     En esa compleja maraña de narrativas, demarcando límites y revisitando siempre escurridizas y permeables fronteras, iremos construyendo nuestros análisis históricos, sociológicos y políticos verdaderamente postcoloniales. En ese camino de reconstrucciones vamos andando, a tropiezos, una parte de los activistas cívicos y de la intelectualidad afrocubana, en la elaboración de nuestro propio corpus crítico, mirando hacia nosotros y hacia el mundo con mirada de subalterno y de excluido, a la par que de activistas cívicos y de militantes etno-raciales afro.

     En ese camino se va construyendo, desde las bases, la legítima nación cubana que, desde el poder, con sus prácticas de coloniaje, procura continuar intentándose asfixiar. Que, finalmente, llegue a feliz término una gestación de ya tan larga data como más de siglo y medio, será responsabilidad de todas las células que desde su etno-génesis la conformamos y sostenemos, sin distingos de colores epiteliales, de morfologías ni de ideologías políticas, porque la nación, para legítimamente ser, tiene que proyectarse verdaderamente “con todos y para el bien de todos” o, sencilla y trágicamente, en estos tiempos de desnacionalización amplia y galopante, no será más.

     En ese sentido, 2012, año de conmemoración del centenario del mayor linchamiento sufrido por la afrodescendencia cubana, se nos avista como un momento histórico determinante. El poder político castrista y la autoridad de las fuerzas cívicas de la afrodescendencia excluida pudieran librar su más importante batalla hasta el presente. ¿Se reeditará otro linchamiento de negros? Hasta el presente lo único que tenemos claro es nuestra fatídica y quizás inducida disposición para la inmolación. Por ahora, quedamos a la expectativa de los acontecimientos.

Por:

  • María I. Faguaga Iglesias-Afrocubana ( Historiadora y Antropóloga) y 
  • Juan F. Benemelis-Afrocubano ( Historiador africanista y Ensayista)

La Habana, lunes 21 de noviembre de 2011.-

0:08 a.m.-


[1] Entrevistado en el 2006 por la comunicadora y periodista colombiana Camila Gómez Cotta. En: Goméz Cotta, Camila. “Memoria ancestral e identidad, elementos para entender la agencia-otra

afroesmeraldeña”. Revista Del Caribe. No. 53. 2009. Santiago de Cuba. Pág. 85.

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