Estraperlismo salvaje


Ni socialismo sin subsidio, ni capitalismo sin capital.

Octubre fue lluvioso. Le pregunto al amigo qué está pasando que no ha llegado enero y ya escasea el queso, y me responde que no se debe a la estación seca. Quien está secando a las vacas es el gobierno, que está obligando al pequeño agricultor a acopiar más leche.

Y el amigo dice más. Ayer en Melena del Sur se dio una reunión. Decenas de familias de ese municipio viven del trasiego del yogurt hacia la capital. Hasta el otro día fue más o menos tolerado. De un tiempo a la fecha, al que agarren en la autopista con 10 pomos de yogurt le suenan $500 de multa, lo que representa más de la ganancia de la semana. Y eso no es lo peor. Lo peor es que, en la reunión, se ventiló la idea de presionar al infractor para que denunciase al campesino que vende el yogurt, al que podrían incluso confiscarle las vacas.

Y está el asunto de la harina de pan. Es imposible elaborar dulces o pizzas para vender al cubano de a pie, adquiriéndola al precio sobregirado que tiene en la shopping. Sobregiradísimo. Toda la harina que consumen los cuentapropistas, absolutamente toda, sale de manera ilegal de las panaderías y los almacenes estatales. Y el gobierno lo sabe.

Hasta el año pasado hubo equilibrio entre oferta y demanda, en lo concerniente a las materias primas que necesitan los emprendedores. Pero el auge del trabajo por cuenta propia disparó la demanda, y entre los cuentapropistas se ha desatado una lucha salvaje por los productos base.

A esa lucha entre cuentrapropistas, ahora se suma el gobierno. Un artículo publicado en el Mayabeque criticando el peso neto del pan de la cuota, ha puesto el dedo en las panaderías. Una simple inspección de madrugada. La consecuencia ha sido devastadora. Dulceros y pizzeros al borde de la quiebra, panaderos en la estación de la policía, y la poca harina que aparece, después de mucho perrear, debe pagarse a un 35% más cara.

Antes de los lineamientos, el repostero ilegal solo debía cuidarse de la policía o del chivatazo de algún vecino envidioso. Ahora que la iniciativa privada es nominalmente legal, la cosa está peor. Porque el emprendedor, además de abonar al fisco buena parte de su ganancia y lidiar con inspectores que tienen que vivir de algo, debe agregar el coste sicológico del mal dormir, por la incertidumbre de que si mañana habrá o no habrá materia prima. Un estrés que no lo compensa ninguna ganancia cuando, quien rivaliza, es quien tiene el control de la policía y los inspectores de precio.

Puro estraperlo.

Ni idea tengo de cómo sería en la España de Franco, hasta qué punto el estraperlo desangró la estabilidad económica y emocional de los españoles empujados a la ilegalidad para mantener un enjuto negocio. Desconozco el sentido exacto que allá se le da al acrónimo. Lo único que sé es que, en la Cuba poslineamiento del segundo Castro, una especie de estraperlismo salvaje está infectándolo todo.

Las reformas del segundo Castro no pasan de ser un impuesto sobre el mercado negro. Abrir un poco la mano del contrabando para sacar provecho del mismo, y, a la vez, aumentar el control político con una espada de Damocles sobre la rudimentaria propiedad privada.

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