Que nadie toque nada


Y el que me haga sombra, se va. Una empresa ganadera inglesa que opera desde 1909 en Venezuela, acaba de ser expropiada por el jeque venezolano en su cruzada contra la propiedad privada, mientras su mentor de La Habana pide al pueblo cambios de mentalidad para que fluyan las reformas capitalizantes que deben mantenerlo a flote.

Pero el chaleco salvavidas no se infla por más que se sople, y el que hace cuatro pesos sigue siendo mal mirado por la horda fanática que bajó de la Sierra, adoctrinada con la ley del pudismo de ricos malos, y de pobres buenos.

Decía Martí que cuando hay muchos hombres sin decoro, hay hombres que llevan en sí el decoro de muchos hombres. Y aplíquese la doctrina al ámbito económico. Cuando hay muchos hombres que no progresan, hay los que progresan por esos muchos y no porque exploten, sino porque nacen con estrella.

Sea realista y aléjese el vitierano disparate de la pobreza irradiante, que entre los apologistas de la pobreza hay pobres que lo son por gozadores o por holgazanes, a veces por ignorancia o mala suerte congénita sí, pero también por descaro oportunista congénito, que critican porque envidian y entonces crucifican al que logra hacer cuatro pesos. Cabe que el que haga cuatro pesos orille al decoro, sí, pero cabe también que lo lleve encima como banderín y por ahí viene la cosa, que ni el pobre es bueno por ser pobre, ni el rico malo por ser rico.

Ñancahuazú no el de Bolivia sino el de Batabanó, el barrio que fundó el mismísimo Castro en los sesenta para desarraigar a una vasta comunidad de campesinos de sus fértiles tierras, amaneció sitiado hace un par de semanas. El pequeño agricultor más exitoso de la comarca, Perilla, fue el objeto del estridente operativo.

Con más de veinte años sembrando tierras a la cuarta·, se cuenta que Perilla llegó a cosechar más de 100 quintales de arroz cuando el arroz se puso a más de mil pesos. Se cuenta que apostaba fuerte por el ajo por frijoles en fin por lo que mejor se vendiera, que arriesgaba el capital siempre con dividendos, que se benefició de la ley de tierras en usufructo, en fin, que luchó y creció y siguió luchando y creciendo, hasta que su éxito empezó a hacer sombra a la pobreza irradiante de la teleología vitierana.

Y construyó una segunda planta en su casita de la calle principal de Ñancahuazú, y acondicionó una especie de motelito, y en la planta baja almacenaba el ajo y el arroz y los frijoles… hasta el explote en El Trigal.

En el capitalino almacén de productos agrícolas se descubre el desfalco. Dicen. Los directivos huyen con la pequeña fortuna hacia el sur de la Florida, dicen, y la peste el último.

Se cuenta que Perilla, técnico del centro de acopio municipal, había dado salida a un camión de ajos que nunca llegó al Trigal, y por ahí, dicen, que va la cosa.

Ñancahuazú amaneció tomada por dos camiones de tropas especiales, agentes de civil y carros patrulleros, un despliegue tipo comando con el que se podría neutralizar toda una banda terrorista o de narcotraficantes. En bandeja para un atónito Perilla. Se cuenta que se decomisó un revólver, además de todo el ajo almacenado para semilla y demás productos agrícolas, sin formularse cargo alguno por el momento.

Se dice que el despliegue militar se debió al temor de una reacción popular: Perilla próspero capaz ídolo del pueblo mal ejemplo para el pueblo. Perilla catalizador de las aspiraciones progresistas de la juventud. Se dice que el pueblo condenó el cinematográfico operativo y que hasta algún huevo lanzó. Se dice que estuvo incomunicado los primeros siete días en Cien y Aldabó y que sigue incomunicado bajo investigación. Se dice que buscan la forma de inculparlo para no tener que devolver lo que le quitaron o para tener un chivo expiatorio y sabrá Dios…

El caso es que para él y los dolientes, recién se inicia la pesadilla de un proceso kafkiano. Y para la población, un mensaje de quién manda. Perilla está condenado por hereje. Ha desertado del credo vitierano. Ha violado el dogma. Ha pecado de prosperidad, faltado a misa en la casa del Partido, y demostrado que sí se puede avanzar sin el consentimiento de la anciana inquisición verdeoliva.

 Por. Roberto Lázaro Castell


  • · El dueño de la tierra se queda con una cuarta parte de la cosecha. El resto para el inversionista.
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