La Enfermedad Más Cara Del Mundo


 Roberto L. Castell

Me extrañó la citación del Comité Militar. ¿Otra vez? En 2007 no tanto, porque entonces confluyó un par de factores que hizo comprensible la maniobra. Uno, la enfermedad de Fidel Castro. El otro, la relativa bonanza económica derivada de los altos precios del petróleo. El dinero que por tubería nos llegaba desde Venezuela, permitió al segundo Castro darse el lujo de movilizar por municipio, durante un mes, a centenares de hombres activos.

Supongo que los primeros treinta años de comunismo, no se echara a ver en las economías familiares porque se vivía con una cuota. Pero del noventa para acá, que el salario solo cubre el diez por ciento de las necesidades básicas, privar a las familias del hombre de la casa durante semanas, presume una soberbia desconsideración.

El coronel que estuvo al frente de la maniobra trató de no parecer intransigente. “Si tienen algún problema y no pueden venir, me hablan claro”. Claro, imagino que nos equiparó a reclutas de dieciocho años. La cosa fue al empatarse con la verdad. La inmensa mayoría de los movilizados, para comer y vestir, dependía de un armazón de pequeños oficios que no tenía en quién delegar.

El que no tenía caballos, tenía vacas. El que no, una cría de puercos o un rebaño de carneros que atender. Un día uno puede hablar con el amigo o con el vecino para que haga el sacrificio y salga a cortar la hierba, a pastorear, o a forrajear el sancocho. Pero un día o dos cuando más, no una semana, y menos cuatro. Porque atender animales no es cosa de un par de horas, sino de jornadas enteras.

Había que ver cómo se sulfuraba aquel militar, a caballo entre las necesidades reales de centenares de civiles llanos, y la pedantería del grupito de generales que, apendejados con la enfermedad del comandante, habían ordenado aquel disparate.

Un desastre. La gente iba, pasaba lista, y al mediodía se fugaba. Una mañana sacó de la formación a decenas de fugados de la tarde anterior, hizo una hilera, y uno a uno los abochornó frente al colectivo. A veces trataba de incentivarnos citando al León Tolstoi de la Guerra y la Paz, y como si hablara en ruso. Otra vez se emocionó tanto concientizándonos, que hasta se le escapó un puchero grueso, teatral, de militar de honor que trata de cumplir pero que ya no puede más.

Pues me sorprendió el emisario sentado en la sala, pidiéndome la talla de ropa y el número de calzado para el uniforme. “Tú sabes para lo que es. ¿Ah no lo sabes? Es porque en septiembre habrá otro Caguairán”.

Me limité a encogerme de hombros. Había apostado que la kafkiana experiencia no se repetiría. Pelotones de hombres aburridos bajo el marabuzal días enteros, simulando clases de táctica. Proyectiles que la mitad no percutían. El descontento generalizado, el gasto inmenso, y total por gusto y para nada.

Así hasta que até cabos, y llegué a la probable razón con un somero análisis. El primer Caguairán había sido por la enfermedad del primer Castro. Ahora, de pronto, enferma Hugo Chávez. ¿Será ese el motivo? ¿Miedo al vacío de liderazgo? De ocurrirle algo a Chávez, peligraría la entrada de petróleo. Sin petróleo, sobrevendría una crisis económica peor que la del 93. Esta vez el pueblo no iría bovinamente a campamentos agrícolas, porque la generación es otra. La crisis económica se convertiría de inmediato en crisis política e ipso facto en crisis militar, porque los generales no renunciarían al poder. Nada, que las enfermedades de los líderes del ALBA, deberían figurar en los récords Guinnes como las más caras del mundo.

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