La Bandera Rota


Leonardo Calvo Cárdenas

Historiador y politólogo

El pesado fardo de la tradición feudal-esclavista española que agobia y corroe el espíritu de los agotados pero persistentes gobernantes

cubanos les lleva a buscar una vez más en la esfera de la circulación monetaria las vías para enfrentar un problema cuya seriedad, envergadura y trascendencia compromete incluso el futuro de nuestra convivencia social.

Las autoridades cubanas han decidido comenzar el próximo curso escolar (2009-2010) con un incremento salarial para todos los trabajadores del sector de la educación. Con la medida tal vez piensan atenuar de alguna manera el evidente desmoronamiento del sistema educacional, deteriorado por todos sus flancos, pero esencialmente amenazado por la falta de voluntad política de los gobernantes cubanos para reconocer lo que constituye una agobiante realidad y sobre todo para buscar las causas y soluciones idóneas.

Resulta harto difícil para quien ha mandado durante medio siglo sin asumir responsabilidades ni aceptar contradicción o alternativas admitir que lo que constituye la principal bandera propagandística del régimen padece un deterioro generalizado y esencial sin precedentes en nuestra historia pasada, porque desde siempre los espacios educacionales privados, públicos o estatales después de 1959, fueron hasta la década de los años 80 ―independientemente del nivel o la calidad académica― ámbitos de respeto, ética y consagración.

Hoy la familia cubana sufre en carne propia las fracturas y carencias del sistema educacional que obligan al gobierno a inventarse nuevas soluciones como los insuficientes aumentos de salarios, el intento de reincorporar al trabajo a los maestros jubilados, cambiar los descabellados diseños y metodologías promovidas hace unos años por el ex presidente Castro para la enseñanza secundaria o el tardío desmontaje del sistema de internados rurales obligatorios para el nivel medio superior (bachillerato) que además de privar a los padres del derecho a escoger como y donde educar a sus hijos implicaban una insostenible sangría financiera motivada por los enormes gastos y el extendido desvío de recursos.

La educación cubana esta enferma, primero que todo de esa excesiva politización y sobre ideologización que por interés de dominio coloca en un segundo plano el aprovechamiento académico de los educandos.

A pesar de ser Cuba el país de mayor índice de educadores graduados por habitantes del planeta el éxodo de maestros hacia otras labores de menos presión y mejor remuneración ha provocado un galopante déficit del personal docente, fundamentalmente en la capital, ha impulsado a las autoridades a buscar paliativos, sin analizar las causas del problema, e instalar una cifra considerable de jóvenes maestros emergentes sin adecuada preparación ni vocación probada, lo cual ha lanzado al abismo a la ya dudosa calidad docente del sistema.

Se han hecho cotidianos fenómenos como el libertinaje y la promiscuidad que alcanzan incluso a la ya deteriorada relación profesor-alumno, la proliferación de conductas antisociales al interior de los centros educacionales, donde además se enseñorea la economía sumergida para que los trabajadores docentes y de apoyo comercien lo que sea preciso con el objetivo de equilibrar el deprimido poder adquisitivo.

Capitulo aparte merece la extendida y normalizada corrupción docente que cunde en el sistema educacional cubano. Al igual que en otros espacios sensibles de la sociedad actual como los servicios de emigración, aduana, el sistema judicial o el comercio estatal, en los centros docentes se venden y compran a precios públicamente conocidos los resultados académicos, parciales o totales, las certificaciones y hasta los títulos.

Resulta muy difícil para la familia cubana actual sustraer a los adolescentes y jóvenes de esa traumatizante urdimbre de ostentación metalizada y degradaciones morales en que se han convertido los espacios docentes para enfrentar el duro reto de formar a los hombres y mujeres íntegros y cabales que deben ser los ciudadanos del futuro.

No hay dudas que persistir en la adopción de medidas paliativas e insuficientes sólo profundizara la crisis y nos alejara de las necesarias soluciones. Un buen camino para restaurar la perdida excelencia del proceso docente-educativo sería despolitizar el sistema educacional para permitir que otros actores sociales ―las iglesias o el ejercicio independiente y privado de la actividad docente― participen y aporten a la formación académica y profesional de todos los cubanos.

No es secreto que para el tropical estalinismo esclavista que nos agobia nada es tan esencial como los mecanismos de dominio que garantizan el control absoluto y la paternalista imagen populista que con bastante éxito ha logrado esconder por mucho tiempo el desprecio que sienten los gobernantes cubanos por los derechos, la integridad y dignidad de todos los cubanos. La enajenación indolente de los que se han acostumbrado a imponer sus criterios e intereses sin asumir responsabilidades ni cumplir compromisos los incapacita para reconocer los fracasos y carencias, pero sobre todo las consecuencias de no operar las transformaciones estructurales y conceptuales que devuelva a la educación a los causes de excelencia que le permitan ser orgullo del presente y garantía del futuro.

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