¡La Ofensiva Derrotada!


Leonardo Calvo Cárdenas

Historiador y politólogo

El pueblo cubano carece de memoria histórica, muy pronto pierde la perspectiva de sucesos y realidades de honda trascendencia para su existencia cotidiana, tampoco tiene memoria estética, con total naturalidad admitimos que esos muchachos tan agradables y dispuestos, con muchos deseos y muy poco talento se auto titulen Cuarteto Los Zafiros para pretender ser la irrespetuosa continuidad de  aquellos superdotados que en la década de los sesenta se convirtieron en un fenómeno musical, artístico, cultural y social. Para más señas debo decir que los cubanos tampoco tenemos memoria sensorial, seguimos haciendo épicas colas bajo el alevoso sol de este siglo para “degustar” el deplorable preparado que ofertan en el mismo lugar donde hace sólo unos pocos años disfrutábamos los deliciosos gélidos manjares que hicieron mundialmente famosa la céntrica heladería Coppelia deLa Habana.

Ahora que el desastre convertido en sistema sociopolítico parece no tener nada más que destruir los cubanos parecemos no acordarnos que entregamos nuestra vida, milagros, haciendas y destino a un poder absoluto que prometió el paraíso en la tierra y hoy después de tanto sacrificio y desgarramiento nos empuja al abismo de la indigencia y la desesperanza.

Cuando vemos que el gobierno cubano en lugar de demostrar la valentía política y la sensibilidad humanista que necesita para hacer los cambios estructurales y conceptuales que bien saben requiere el país, prefiere convertir a sus ciudadanos en parias indigentes prestos a ejercer una serie de oficios ridículos e insolventes y además cobrarles onerosos impuestos, no podemos menos que recordar que hace poco más de cuarenta años el máximo líder terminó de dar el golpe de gracia a lo que quedaba de las enormes potencialidades demostradas por la economía cubana y a toda iniciativa privada por mínima que fuera.

Cuenta un testigo excepcional de la discusión generada en la plana mayor revolucionaria aquel invierno aciago de 1968 que ante el ímpetu volitivo del máximo líder por barrer hasta la ultima venduta o sillón de limpiabotas, para iniciar el camino triunfal hacia a máxima eficiencia y prosperidad, varios de los dirigentes allí reunidos expusieron argumentadas valoraciones acerca de la no pertinencia de tal giro estructural.

Demás está decir que los reclamos y argumentaciones cayeron en saco roto ante la determinación indetenible del máximo líder de no dejar el mínimo rastro de libertad empresarial o mínima iniciativa privada.

Fueron muchos los discursos en los cuales el líder incuestionable se prodigó en explicaciones sobre la prosperidad y riquezas sin precedentes ni limites que conocería Cuba de la mano de la providencial y omnipotente economía estatal planificada, el trabajo voluntario y los estímulos morales. Los mismísimos Estados Unidos se paralizarían de rabia y envidia ante los colosales éxitos económicos y sociales que en poco tiempo conocería la autotitulada “Isla dela Libertad”.

La historia está escrita y sufrida, como es natural la realidad superó al discurso, la lógica se impuso al trasnochado voluntarismo y Cuba cayó en un interminable abismo de fracaso y desolación que llevó al alto liderazgo de la promesa de prosperidad, a convertir la miseria en un paradigma de vida, claro para los de abajo y transformar a Cuba en un parasito de su mentor de turno, primero al Unión Soviética y finalmente el petro-caudillismo chavista.

Arriba los caudillos envejecidos y divorciados de la realidad son incapaces de salir de la trampa que les impide liberalizar la economía como dios manda, claro está a costa de su poder. Abajo la producción de todos los renglones de la economía e incluso la población decrecen sin remedio mientras la pobreza aumenta al punto de convertir en secreto de Estado los resultados de los Censos de población.  Ante el desolador panorama la única solución que han encontrado los gobernantes de la Habana es aprovechar la atrofia cívica que caracteriza al sistema, es decir la mordaza impuesta por tantas décadas, para romper el contrato social que supuestamente constituye la esencia del modelo surgido de aquella fatídica ofensiva.

El gobierno cubano, al lanzar a la calle a los cientos de miles de trabajadores sobrantes del desastre de improductividad y corrupción generalizada que constituye la colapsada economía nacional, sin devolver a los ciudadanos los conculcados derechos y libertades económicas, impone una especie de neoliberalismo totalitario que traerá para Cuba gravísimas consecuencias en un futuro inmediato. Tal parece que vivimos en una especie de tragicómica pesadilla cuando los medios informativos nacionales ─todos propiedad del gobierno─ nos hacen reseña diaria de los conatos de protesta que conmueve a Europa a causa de del desempleo y las impopulares medidas de ajuste económico que ensayan varios gobiernos del viejo continente, mientras la única y oficialista central sindical del país se dispone entusiasta a respaldar e incluso explicar a los trabajadores como ellos y sus familias van a ser abandonados a sus suerte por ese poder que todavía exige fidelidad y obediencia absoluta.

La “ofensiva revolucionaria” que en 1968 anuncio el edén en la tierra barrió con el esfuerzo y las esperanzas de muchos cubanos laboriosos, quienes además habían apoyado a la revolución en un por ciento altísimo. Gracias al sistema que terminó de conformarse con la descabellada medida se agotaron casi todas nuestras potencialidades materiales y creativas, se ha mal baratado el talento y los conocimientos de cientos de miles de compatriotas dispuestos a hacer un aporte capital al desarrollo que a toda costa impide la egoísta intransigencia de la elite gobernante.

Una vez que el estatismo implacable demuestra, sin lugar a dudas, su total inviabilidad y sus resultados desastrosos, los gobernantes cubanos son incapaces de aceptar y responsabilizarse con su fracaso y lo único que pueden ofrecernos es el despido masivo, con nombre amable, de casi un tercio de la fuerza laboral activa, con los impactos y las conmociones que esto puede generar, además de la ampliación del llamado trabajo por cuenta propia.

Esta supuesta reapertura a la iniciativa privada individual que fue sofocada hace más de cuarenta años no solo reafirma la dimensión del fracaso de aquella medida si no el menosprecio que sienten los gobernantes cubanos por los derechos de los ciudadanos y sobre todo por los destinos de la nación que han destruido material y espiritualmente.

Las autoridades de La Habana no se atreven a crear las condiciones socioeconómicas y jurídicas necesarias para impulsar y respaldar el más armónico desenvolvimiento económico de los ciudadanos en pleno disfrute de sus derechos más elementales. Medio siglo de poder totalitario ha llevado al pueblo cubano a la miseria y ahora la única solución que encuentran los patriarcas del desastre es imponer gravamen fiscal a la indigencia que han generado. En tan caóticas condiciones una parte considerable de las actividades económicas recién legalizadas son incapaces de generar algún encomiable resultado o ganancia, amen de las muchas otras a las que resulta ridículo intentar cobrar impuestos.

Definitivamente aquella “ofensiva revolucionaria” que se anunció milagrosa fue derrotada por la implacable realidad  y los cubanos seguimos pagando caro por nuestra débil conciencia cívica y por nuestra pobre memoria histórica.

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