Escribir en un Blogs


Después de leer el panfleto de cómo hacer un blog, uno cree que será pan comido. Pero de eso nada.

Yo, por ejemplo, jamás he visto internet, y para lo del blog al menos hay que tener nociones. Por eso cuando el Joven Club de mi aldea convocó a un cursillo, no dudé en inscribirme. “Ya era hora”, comenté a los empleados, cuidando no revelar el motivo de fondo.

Un par de semanas después tocó la primera clase, y, con ésta, la primera sorpresa. Llegué en tiempo, y no vi un alma. Entonces indagué el motivo con los empleados que me miraban con cara de fuera de vista. “El profesor encargado está luchando un traslado para otra empresa, y quizás no pueda dar el curso.  –dijeron. De todas formas venga pasado mañana”. Intuí algo raro en el ambiente, como si me estuvieran dando de lado. Pero como yo tenía verdadero interés, no se las pondría fácil.

Regresé el día convenido, y se repitió la historia. Las caras largas de quienes se ven obligados a mentir… “Mejor véalo personalmente, y que le explique él”.

Así fue. Ya para entonces, no tenía dudas de que la lista aparecida en el portal del Joven Club, era falsa. Como es normal que la gente se inscriba en esos cursos y a la tercera clase lo deje, también es normal que los profesores le cojan el golpe a la jugada, y hagan listas virtuales para justificar el salario. Y si no dígalo usted. ¿Cómo es que jamás le vi la cara a ninguno de mis compañeros, ni la primera, ni la segunda clase? ¿Cómo es que ninguno reclamó? ¡Y era una docena los inscritos!

Pero no era asunto mío. Es la vorágine de la vida en la mentira, y lo comprendo. Sin embargo el profesor tendría que hablarme claro, porque yo sería comprensivo con su falta. Si daba o no el curso, poco importaba. Yo solo quería que me diera las herramientas mínimas para aprender a navegar en internet. Que lo hiciera en el horario que él quisiera. Y en una muestra de confianza, le revelé el motivo. “Quiero hacer un blog”, confesé para que entendiera que yo no era un fuera de tiempo que pretendía joder su negocio de ganar un salario sin trabajar. “¿Un qué, un bloc de notas?”, se asombró.

Ahí casi me infarto. Este informático de probada inteligencia, dirigente comunista con acceso gratis a internet, no estaba al tanto de lo que era un blog. Le expliqué por arribita de lo que trataba, sin usar argumentos que pudieran asustarlo como militante rojo. Pero no quedó conforme. “Mañana yo averiguo”, me despidió sintiéndose retado.

Era ya la cuarta vez que yo insistía en la vía legal para algo a lo que como ciudadano tengo derecho, y para lo que a él se le pagaba. A la quinta, fue la vencida.

Lo vi en la calle la tarde de echar flores a Camilo. Nos saludamos con diplomacia y protocolo, sabiendo ambos que, cada cual por su lado, tenía motivos para estallar en cólera. Yo, porque estaba harto de caerle atrás. Él, porque no estaba para mi persecución, sobre todo luego de enterarse de lo que ya se había enterado. “Ya sé lo que es un blog –dijo-. Un blog es esto, y esto, y esto otro. Pero en el caso de Cuba, quienes lo usan son los contrarrevolucionarios”.

Lo dijo sin verme a la cara. Si hubiese dicho “lo usan los opositores”. O en el argot de la gente de pueblo: “lo usa la gente de los derechos humanos”. Pero no. Usó la mala palabra. La que emplea la seguridad del estado y los periodistas orgánicos para descalificar. Quedé mudo. No por falta de respuesta, sino por exceso. Para decir las verdades que merecía escuchar, necesitaba yo tener la mente fría, y no era el caso.

Pero hay más tiempo que vida. Año y pico después, la oportunidad parece haber llegado. La tecnología avanza indetenible, y la velocidad supera la capacidad de control de la oligarquía heroica. De poco servirán estos funcionarios desprovistos de convicciones, desvividos en mantener ese precario equilibrio entre la fidelidad al régimen que les paga sin trabajar, la promesa del viaje a Venezuela, y la comunicación online con la familia en los Estados Unidos.

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