Estimado discípulo Felipe,
Hurgando en los archivos municipales de una aldea del norte de Francia, encontré el informe oficial del arresto y fusilamiento en el bosque comarcal, de dos jóvenes desertores del ejército de Bonaparte, ya sabrás que nunca quise llamarlo « Napoleón », como decía la plebe infame, porque yo siempre supe de qué corral él provenía.
Seguramente que los dos muchachos no querían participar en lo que ellos ignoraban y que, en definitiva, fue nuestra catastrófica invasión de Rusia y, sería poco decirte que cuando el susodicho enano de Ajaccio salió para siempre rumbo a Santa Elena, las madres de Francia y hasta yo mismo, dimos gracias al cielo, aunque sin reparar en que a través de la historia provocada por la sangrienta epopeya bonapartista, en lo adelante, sería posible advertir como una constante, aquello de que las dictaduras suelen vomitar consecuencias inesperadas y solamente visibles a muy largo plazo.
Felipe, el horror de los millones de muertos, de los miles de fusilados y de las consecuencias sociales y económicas del bonapartismo, se ha convertido en un horror casi privado, coto de los historiadores porque a fin de cuentas, al pasar de los años y a la luz de la exponencial revolución tecnológica de mi siglo, la imagen negativa de Bonaparte se atenuó en la memoria colectiva de los franceses, tal y como se seca un higo o como se secó la sangre de sus víctimas.
Nuestro hombre pasó gradualmente de genocida a fundador objetivo de la estructura político administrativa de lo que hoy es Francia. ¡ chúpate ésa Felipito !.
Te cuento lo anterior, pensando en tu descalabro y en el discreto y reptante Bruno Rodríguez, tu albacea circunstancial que, quizá, por no haber matado aún y mediando firmes promesas, trepe al gajo más alto de ese roble donde se menean tantos ahorcados.
Arrímate a él y ya verás.. pues como siempre repito en mi cátedra : la traición es cuestión de fecha..
Siempre tu maestro.
Talleyrand.





